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Florence Foster Jenkins fue todo un personaje en Nueva York, en la primera mitad del siglo XX. Mujer de la alta sociedad, patrona de la música, estaba convencida de su talento como soprano. Con la ayuda de su marido, el actor inglés St. Clair Bayfield, convertido en manager, dio múltiples conciertos a los que solo acudía un pequeño grupo de incondicionales. Pero al fin su notoriedad hizo que en 1944 fuera invitada a cantar en el Carnegie Hall.

La historia de Florence Foster Jenkins parece salida directamente del ingenio burlón de los Hermanos Marx y, sin embargo, lo que cuenta la película es totalmente cierto: una mujer madura, llena de buenas intenciones y encanto personal, destrozaba los oídos de sus amables oyentes, o les hacía troncharse de risa. A su lado estaban su marido, dispuesto a todo con tal de verla feliz, y su pianista, que hacía la guerra por su cuenta.

Meryl Streep está espléndida, como siempre, y el papel parece escrito para ella: encantadora, narcisista, infantil, cuando canta –y ella sabe cantar– es hilarante, parodiándose a sí misma con convicción. Hugh Grant está excelente en el papel de actor británico, elegante y seductor. Pero además hay que contar con Simon Helberg, conocido por la serie The Big Bang Theory, que da vida a McMoon, pianista cuyas reacciones a la voz de Florence son un poema.

Stephen Frears no hace juicios de valor sobre la ambición, ni el deseo de gloria, ni las pasiones humanas. Apenas menciona que el mundo está en guerra; se limita a reconstruir bellamente Nueva York en los años cuarenta, a preparar aquel memorable concierto en el Carnegie Hall, y a dejar que sus tres actores desfilen ante las cámaras y nos cuenten esa historia insólita, que inspiró el año pasado la obra francesa Madame Marguerite.

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