Elephant

Director y guionista: Gus Van Sant. Intérpretes: Alex Frost, Eric Deulen, John Robinson, Elias McConnell, Jordan Taylor, Carrie Finklea, Nicole George. 81 min. Adultos.

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Palma de Oro a la mejor película y director en el Festival de Cannes 2003, este noveno largometraje de Gus Van Sant (Louisville, Kentucky, 1952) fue recibido con disparidad de opiniones por el público y la crítica. Además, el jurado dejó fuera del palmarés a otras dos crudas películas en torno a la violencia: Dogville y Mystic River.

El proyecto inicial de Van Sant era realizar un documental sobre los crímenes cometidos por dos alumnos en la Columbine Secondary School, suceso ya abordado por Michael Moore en Bowling for Columbine (ver servicio 46/03), alegato contra la venta de armas en Estados Unidos. Pero, finalmente, el director de Mi Idaho privado y Todo por un sueño transformó esa idea en una película de ficción, avalada por la HBO y con la actriz Diane Keaton como productora ejecutiva. Le ha quedado así una aproximación reflexiva a la matanza de Columbine, expuesta con una frialdad y un tono distante que en Cannes exasperó a algunos -por su aspecto de informe clínico- y sedujo a otros, por obligar al espectador a extraer conclusiones, obviando concesiones frívolas y logrando una estética muy adecuada.

Elephant es una película arriesgada, de impecable factura, con un alarde de complejos planos-secuencia y un montaje de altísimo vuelo, enriquecidos con un uso muy inteligente del sonido. El talento visual de Van Sant se pone al servicio de un acercamiento bastante singular a los prolegómenos del dramático suceso. Y, lejos de cebarse en los aspectos más truculentos de la matanza, mantiene una sorprendente asepsia, a veces irritante. “No hemos intentado dar una explicación, un sentido, a la violencia del hecho -ha señalado Van Sant-, sino que es el público el que debe preguntarse por qué cosas así pueden producirse. Mi aproximación a la historia intenta ser más poética que explicativa, sin imponer al espectador una orientación sobre lo que debe pensar”.

Es llamativa la ausencia de referentes familiares (de los chicos retratados, el único que se salva había salido del instituto para interesarse por su padre alcoholizado) y de lo que podríamos llamar un horizonte vital abierto a la vida en común. Los chicos que deambulan por las espectaculares instalaciones del instituto tienen de todo pero parecen fantasmas perdidos en un mundo banal y sin sentido que fomenta el aislamiento y la falta de compasión con el débil. En este punto se le puede reprochar al director un retrato exageradamente artificial por lánguido, que estrangula cualquier asomo de humanidad cercana y duradera.

Los planos del sencillo y hermoso cielo otoñal parecen querer decir que la vida sigue fuera del laberinto de pasillos del instituto. Un cielo que contempla el viaje a la locura de unos adolescentes insatisfechos que tienen absolutamente de todo y no son nada.

Alberto Fijo

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