Yaron Zilberman debuta en el cine con este largo sobre la desestructuración de una familia. Juliette, Peter, Robert y Daniel son músicos y forman, desde hace más de 20 años, un prestigioso cuarteto de cuerda. Además de compañeros de trabajo, son íntimos amigos, y dos de ellos, marido y mujer. Sus relaciones personales parecen indestructibles. Hasta que un día, Peter, el líder del cuarteto, descubra que tiene parkinson y les comunique que hay que buscar un relevo.

La película no habla sobre la música, o mejor dicho, no habla solo sobre la música. Y apenas trata del parkinson aunque sea el detonante del drama… La película habla sobre los conflictos personales que pueden dinamitar relaciones supuestamente tan estables como el matrimonio o una amistad de un cuarto de siglo.

Sin ser una maravilla, El último concierto es una cinta que atrapa, en parte por el elenco de actores –Philip Seymour Hoffman, Christopher Walken y Catherine Keener son solventes como pocos–, pero también por los conflictos que aborda.

Hay que reconocer –y es el gran pero de la cinta– que Zilberman tira de algunos recursos facilones e innecesarios que manchan la historia con un par de brochazos de culebrón y vodevil que parecen sacados de otra película. Pero, junto a estos borrones, hay otros momentos –repito, subrayados por unos magníficos actores– que respiran vida, de la real, de la que duele, de la que sangra, de la que merece la pena vivir.

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