El planeta de los simios

Guión: William Broyles Jr. y Lawrence Konner & Mark Rosenthal.
Intérpretes: Mark Wahlberg, Tim Roth, Helena Bonham Carter, Estella Warren, Michael Clarke Duncan, Charlton Heston, Kris Kristofferson.
116 min. Jóvenes.

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El iconoclasta director norteamericano Tim Burton (Eduardo Manostijeras, Ed Wood, Sleepy Hollow), famoso creador de atmósferas góticas y adiestrado en reírse de los cimientos de su cultura, siempre trata de hacer coincidir el raro binomio de cine de autor y taquillero. En esta ocasión ha tomado la arriesgada decisión de volver sobre la leyenda del planeta de los simios, que ya en 1968 Franklin J. Schaffner llevó a la gran pantalla a partir de la novela de Pierre Boulle. Tras un futurista viaje espacial, un astronauta regresa a la Tierra y la encuentra dominada por los simios, que toman por esclavos a los hombres. Ficción que se presta a interesantes aproximaciones antropológicas y científicas, y en la que Burton se queda muy por detrás de sus antecesores.

El planeta de los simios tiene su principal virtud en lo que Burton es un maestro: la creación de imágenes, atmósferas, ambientes, abanderados esta vez por un notable trabajo de maquillaje y vestuario. Las batallas y otras grandes escenas, aunque ya exprimidas en sus posibilidades por genios como Kurosawa, son quizá lo más atractivo del film. Por el contrario, las interpretaciones son anodinas, especialmente la de los humanos, con la presencia inexplicable de una Stella Warren, cuya función es meramente decorativa (es decir, comercial). Hay que destacar la breve pero significativa intervención de Charlton Heston -protagonista del film de Schaffner-, difícilmente reconocible tras su apariencia simiesca.

Y si analizamos el guión, lo que encontramos es más decepcionante; en ese nivel, El planeta de los simios es un film plano. Los personajes no tienen calado, ni matices, ni personalidad; la historia es simple y previsible; las subtramas son pobres y poco originales. Sólo destacan algunos guiños irónicos y lúcidos, de indudable sabor burtoniano (aunque él no firma el guión), y una resolución del argumento algo gamberra, al estilo de Mars Attacks!

Otro elemento llamativo es la aparente animadversión hacia la religión que se respira en la película. De manera algo infantil, Burton hace una lectura cientifista de la religión, como si de un estadio primitivo, supersticioso y precientífico se tratara. Las continuas referencias al Padre Seimos, fundador de la raza de los simios, la bendición de la mesa y el posterior reconocimiento del capitán Leo Davidson (Mark Wahlberg) como el “que vino de las estrellas para salvarnos”, se presentan como elementos de una burda superchería que sólo sirve para esconder datos empíricos, incomprensibles para la mente simiesca, que se ve impelida a buscar explicaciones mítico-religiosas. En el caso de Burton y sus guionistas se puede entender -sin justificar- que la saturación del mercado pseudorreligioso norteamericano (sectas, New Age, cienciologías, orientalismos con olor a incienso…) lleva al observador desinformado a un previsible escepticismo. Cualquier hombre guiado por una sana razón sentirá alergia por ese comercio de religiones de todo a cien. Pero, claro, a Burton nadie le ha explicado que la religión verdadera es otra cosa, que no tiene nada que ver con todo eso.