El misterio Galíndez

Director: Gerardo Herrero. Guión: Luis Marías. Intérpretes: Saffron Burrows, Harvey Keitel, Eduard Fernández, Guillermo Toledo. 124 min. Jóvenes-adultos.

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La norteamericana Muriel Colber (Saffron Burrows) llega a España a finales de los años 80 para trabajar en su tesis doctoral sobre la Ética de la resistencia. El caso elegido es el de la romántica figura de Jesús Galíndez, un nacionalista vasco exiliado en Estados Unidos, escritor y profesor de la universidad de Columbia, que desapareció de su domicilio en Nueva York en 1956, en extrañas circunstancias. A pesar del tiempo transcurrido y de que la joven investigadora pretende no salir del campo académico, su trabajo provoca un silencioso temblor de Nueva York a Madrid, pasando por la República Dominicana: es sabido que ni el gobierno vasco en el exilio, ni el gobierno español, ni las autoridades norteamericanas -Galíndez trabajaba para el FBI- hicieron nada por sacarle de la cárcel del dictador dominicano Trujillo. Muriel es primero invitada a dejar su investigación y después es directamente amenazada.

La historia de Galíndez es real; de hecho, este mismo año se ha estrenado en las salas un documental sobre él. Sin embargo, el guión que utiliza Gerardo Herrero se basa sobre la hipótesis que desarrolló Vázquez Montalbán al respecto en una de sus mejores novelas, para muchos la mejor. A lo largo del misterio Galíndez hay un afán de descubrir la verdad y unos afanes por adaptarla a la propia conveniencia, las piezas de un complicado puzzle se ordenan; hay un gran culpable que al final sale a la luz, aunque muchos otros hayan sido cómplices; hay una romántica apología del derrotado -algo constante en la obra de este narrador-, un tremendo examen de conciencia de varias personas en el ocaso de su vida y una romántica admiración por el idealismo de la juventud, contemplado bajo la cínica perspectiva del verdugo que va a descargar el golpe fatal.

El misterio Galíndez es, hasta la fecha, la mejor película como director de Gerardo Herrero (Territorio Comanche, Las razones de mis amigos). Formalmente la narración es casi impecable y recuerda a la inolvidable Z de Costa-Gavras. El arranque, con una muda presentación de persona, tiempos y circunstancias, es perfecto, la historia avanza con buen pulso y mantiene un difícil equilibrio entre lo que ocurrió en el pasado, la investigación de la historiadora norteamericana y las maquinaciones de un viejo agente de la CIA a quien da vida Harvey Keitel. Sólo desmerecen algunos parlamentos excesivamente literarios, algunas secuencias que exigían un tratamiento más dinámico y el pobre papel reservado a Guillermo Toledo. Estas ligeras deficiencias son compensadas por creces por el interés de la historia, el acertado montaje y el trabajo de los actores.

Fernando Gil-Delgado

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