El milagro de Henry Poole

El milagro de Henry Poole

TÍTULO ORIGINAL Henry Poole Is Here

PRODUCCIÓN Estados Unidos - 2008

DURACIÓN 99 min.

PÚBLICOJóvenes

ESTRENO15/08/2008

GÉNEROS,

DIRECTORES

La fe y la esperanza, con sus antagonistas —la increencia y la desesperación— y sus estados intermedios —la duda y la inquietud— son temas cinematográficos más habituales de lo que parece. En cierta medida, surgen de un modo u otro, por presencia o por ausencia, en casi todas las películas. Más difícil es encontrar filmes que afronten en profundidad la fe religiosa estricta, y le den una respuesta nítidamente espiritual. Eso sí, cabe considerar obras maestras del séptimo arte a las pocas películas que cumplen esas severas condiciones. Ahí están Ordet (La palabra) (1955), Sacrificio (1986) o Ponette (1996).

En la primera de ellas, el maestro danés Carl Theodor Dreyer critica la hipocresía, el puritanismo y el maltrato de las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— por parte de los creyentes. Y exalta la coherencia de vida y la locura de la fe, encarnada en una niña, que protagoniza el más bello milagro de la historia del cine. Por su parte, en Sacrificio —su testamento fílmico—, el ruso Andrei Tarkovsky disecciona la dramática aceptación de la voluntad divina por parte de un hombre con dudas de fe que comprende que Dios le pide renunciar a lo que más quiere para que así el mundo se salve de un holocausto nuclear. Finalmente, en Ponette, el francés Jacques Doillon exalta de nuevo la pureza y sencillez de la fe infantil a través del conmovedor empeño de una niña francesa por volver a hablar y reír con su madre, que acaba de morir.

La última película del estadounidense Mark Pellington se queda lejos de estas obras antológicas, pero, como ellas, encara con honestidad y hondura el desafío a la fe humana y sobrenatural que supone la irrupción brutal del sufrimiento en la vida de las personas. No en vano, el cineasta de Baltimore rescató del olvido el notable guión de Albert Torres casi como terapia para sobrellevar la muerte inesperada de su esposa, que le dejó solo con su hija de corta edad.

Al igual que el propio director, el protagonista del filme, Henry Poole, cae en una espiral de desesperación y nihilismo tras un hecho trágico que se irá desvelando. Con el fin de recuperar la paz interior, Henry se traslada a un suburbio de Los Ángeles, vinculado con su propia historia, y en el que pretende hundirse en la soledad. Se lo impedirá una vecina suya de origen mexicano, Esperanza, que pretende ver el rostro de Cristo en una mancha que ha salido en una pared externa de la casa de Henry, que además parece gotear sangre. Para acallar a los crecientes devotos, Henry acepta que el párroco del lugar, el padre Salazar, tome muestras y realice en ellas diversas pruebas científicas. Y, mientras, él comienza a intimar con otra vecina, Dawn, abandonada hace tiempo por su marido, y que cuida como puede a su pequeña hija Millie, muda desde la marcha de su padre.

Ciertamente, Pellington abusa de los recursos del videoclip —como los flashes de imágenes ilustrados por bonitas canciones— y pierde fuerza en el desenlace. Además, quizá subraya en exceso el pulso entre ciencia y fe, cuando en realidad son aliadas. Sin embargo, dirige muy bien a todos sus actores y arranca unas cuantas secuencias de enorme intensidad dramática, en las que demuestra sus dotes para la intriga y aprovecha la bellísima y audaz mirada que lanza a la trascendencia humana en lo más cotidiano, a la posibilidad de los milagros, al poder de la oración y a los límites de la ciencia, sobre todo a la hora de curar el corazón y el alma. Una mirada respetuosa con todas las respuestas, también con la que da la piedad popular.

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