El círculo

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Director: Jafar Panahi. Guión: Kambozia Partovi. Intérpretes: Maryam Parvin Almani, Nargess Mamizadeh, Fereshteh Sadr Orafai, Monir Arab, Elham Saboktakin, Fatemeh Naghavi. 90 min. Adultos.

Después de que Abbas Kiarostami abriera camino en los festivales occidentales, varios cineastas iraníes han seguido sus pasos triunfales: Mohsen Makhmalbaf (Gabbeh, El silencio), su hija Samira (La manzana), Majid Majidi (El padre, Niños del paraíso) y ahora Jafar Panahi. Este último se formó a la sombra de Kiarostami -fue su ayudante de dirección en A través de los olivos- y ganó diversos premios con El globo blanco y El espejo, sus dos primeras películas como director. La confirmación definitiva le llegó el año pasado, cuando obtuvo el León de Oro en el Festival de Venecia con su tercer film, El círculo. Se trata de una dura denuncia contra la discriminación de la mujer en Irán, cuya exhibición allí ha sido prohibida hasta ahora por las autoridades islámicas.

Panahi ha señalado que el detonante del guión fue leer en un periódico la noticia de que una madre iraní había asesinado a sus dos hijas, y luego se había suicidado. Tras esbozar él mismo el argumento, el guión lo escribió una mujer, Kambozia Partovi, que lo arranca de un modo tan agresivo como la noticia que generó su propia existencia. Delante de una cerrada puerta blanca con ventanuco, y de espaldas a la cámara, una anciana escucha angustiada los gemidos de su hija parturienta. Llora por fin el niño, y la mujer se relaja y se alegra en silencio. Pero su alegría se transforma en una profunda tristeza cuando una enfermera abre el ventanuco y le comunica que el recién nacido es una niña, y no un niño, como había mostrado la ecografía y como esperaban ansiosamente el marido de su hija y toda su rica familia. Entre llantos, la mujer abandona el hospital para avisar a su propia gente.

Tras este prólogo terrible, y sin solución de continuidad, la cámara sigue los trágicos pasos de ocho mujeres por el Teherán actual. Muchas de ellas son o han sido prostitutas, y todas vagan sin rumbo por las calles, repudiadas por sus familias, perseguidas por la policía y marcadas por el hecho de que en Irán una mujer no puede ir a muchos sitios ni hacer ciertas cosas -como fumar en público- si no va acompañada por un hombre.

Desde el primer momento, Panahi entrecruza las tramas con ese compulsivo hiperrealismo, casi documental, que se ha convertido en signo de identidad del cine iraní. Un hiperrealismo aparentemente espontáneo y descuidado, pero en realidad muy elaborado, en el que adquieren una importancia decisiva recursos complejos e innovadores -en cuanto a su empleo sistemático, quizá a causa de la censura- como el fuera de campo, la voz en off, la cámara en mano, los símbolos visuales cotidianos o los cambios naturales de iluminación. Esta acumulación de información visual, unida al empleo casi constante de planos-secuencias, da a la cámara de Panahi una gran viveza y cercanía, y logra hacer compatibles un cierto laconismo expositivo -todo lo que se muestra parece la vida misma- con una enorme fuerza dramática interior, ésta redondeada por la apabullante naturalidad de todas las actrices, la mayoría no profesionales.

Sin embargo, el afán denunciatorio de Panahi le lleva a consentir varias secuencias demasiado prolijas y ciertas reiteraciones muy enfáticas, que a veces afectan seriamente al ritmo narrativo. Además, este defecto se agrava con la intuición -habría que conocer muy bien la realidad iraní para convertirla en certeza- de que la mirada de Panahi resulta parcial en su severo pesimismo -no aparece ni una mujer alegre en toda la película- y demasiado permisiva respecto al aborto y la prostitución, que se afrontan sin una nítida perspectiva ética, y casi como si fueran derechos de la mujer.

Jerónimo José Martín

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