El segundo largometraje dedicado a la serie Downton Abbey vuelve a resumirse en un par de anécdotas en torno a la familia Crawley. En la primera película se trataba de la visita real. En el caso presente estamos en 1928: la anciana Violet Crawley recibe una villa en La Riviera, regalo de un noble francés de quien estuvo enamorada de joven.
Parte de la familia viaja para conocer a los franceses y su regalo, mientras que el resto recibe en Downton Abbey a una compañía cinematográfica que ha elegido la mansión Crawley como localización para una película. El dinero que les pagarán permitirá reparar los techos de Downton.
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Nostalgia, encanto, una puesta en escena primorosa y un reparto excelente convierten esta película en una deliciosa golosina que se disfruta en pantalla grande. Los británicos son excelentes a la hora de vender su bandera con los últimos momentos de su grandeza y hacen soñar con aquel mundo encantador, no tan lejano.
Los incondicionales de la serie verán cómo Julian Fellowes maneja con gracia una docena de personajes entrañables y ata muchos cabos, como si este fuera el final de Downton Abbey. Podría serlo, por lo menos en lo que a Maggie Smith se refiere, pero el éxito es insistente, y las historias de la familia Crawley podrían continuar.