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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 24/15

En un pequeño pueblo irlandés, el padre James, sacerdote católico, escucha en confesión una amenaza: dentro de siete días van a matarlo. El sacerdote no sabe ni quién, ni por qué Solo sabe el día: si nada lo remedia, morirá el próximo domingo. Empieza en ese momento un intenso thriller articulado en torno a la relación del padre James con sus feligreses y vecinos. Cada uno de ellos tiene sus problemas, sus pecados, debilidades y secretos; algunos, bien conocidos por el sacerdote. El propio padre James tiene también sus luchas interiores y exteriores, entre las que destaca la difícil relación con su hija, que no le ha perdonado su decisión de ordenarse sacerdote después de quedarse viudo.

Calvary es una película sumamente compleja. No es fácil la mezclar elementos de thriller policiaco con comedia negra, western crepuscular, drama psicológico y, para rizar el rizo, hacer protagonizar este cocktail a un sacerdote. Y, sin embargo, funciona. En parte, gracias a un guion muy bien ensamblado y de una riqueza apabullante. Es llamativa la cantidad de temas –algunos de gran calado– que aborda la película. Y eso que la fórmula de desgranarlos –a través de las conversaciones del cura con sus parroquianos– es más vieja que la Tana. Un recurso tan manido, si no se mima, puede pecar de previsible y perezoso. Aquí se mima cada personaje y se ha aquilatado cada línea de diálogo para desplegar la complejidad de situaciones que puede atravesar un ser humano. Nada es blanco o negro, nada es simple, y por eso esta es una película en cierto modo incómoda, donde los buenos y los malos nunca lo son tanto como esperamos para quedarnos tranquilos juzgándolos desde la butaca.

Y, dentro de esta complejidad, está el personaje protagonista, que es uno de los más ricos que he visto en la pantalla en muchos meses. Gleeson está inmenso en un papel que, confiesa, le ha hecho sufrir bastante. El padre James es un hombre que quiere ser bueno, que quiere cumplir bien su compromiso como sacerdote, a pesar de encontrar resistencias, en primer lugar en su interior y después en sus vecinos y en el ambiente de desconfianza que existe en Irlanda después de los escándalos de pederastia perpetrada por algunos clérigos. Simplemente por como refleja la película –en una sola e intensa escena– este clima de recelo, y la injusticia que se puede cometer –en toda institución confundiendo el todo por la parte–, Calvary merecería más de un premio.

Esa resistencia, esas sospechas, esa animadversión y esa tensión constantes, que el padre James trata de vencer recurriendo a la oración, a los sacramentos, a la caridad… y, de vez en cuando –porque la carne es débil–, al whisky, configuran el calvario de un hombre que, a pesar de todo, se nos muestra como un héroe, como un faro para los demás hombres.

El final es catártico y brutal. Propio únicamente de algunas películas que, no solo no pierden el interés del espectador a medida que avanza la historia sino que lo llevan a lo más alto y terminan en punta. También por este final, Calvary es grande.

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