Café irlandés

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The SnapperDirector: Stephen Frears. Intérpretes: Tina Kellegher, Colm Meaney, Ruth McCabe.

Una cosa es saber contar una historia y otra la bondad o suculencia de la historia misma. Al ver esta película se nota que Stephen Frears sabe muy poco -él mismo lo ha reconocido- de familias irlandesas de hoy en las que el padre es obrero, y del barrio en que viven, y de las amistades que frecuentan; no sabe del mundo interior que las sostiene. Pero tal vez ha sabido disimular este desconocimiento de la realidad con su capacidad de prestidigitación cinematográfica, que en Café irlandés está presentada en tono de comedia, ágil, hasta precipitada, con intención jocosa.

Hay risas y risas. Está la de tipo conejo, la otra llamada de hiena, y alguna más; pero no sé si se dice risa de vaca, que sería la adecuada para la intención de esta comedia. La hija mayor del obrero se emborracha todos los fines de semana con sus amigas, igualmente vestidas de gallinas, y rodeadas de gallos borrachos. La mujer del obrero es una pava que no pinta nada en su propia casa; y, así, la hija menor sigue el sendero de las gallinas, y los chicos el de los gallos en un sucio corral llamado pub, donde el padre obrero parece un auténtico pavo capón. Con los principios morales como felpudo, y unos temas de interés hablados para el cubo de la basura, la hija mayor queda preñada, sin saber bien si, en vez de eso, es que se ha tomado una pinta más de cerveza o ha tropezado con una silla.

Todo sigue más o menos igual: los cambios en la familia son semejantes a los que provocaría el hecho de comprar y traer a casa un perro o no. Y las carreras y risas y contrariedades y bromas en torno a la causa paterno-materna y a su efecto filial son, como antes decía, propios para provocar risa vacuna, o cerduna.

No parecía que el traductor al cine de Las amistades peligrosas, el autor de Los timadores y de esas otras dos películas sobre la degeneración moral de la sociedad inglesa actual fuera a hacer algo encantador y fresco sobre una sencilla familia irlandesa que sufre (¿?) el desliz (¡!) de una hija. No; es otra cosa ciertamente. Mucha cámara para arriba y para abajo, y ritmo y montaje de montaje -porque era película televisiva-… pero todo es más raído que el habla de Celestina, y tan enriquecedor como conversar con una vaca.

Pedro Antonio Urbina

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