Borrachera de poder

Guión: Odile Barski, Claude Chabrol. Intérpretes: Isabelle Huppert, François Berléand, Patrick Bruel, Robin Renucci, Maryline Canto. 110 min. Jóvenes-adultos. (D)

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El veterano cineasta francés Claude Chabrol nos ofrece una elegante y nada complaciente película sobre un tema de gran actualidad: los jueces estrella y la corrupción político-económica. Aunque el argumento se inspira libremente en un escándalo francés que Chabrol y el guionista estudiaron a conciencia, la película es deliberadamente universal.

Jeanne es una juez de instrucción designada para investigar un caso de malversación de fondos públicos. El principal imputado es el presidente de un importante grupo industrial. A medida que ella usa con vehemencia de su poder para desentrañar la corrupción, se va dando cuenta de la fragilidad humana de sus contrincantes, y sobre todo, de cómo el éxito en la instrucción repercute negativamente en su vida privada.

La película es una inteligente reflexión sobre la naturaleza del poder, en cualquiera de las esferas en que se desarrolle, sea en el lado de la ley o fuera de la ley, y muestra la desproporción entre la fragilidad humana y el ejercicio del poder. El límite entre lo justo y lo cruel se disuelve con facilidad, y quizá por eso, al final del film, la protagonista declara: “Sólo Dios es justo”. A pesar de ello, la tesis del film no es muy halagüeña, ya que viene a decir algo que todos sospechamos a diario: que los intereses político-económicos manejan los hilos de la justicia. De hecho, uno de los personajes con mayor carga simbólica, el presidente del Tribunal Supremo -que interpreta Pierre Vernier- representa el sometimiento vergonzante a la presión de los políticos. La desmoralización de Jeanne coincide con la del espectador.

El film es ágil, muy bien interpretado, con actores como François Berléand (Los chicos del coro), y no cae en el defecto tan francés de incontenibles verborreas existenciales.

Juan Orellana
ACEPRENSA



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