La precuela de Star Wars Rogue One: Una historia de Star Wars narraba cómo el grupo de Cassian Andor había robado los planos de la Estrella de la Muerte. Andor enmarca la historia en la misma época que la reciente ficción Obi Wan-Kenobi, entre los episodios III y IV de las películas originales. El Imperio comienza a expandirse, aparecen signos de resignación en el Senado y la Rebelión está en ciernes.
Tras dos primeros capítulos de ritmo lento, en los que se incluyen flashbacks de la infancia de Andor, la serie aumenta revoluciones y continúa el realismo y la espectacularidad de Rogue One. El planeta Ferrix, con sus complejos industriales envueltos en humo, es radicalmente diferente al luminoso planeta Tatooine, con callejones oscuros y luces de neón que recuerdan inevitablemente al primer y mejor Blade Runner (Ridley Scott, 1982).
Diego Luna vuelve a brillar en la interpretación de Cassian Andor después de su excelente trabajo en Rogue One, algo que ha reconocido la Asociación de la Prensa extranjera de Hollywood al nominarlo como mejor actor principal en drama en los próximos Globos de Oro. Lo acompaña un grupo de actores de primera línea en papeles secundarios, en parte casi cameos: desde Stellan Skarsgård hasta Forest Whitaker –quien también repite en el papel que tuvo en Rogue One–, pasando por Genevieve O’Reilly, Fiona Shaw, Andy Serkins (el actor que dio vida a Gollum) y Clemens Schick.
El director y guionista norteamericano Tony Gilroy (Nueva York, 1956) se estrena en el mundo galáctico dando a la historia un tono más policíaco y cercano al de los relatos de espionaje, que conoce a la perfección por sus trabajos anteriores (Michael Clayton, El legado de Bourne, Duplicity). También aporta una cierta ambigüedad moral a los personajes, lo que contribuye a una mayor entidad dramática de la serie.