Ucrania, un viaje de alta tensión para Juan Pablo II

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En su afán de lograr que la Iglesia respire con sus «dos pulmones», el occidental y el oriental, el latino y el bizantino, Juan Pablo II ha tropezado hasta ahora con el recelo de los ortodoxos. Este obstáculo se agudiza en su inminente viaje a Ucrania, del 23 al 27 de junio. Allí el Papa se adentra en un terreno minado por la tensa relación entre ortodoxos y greco católicos, y por las propias divisiones en el seno de la ortodoxia. Si, como sucedió en Atenas, Juan Pablo II logra desarmar la desconfianza, Ucrania puede ser la antesala de un viaje a Moscú. Si no, el diálogo católico-ortodoxo puede entrar en fase de congelación.

A pesar de la cercanía doctrinal entre la Iglesia católica y la ortodoxa, los malentendidos históricos y los recelos actuales han impedido que los intentos de conciliación de Juan Pablo II hayan fructificado. El Papa viajero ha encontrado cerradas las puertas en los países de mayoría ortodoxa, con pocas excepciones. En 1999, fue invitado a Rumania, donde la actitud acogedora del patriarca ortodoxo Teoctist favoreció un clima de afecto y deseos de unidad (cfr. servicio 69/99). También hizo una breve visita a Georgia, más por empeño del presidente Shevardnadze que por deseos de la jerarquía ortodoxa.

El pasado mayo, su peregrinación a Atenas logró tender un puente con una de las Iglesias ortodoxas más difíciles: su gesto de petición de perdón por las incomprensiones pasadas y presentes en las relaciones entre católicos y ortodoxos cambió el ambiente de la visita (cfr. servicio 64/01). Pero cualquier intento de viaje a Rusia o de encuentro con el Patriarca de Moscú, Alexis II, se ha estrellado siempre contra un muro de reproches.

Sin invitación de los ortodoxos

El viaje a Ucrania tiene un significado especial, ya que Kiev es la cuna de la gran Rusia ortodoxa desde hace un milenio, y el territorio donde el Patriarcado de Moscú tiene la mayoría de sus parroquias, de sus recursos y de sus sacerdotes.

Juan Pablo II va a Ucrania invitado por los obispos católicos y por el presidente Leonid Kuchma. En cambio, la jerarquía ortodoxa ha intentado que el Papa aplazara o cancelara su viaje. El pasado 23 de enero, el metropolita Vladimir de Kiev escribió un carta en este sentido al Papa, argumentando que la visita podría crear la falsa impresión de que los problemas entre ortodoxos y greco-católicos en Ucrania occidental están resueltos. También el responsable de las relaciones exteriores del Patriarcado de Moscú, el metropolita Kirill, pidió públicamente la cancelación del viaje para arreglar antes los problemas entre ambas Iglesias.

Juan Pablo II ha animado siempre a los católicos ucranianos a evitar disputas estériles con la Iglesia ortodoxa. Conforme a este espíritu, su respuesta a Vladimir en una carta del 26 de marzo expresaba respetuosamente que la visita quería poner también de manifiesto la «atención hacia los hermanos ortodoxos, junto al decidido compromiso de continuar recorriendo el camino del diálogo en la verdad y en la caridad». También repetía que, con ocasión del viaje, desearía vivamente tener un encuentro con Vladimir.

Pero en el programa oficial de la visita solo figura un encuentro con representantes del Consejo Panucraniano de Iglesias y de Organizaciones Religiosas, sin una mención particular a un encuentro con la jerarquía ortodoxa. El Papa visitará dos ciudades: Kiev, la capital, y Lvov, ciudad de Ucrania occidental que cuenta con la mayor población católica y es la sede principal de la Iglesia greco-católica.

Sufrimientos de los greco-católicos

Para el Papa es una cuestión de responsabilidad pastoral y de justicia visitar a los católicos ucranianos -6,8 millones dentro de una población total de 49 millones-, que tras la persecución durante la época comunista salieron de la clandestinidad en 1989 y emprendieron la reconstrucción de sus instituciones. Pero la cuestión de los greco-católicos (llamados «uniatas» despectivamente por los ortodoxos) es el punto más conflictivo en las relaciones con la jerarquía ortodoxa.

El origen de la Iglesia greco-católica ucraniana se remonta a la Unión de Brest-Litovsk (1596), cuando los obispos ortodoxos de Kiev decidieron unirse a la Iglesia católico-romana. Esta Iglesia greco-católica (que sigue el mismo rito bizantino que las Iglesias ortodoxas) fue prohibida por Stalin en 1946, obligándola a formar parte de la Iglesia ortodoxa del Patriarcado de Moscú. El poder comunista, aprovechando la división entre católicos y ortodoxos, desarrolló una estrategia para controlar a la Iglesia. En Ucrania occidental, los greco-católicos eran un factor de identidad nacional que podía obstaculizar la anexión del país a la URSS. Todos los obispos fueron arrestados en 1947 y los miembros del clero presionados para que se integraran en la Iglesia ortodoxa. Los templos y bienes de la Iglesia fueron transferidos a los ortodoxos. Durante décadas la Iglesia greco-católica ucraniana conservó sus estructuras jerárquicas en la clandestinidad y en la emigración, y muchos fieles ucranianos siguieron celebrando el culto a escondidas.

Juan Pablo II nunca ha olvidado sus sufrimientos. Cuando el pasado 28 de enero anunció que entre los nuevos cardenales estaban dos ucranianos -Marian Javorski, arzobispo de rito latino de Lvov, y Lubomyr Husar, recién elegido arzobispo de los greco-católicos de Lvov-, explicó que, en la persona de estos prelados, «deseo rendir homenaje a las respectivas Iglesias, que, especialmente en el siglo XX, han sufrido duras pruebas y han ofrecido al mundo el ejemplo de tantos cristianos y cristianas que han sabido dar testimonio de su fe con todo tipo de sufrimientos, culminados no raramente con el sacrificio de su vida».

Conflicto con los ortodoxos

Pero los ortodoxos siempre han considerado una anomalía que dentro de lo que definen como su área de influencia exista una Iglesia de rito bizantino unida a Roma. Por eso, cuando en 1989 los greco-católicos recobraron la libertad religiosa, los ortodoxos se consideraron agredidos al ver que reconstituían las estructuras de la Iglesia y reclamaban los templos que fueron suyos. Unas dos mil parroquias decidieron desligarse de la Iglesia ortodoxa del Patriarcado de Moscú, a la que habían sido anexionadas a la fuerza, para volver a la unión con Roma. Otras comunidades se dividieron: una parte quería ser ortodoxa y otra católica. En algunos lugares hubo enfrentamientos violentos a causa de los templos, sobre todo en los años 1991-1995. En otros, se llegó a un acuerdo para utilizarlos conjuntamente.

El Patriarcado de Moscú reprocha a la Iglesia católica el haberle quitado creyentes y parroquias. Para entender el malestar de los ortodoxos, hay que tener en cuenta que la mitad de todas las parroquias de la Iglesia ortodoxa rusa se encuentran en Ucrania Occidental (9.000 sobre 19.000). Por lo tanto, el hecho de que muchas parroquias de Ucrania volvieran a sus orígenes greco-católicos supuso no solo una pérdida de prestigio, sino también material.

Según Igor Vyzhanov, portavoz del Patriarcado de Moscú, ellos no están contra la existencia de los greco-católicos, sino «contra la persecución de los ortodoxos en Ucrania Occidental». Pero, si se pregunta a los greco-católicos, son ellos los que se consideran discriminados porque las autoridades no les devuelven templos que fueron destinados a usos civiles o porque no les dan permiso para construir nuevos en los terrenos que quieren.

Esfuerzo conjunto en vez de disputas

Juan Pablo II ha apoyado siempre a los greco-católicos ucranianos, pero animándoles a mantener un clima de diálogo con los ortodoxos y a trabajar conjuntamente en la evangelización del país. También la jerarquía greco-católica ha procurado dar a conocer las nuevas perspectivas del ecumenismo a unos fieles sometidos a cincuenta años de aislamiento por el poder comunista. Ya en 1994, el cardenal Myroslav Lubachivsky -fallecido en diciembre pasado-, cabeza de los greco-católicos, publicó una pastoral en la que deploraba los enfrentamientos del pasado, los conflictos entre los fieles por el control de los templos y los sentimientos de desquite que se han dado también entre católicos tras la caída del comunismo.

Lubachivsky manifestaba también su pleno acuerdo con el documento católico-ortodoxo firmado en 1993 en Balamand (Líbano). Este documento confirmó, de una parte, la plena legitimidad de las Iglesias católicas orientales y, de otra, reconoció que la unidad entre católicos y ortodoxos no debía buscarse hoy por la vía del «uniatismo».

Frente a las acusaciones de «proselitismo», Lubachivsky hacía ver en unas declaraciones (30 Giorni, octubre 1994) que esta etiqueta encubre una serie de problemas: «De una parte se dice que Rusia (o también Ucrania) son países ‘ortodoxos’, pero en la práctica la mayor parte de la gente no tiene fe. Entonces, ¿qué queremos hacer? Ciertamente, no se discute el derecho a atender las necesidades espirituales de los propios fieles. En cuanto a la gente sin fe, ¿hemos de hacer de ‘misioneros’ o bien echar una mano a la ‘Iglesia hermana’ ayudándola en su apostolado? En Ucrania oriental consideramos nuestra primera tarea ofrecer una vida de comunidad cristiana a los fieles greco-católicos, hoy dispersos por todo el territorio. Pero después, si alguno quiere hacerse miembro de esta comunidad, no tenemos derecho a rechazarlo».

Los problemas del Patriarcado de Moscú en Ucrania no se reducen a las relaciones con los católicos, pues también hay un conflicto dentro de la Ortodoxia. Por ironías de la historia, el Patriarca de Moscú, que denuncia el afán de poder de Roma, ha visto cómo en Ucrania surgían dos Iglesias ortodoxas autocéfalas, que no querían estar sometidas a Moscú. En consecuencia, ahora hay allí tres Iglesias ortodoxas (ver pág. 4).

Divisiones entre ortodoxos

Alexis II, patriarca de Moscú, teme que Bartolomé I, patriarca de Constantinopla y titular del primado de honor en la Ortodoxia, reconozca y acoja en su jurisdicción a las Iglesias disidentes, lo que acarrearía una crisis entre Moscú y Constantinopla. La Iglesia católica mantiene oficialmente un diálogo solo con la Iglesia ortodoxa ucraniana ligada a Moscú.

Desde el punto de vista político, el reciente cambio de primer ministro se interpreta como un acercamiento a Rusia, después de una época de inestabilidad (cfr. servicio 91/01).

Este es el campo minado en el que se adentra Juan Pablo II. El interés del viaje va más allá de la situación en Ucrania, pues su resultado puede ser decisivo para las relaciones entre Roma y Moscú. Y, por encima de las tensiones entre Iglesias, el mensaje del Papa se dirigirá también a tantos ucranianos que apenas han oído hablar de Dios en muchos años.

Ignacio Aréchaga


Las relaciones entre católicos y ortodoxos
Razón y sentimiento

Las distancias entre la fe que profesan católicos y ortodoxos son mínimas, pero el foso psicológico que los separa sigue siendo grande. Una sensibilidad distinta, siglos de alejamiento y polémicas recientes han contribuido a disipar las esperanzas de acercamiento, que parecían descontadas tras la liberación de la Europa del Este.

Ante esa situación, Juan Pablo II se está empleando en primera persona en la tarea de crear puentes, sin dejar de mantener los cauces ordinarios de diálogo teológico, como son las importantes reuniones bilaterales celebradas en el último decenio en Balamand, Ariccia y Baltimore (cuyos resultados prácticos parecen escasos).

En países de mayoría ortodoxa como Georgia, Rumania, Grecia y ahora Ucrania, el Papa ha aceptado sin dudar la invitación de las autoridades políticas (deseosas de una rentabilidad de imagen ante la opinión pública internacional) y de la jerarquía católica local para visitar esos países. Y lo ha hecho aun a costa del riesgo de una posible instrumentalización política y, sobre todo, de agravar las relaciones con la jerarquía ortodoxa, que de entrada veía tales viajes con reticiencia o con abierta hostilidad. Los resultados, hasta ahora, están dando la razón al Papa.

Algunas de las razones de fondo de la oposición ortodoxa -que en el caso de Rumania se había ya disuelto al comenzar el viaje- se podrían parafrasear así: «¿para qué vienen los católicos si ya estamos nosotros aquí?». Es la acusación de «proselitismo» reiterada por los ortodoxos, que sienten como una agresión externa en el propio territorio canónico. Existe además el problema de la división interna dentro del mundo ortodoxo, que ha llevado, por ejemplo, a que el propio Patriarca ruso Alexis II no haya sido todavía invitado a visitar Ucrania en los nueve años que han pasado desde su elección. Eso afecta también a las relaciones con los católicos, pues el reconocimiento como interlocutor ortodoxo de un determinado grupo autocéfalo puede provocar ulteriores conflictos o interpretarse como una injerencia en asuntos de otra confesión.

Pero la espina más dolorosa es la de los católicos de rito bizantino, considerados como una especie de «quinta columna». Según el Patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, los ortodoxos perciben «el uniatismo como una infiltración expansionista ilícita y encubierta de la Iglesia romano-católica en el espacio de los pueblos ortodoxos».

La presencia física de Juan Pablo II puede ayudar a poner en crisis, al menos, cierta idea del Papado predominante en ambientes ortodoxos: un Papado visto como sinónimo de poder, y una figura de Papa como la de un conquistador que roba fieles a los ortodoxos. Pero no cabe duda de que es una apuesta arriesgada. Al fin y al cabo, son los riesgos que hay que correr cuando -a falta de otra solución- se tiende un puente para atravesar un cortado.

Diego Contreras


Iglesias en Ucrania

Ortodoxas
Cerca del 50% de la población es cristiana ortodoxa.

1) Iglesia ucraniano-ortodoxa del Patriarcado de Moscú
Tiene 9.049 parroquias, la mayoría en el centro y en el sudeste de Ucrania, 7.509 sacerdotes y 3.519 monjes y monjas. Encabezada por el metropolita Vladimir Sabodan, se le ha reconocido el autogobierno, si bien canónicamente sigue sometida a Moscú.

2) Iglesia ucraniano-ortodoxa del Patriarcado de Kiev
Tiene 2.781 parroquias y 2.182 sacerdotes. Fue creada en 1992 por el patriarca Filarete, que en tiempos comunistas era uno de los representantes más importantes del Patriarcado de Moscú. A raíz de unas diferencias de opiniones fue destituido por el Santo Sínodo. Cuenta con el apoyo de amplios sectores políticos del país de corte nacionalista. Considerada cismática por el Patriarcado de Moscú, no cuenta con el reconocimiento oficial de otras iglesias ortodoxas.

3) Iglesia ucraniano-ortodoxa autocéfala
Cuenta con 1.015 parroquias y 628 sacerdotes. Durante el régimen soviético creó su jerarquía en el extranjero, sobre todo en Canadá, acusando a la Iglesia nacional de colaboracionismo con el régimen comunista. No tiene reconocimiento oficial de otras Iglesias ortodoxas.

Católica
Los católicos representan el 14% de la población, es decir, 6,8 millones.

1) Iglesia greco-católica ucraniana
Tiene 6 millones de fieles, 3.317 parroquias (la mayoría en Ucrania occidental), 1.872 sacerdotes y 1.168 monjes y monjas. Es una de las Iglesias católicas orientales en plena comunión con Roma. De rito bizantino, comparte con las Iglesias ortodoxas su patrimonio litúrgico, teológico y espiritual. Elige a sus propios obispos y puede ordenar a hombres casados. Su cabeza es el cardenal Lubomyr Husar, arzobispo de Lvov.

2) Iglesia católica de rito latino
Tiene 870.000 fieles, 807 parroquias y 431 sacerdotes. Los católicos de rito latino son miembros de la Iglesia católica romana. En el pasado sus estructuras jerárquicas se extendieron a tierras de Ucrania incorporadas a naciones católicas vecinas. Cuando estos territorios se anexionaron a la URSS, el poder soviético liquidó estas estructuras y deportó a buena parte del clero y fieles. Desde la independencia de Ucrania, muchas parroquias reabrieron y se crearon otras nuevas. El primado de estos católicos en Ucrania es el cardenal Marian Javorski, arzobispo de rito latino de Lvov.

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