El pasado lunes, el sacerdote Davide Pagliarani, superior de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (una congregación tradicionalista católica conocida como los “lefebvrianos” por el apellido de su fundador, Marcel Lefebvre) anunció en un comunicado que ha decidido ordenar nuevos obispos el próximo 1 de julio con o sin la autorización de la Santa Sede. En caso de hacerlo, tanto él como los “ordenados” quedarían automáticamente excomulgados de la Iglesia católica, tal y como ya sucedió en 1988 tras las ordenaciones episcopales celebradas por Marcel Lefebvre.
En Aceprensa hemos prestado atención a este conflicto, que data de los años del Concilio Vaticano II (CVII), tanto por el reto que supone a la unidad de la Iglesia como, sobre todo, por la disputa doctrinal que hay de fondo: los lefebvrianos consideran que el CVII supuso una “protestantización” de la Iglesia, y una rendición ante algunos rasgos de la modernidad –por ejemplo, la libertad religiosa– que para ellos son incompatibles con la “verdadera” tradición católica.
El origen del conflicto
La ruptura de Marcel Lefebvre con la Iglesia se produce por la interpretación que este hace del Concilio Vaticano II, y hasta hoy, ese sigue siendo el principal motivo de desunión. Como cuenta un artículo de 2009, que resume lo acontecido hasta entonces, las fricciones, que ya existían dentro de la Iglesia prácticamente desde el mismo año en que se crea la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), en 1970, se vuelven notorias cuando el obispo francés publica, en 1974, un manifiesto en el que expone lo que considera inaceptable del Concilio: la nueva liturgia, la colegialidad como forma de gobierno en la Iglesia y las declaraciones conciliares relativas a la libertad religiosa y el ecumenismo. Para Lefebvre, todo ello supone una rendición a los principios de una modernidad que, según su interpretación, la Iglesia había condenado. Por ello, se erige –él y la FSSPX– como baluartes de la verdadera Tradición.
Tras la publicación del manifiesto, y ante la evidente voluntad rupturista, el Vaticano retira la aprobación a la FSSPX y ordena cerrar su seminario. Dos años más tarde, en 1976, la ruptura se consuma después de que Lefebvre ordene, haciendo caso omiso de la advertencia papal, a 17 sacerdotes. Esto le valió la suspensión “a divinis”; es decir, la prohibición de ejercer públicamente su ministerio.
Juan Pablo II: acercamiento, excomunión y un intento final
Cuando Juan Pablo II es elegido Papa, el conflicto ya está enquistado. No obstante, el nuevo pontífice se propone rebajar la tensión. Prueba de ello es la instrucción Quattuor Abhinc Annus, redactada en 1984 por la Congregación para el Culto Divino, en la que se permite la celebración de la misa según el rito preconciliar (en concreto, según el misal de 1962); no obstante, se establecen algunas condiciones, y una de ellas es que quien quiera acogerse a esta excepción debe reconocer la validez de la reforma litúrgica sancionada por el Concilio.
Esto suscitó las críticas entre algunos lefebvrianos, entre ellos el propio fundador. Con todo, en los años siguientes se produjeron reuniones entre el Vaticano (el representante era el entonces cardenal Ratzinger) y la FSSPX. Estas dieron sus frutos, y en 1988 el acercamiento parecía poder cristalizar en un acuerdo de reconciliación. Sin embargo, a última hora, Lefebvre da marcha atrás. No solo eso; ese mismo año el obispo francés ordena, desoyendo la prohibición vaticana, a cuatro obispos. Como consecuencia, los cinco quedan excomulgados.
A pesar de ello, la Iglesia no rompe sus vínculos con la congregación, a la que no se considera cismática en sí misma. Ese mismo año de 1988 se crea la comisión pontificia Ecclesia Dei, con el objetivo de explorar formas de acercamiento a los grupos tradicionalistas. Otra consecuencia directa de la ordenación ilícita de obispos es el distanciamiento de un grupo de sacerdotes y laicos pertenecientes a la FSSPX, que deciden fundar otra fraternidad en unidad plena con la Iglesia católica, la Fraternidad Sacerdotal San Pedro.
En los años 90 y 2000 se producen otros movimientos similares. Entre los más sonados está la peregrinación a Roma, en 1998, de 10.000 lefebvrianos que se habían reconciliado con la Iglesia, y que fueron recibidos por el Papa, o la vuelta a la comunión católica de la Unión Sacerdotal de San Juan María Vianney, una agrupación brasileña cercana a los lefebvrianos –de hecho, su fundador había sido excomulgado por participar en la ordenación ilícita de 1998- que en 2002 se reintegró en la Iglesia.
Por contra, el propio Marcel Lefebvre no quiso acercar posturas, ni en lo relativo a su congregación ni personalmente. En 1991, poco antes de fallecer, Juan Pablo II le ofreció levantar la excomunión si mostraba su arrepentimiento, pero el obispo falleció sin hacerlo.
Benedicto XVI: facilidades litúrgicas, un perdón controvertido y una mano tendida –y rechazada–
Si ya en su época en la Congregación para la Doctrina de la Fe, el entonces cardenal Ratzinger se había ocupado en tender puentes con los lefebvrianos, tras ser nombrado Sumo Pontífice continuó con este empeño. En 2005, año mismo de su elección, recibió en el Vaticano a Bernard Fellay, sucesor de Lefebvre al frente de la FSSPX y uno de los ordenados por él. El encuentro sirvió para constatar las diferencias pero también para acordar un camino de diálogo.
En una carta escrita un mes después de levantar la excomunión a los obispos lefebvrianos, Benedicto XVI explicaba que “no se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962”
Como una muestra más de cercanía, en 2007 Benedicto XVI autoriza de modo general –aunque siempre como forma “extraordinaria”– la celebración de la misa preconciliar. Ese mismo año se publica una nota de la CDF sobre cómo entender el ecumenismo en la Iglesia, una de los motivos de crítica de la FSSPX.
2009 es un año importante para la relación con los lefebvrianos. En enero el Papa levantó la excomunión a Fellay y los otros tres obispos ordenados por Lefebvre, aceptando la petición emitida unos meses antes por el propio Fellay, en una declaración en la que este manifestaba la fidelidad de la FSSPX a la Iglesia romana y el reconocimiento del primado pontificio, aunque no del Magisterio del Concilio Vaticano II.
En un artículo para Aceprensa a raíz de estos hechos, Diego Contreras ya adelantaba las reacciones negativas que este “perdón” podía suscitar dentro de la Iglesia. Y, efectivamente, así sucedió. Una buena parte de las críticas se debían a que la “absolución” llegaba poco después de que uno de los perdonados hubiera hecho unas declaraciones de corte antisemita (finalmente este obispo, Richard Williamson, sería expulsado de la propia FSSPX por cuestionar la fidelidad de Fellay a los principios de la congregación). No obstante, este no fue el único reproche a la decisión del Papa, en la que algunos quisieron ver un “blanqueamiento” del tradicionalismo.
Apenas un mes después de levantar la excomunión, Benedicto XVI juzgó necesario publicar una carta explicando sus motivos. Como destacaba Diego Contreras en otro artículo, el Papa reconocía, en un ejercicio de franqueza, humildad y transparencia, que, al tiempo de tomar la decisión, no conocía las declaraciones de Williamson –años más tardes contaría que, de haberlo sabido, quizás no hubiera procedido de la misma manera–. También aclaraba que levantar la excomunión era una medida de gracia que afectaba a las personas en concreto, y que no suponía una aceptación de las actividades ni las posturas de la FSSPX; de hecho, la Iglesia seguía sin otorgar a esta institución una figura canónica ni un ministerio específicos.
La absorción de la Ecclesia Dei en la Congregación para la Doctrina de la Fe certificaba que los motivos de la desunión no eran principalmente litúrgicos, sino doctrinales
El Papa aprovechaba la carta para anunciar que, de entonces en adelante, la comisión Ecclesia Dei pasaría a depender de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Este movimiento certificaba que los obstáculos para la unidad no eran de tipo litúrgico, sino doctrinales. A este respecto, Benedicto XVI señalaba a la FSSPX que “no se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962”. Pero al mismo tiempo indicaba, esta vez dirigiéndose al sector del catolicismo autodenominado “progresista”, que interpreta el Concilio Vaticano II en términos de ruptura con la Tradición, que “quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive”.
Por desgracia, y pese a que algunos obispos y teólogos defendieron su decisión (por ejemplo, el arzobispo de París o el teólogo Mons. Fernando Ocáriz, uno de los encargados entonces de la relación con los lefebvrianos y hoy prelado del Opus Dei), Benedicto XVI tuvo que lidiar con la incomprensión de los dos sectores: el tradicionalista y el progresista. Y ello a pesar de que, bajo su auspicio, la Iglesia no dejó de intentar un acercamiento con ambos. Respecto a los lefebvrianos, entre 2009 y 2011 se produjeron nuevos encuentros. En ese año, la Ecclesia Dei presentó a la FSSPX una propuesta de regularización canónica, pero para ello esta debía suscribir un “preámbulo doctrinal”. Las exigencias eran las habituales: reconocer el Catecismo de la Iglesia Católica –incluido el Magisterio del CVII– y la legitimidad de la Misa posconciliar. Fellay pidió tiempo para evaluar la propuesta pero finalmente la congregación rechazó, aunque no de forma oficial, la propuesta. Así, con este nuevo rechazo, terminó el pontificado de Benedicto XVI.
Francisco: política de “gestos”, pero sin avances
Desde su llegada a la sede de Pedro, Francisco apostó, en lo relativo al conflicto con los lefebvrianos, por una política más de gestos que de declaraciones.
En 2015, con motivo del Año de la Misericordia, declaró que las confesiones llevadas a cabo por los sacerdotes de la FSSPX serían válidas. Al terminar ese periodo, prorrogó esta concesión. Dos años después repitió el gesto, esta vez referido a la facultad para celebrar bodas canónicas. No obstante, en lo doctrinal, no se produjeron avances.
En 2019 la comisión Ecclesia Dei desapareció: sus labores fueron absorbidas por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe (la antigua CDF). Este mismo año la FSSPX cambió de superior. El nuevo, Davide Pagliarani, no ha dado muestras de acercamiento a la Iglesia, más bien al contrario. Por ejemplo, ha criticado las canonizaciones de algunos de los últimos papas (Juan XXIII, Pablo VI o Juan Pablo II), que interpreta como una canonización del CVII. Como se ve, el rechazo a este Concilio sigue siendo el obstáculo principal. En ese sentido, la reciente amenaza de Pagliarani de ordenar nuevos obispos sin el placet de Roma es, desde luego, un gesto de hostilidad, pero no cambia lo esencial del problema.