La polémica en torno al acuerdo entre la Santa Sede y China

Iglesia católica en China

Francisco ha vuelto a mostrar su interés por la situación de la Iglesia en China al proponerla a todos los fieles como motivo de petición a Dios en el pasado mes de marzo. En su breve alocución para “El vídeo del Papa”, que difunde la intención de cada mes, dice: “La Iglesia quiere que los cristianos chinos sean cristianos en serio y que sean buenos ciudadanos”, y añade que deben “alcanzar la unidad de la comunidad católica, que está dividida”.

También fuera de China hay división. El acuerdo provisional, por dos años, entre la Santa Sede y el gobierno de Pekín para el nombramiento de obispos es objeto de una polémica muy viva, y a veces agria. El episodio reciente más señalado ha sido el protagonizado por los cardenales Giovanni Battista Re, decano del colegio cardenalicio, y Joseph Zen, arzobispo emérito de Hong Kong. A finales de febrero, Re envió a una carta a los demás cardenales en la que replicaba a otra anterior remitida por Zen, que después publicó una contrarréplica.

La discusión, como se ha visto en esta y otras ocasiones, suele contraponer valoraciones genéricas más que hechos. Pues, por un lado, no se ha publicado el contenido concreto del acuerdo, y por otro, cada parte tiende a interpretar a su favor los acontecimientos posteriores a la firma (22-09-2018), sin que en realidad se pueda argumentar con certeza que son una consecuencia. En tales condiciones, el entendimiento resulta difícil.

Unos y otros coinciden en que desde antes, en torno a 2015, y con independencia de las negociaciones con el Vaticano, el régimen chino aprieta en el control de las religiones. La diferencia está en que, para los defensores del acuerdo, este supone un avance y sin él todo habría sido peor; mientras que, según los críticos, pactar ha servido para confirmar al Partido Comunista Chino en su política y ofrecerle un manto de legitimidad.

Interpretaciones del acuerdo

Para empezar, la opinión sobre el acuerdo depende de lo que cada quien cree que estipula, y eso no se puede comprobar. La Santa Sede se ha limitado a decir que ahora el Papa interviene decisivamente en la elección de obispos. Para Bernardo Cervellera, director de AsiaNews, esto “tiene un aspecto positivo, porque atribuye de alguna manera al pontífice el nombramiento de los prelados”, lo cual es “un hecho nuevo que no se daba desde los tiempos de Mao”.

En cambio, George Weigel sostiene que el acuerdo es “muy malo” porque “permite al Partido Comunista Chino elegir candidatos al episcopado, que luego la Santa Sede puede admitir o rechazar”. Sin embargo, no es posible saber si el acuerdo dispone esa fórmula u otra.

En el contexto de la “chinificación” de las confesiones religiosas, otro punto disputado es las Orientaciones pastorales de la Santa Sede sobre la obligación, impuesta por las autoridades chinas a los sacerdotes, de inscribirse en un registro oficial. Este documento, que Zen critica más duramente que el propio acuerdo y es lo que le movió a escribir su carta de septiembre, según él incita al clero y a los obispos a ingresar en la “Iglesia oficial” (la Asociación Patriótica de Católicos Chinos o APCC), la única reconocida por el régimen. Así dice, aunque las Orientaciones dejan libertad para inscribirse o no y, en caso de hacerlo, sugieren firmar expresando reservas.

Según Zen, Benedicto XVI, en su día, rechazó el acuerdo finalmente firmado en 2018; Re dice que el anterior Papa lo había aprobado

Zen, en particular, objeta que el registro impone admitir un “principio de independencia, autonomía y autogestión de la Iglesia en China”. (Viene a ser una aplicación de la vigente Constitución china, de 1982, que en el art. 36, después de reconocer el derecho de libertad religiosa, señala: “Las organizaciones y asuntos religiosos deben mantenerse libres de todo control extranjero”.) En su día, el secretario de Estado vaticano, Card. Pietro Parolin, dijo que tal independencia ya no se puede entender como “absoluta”, toda vez que el acuerdo provisional reconoce al Papa como cabeza de la Iglesia católica. Lo mismo repitió el Card. Re en su carta de febrero. Pero el Card. Zen contesta que no lo creerá mientras no le muestren el texto chino del acuerdo.

Consecuencias inciertas

En cualquier caso, ¿qué efectos ha surtido el acuerdo? Una religiosa china que reside en Taiwán, sor Beatrice Leung, sostiene que “no ha servido de mucho a la causa católica, y en cambio ha sido una ayuda para la política de chinificación de las religiones emprendida por Xi Jinping”. El año pasado hubo dos consagraciones episcopales legítimas, pero Cervellera advierte que estaban decididas mucho antes, no fueron fruto del acuerdo. Por otro lado, la represión comunista ha seguido y en algunos lugares se ha recrudecido.

Benoît Vermander, profesor de Ciencias Religiosas en la Universidad Fudan de Shanghái, anota que el acuerdo, en efecto, no ha detenido esas crecientes restricciones. Pero afectan a todas las confesiones religiosas –como también a las iniciativas civiles– y son especialmente duras con los protestantes; de ahí que –dice– “se puede incluso pensar que la Iglesia católica ha salido –de momento– relativamente bien librada, probablemente a consecuencia del acuerdo”.

En todo caso, Vermander recuerda que Francisco no se hacía muchas ilusiones con el acuerdo, como si fuera a traer la libertad religiosa a China. Cuatro días después de la firma, el Papa publicó un mensaje en el que señalaba: “Es evidente que un Acuerdo no es nada más que un instrumento, y por sí solo no podrá resolver todos los problemas existentes”. El alcance del acuerdo se limita al nombramiento de obispos, no cambia los demás aspectos de la vida de la Iglesia en China.

Continuidad o ruptura

Uno de los puntos más polémicos es la comparación entre el acuerdo y la línea seguida por los anteriores pontífices. Ya antes de que se concluyeran las negociaciones, el Card. Parolin subrayó que había continuidad. Zen, en cambio, dice que el acuerdo de septiembre de 2018 es uno que Benedicto XVI, en su día, había rehusado firmar. Re, en su carta, lo niega expresamente: “El Papa Benedicto XVI había aprobado el proyecto de acuerdo sobre el nombramiento de obispos en China, que no se pudo firmar hasta 2018”. Señala que puede asegurarlo porque ha consultado la documentación guardada en el archivo de la Secretaría de Estado. Zen replica que, si así es, haga público el texto del acuerdo y la documentación que dice haber visto.

También son motivo de controversia las orientaciones de la Santa Sede a los obispos y sacerdotes a los que las autoridades chinas exigen inscribirse en un registro oficial

A falta de eso, no se ve cómo se podría dirimir la controversia. El acercamiento de Roma a Pekín ha conocido distintas vicisitudes a lo largo de los años. También Benedicto XVI legitimó a obispos consagrados ilícitamente que habían pedido el reconocimiento, para evitar que hubiese una doble jerarquía, y revocó la facultad concedida en 1981 a los obispos chinos legítimos de ordenar sucesores sin consulta con la Santa Sede. En otras ocasiones, en cambio, especialmente tras nuevas consagraciones ilícitas en 2010, reaccionó con una enérgica condena.

Entonces y ahora, la Santa Sede siempre ha pretendido asegurar que en China se provean obispos dignos, con autorización del Papa, y a la vez reconocidos por el gobierno, a fin de evitar la división entre católicos “oficiales” y “clandestinos”. Hasta qué punto diverge la línea actual de la anterior en la forma de lograrlo, es discutido. El Card. Zen sostiene que se han hecho cesiones a Pekín y se ha abandonado a la comunidad “clandestina”, y lo atribuye a una política seguida por personajes de la Curia –a despecho de los Papas– durante los últimos veinte años, o sea, ya desde el pontificado de Juan Pablo II. Ahora centra sus críticas en Parolin, a quien acusa de manipular a Francisco.

Dilema

Zen ve en la línea vaticana una política de “apaciguamiento a toda costa” frente al “amenazador gigante chino”. Así, lamenta que la Santa Sede no haya protestado por la violencia en Hong Kong, queja que Weigel extiende a la demolición de templos católicos y también a abusos sin relación con la Iglesia, como el confinamiento masivo de uigures en Xinjiang. Según Zen, “la comunidad [católica] clandestina ha sido cada vez más abandonada, considerada incómoda, casi un obstáculo a la unidad, mientras en la comunidad oficialmente reconocida por el gobierno, los ‘oportunistas’ son cada vez más numerosos, atrevidos y desafiantes, porque son alentados por gente de dentro y de alrededor del Vaticano”.

Posiblemente, la Santa Sede se encuentre en un dilema como el que tuvo frente a la Alemania nazi y más tarde frente a los regímenes comunistas en Europa: el dilema entre denunciar públicamente, con el temor fundado de provocar un recrudecimiento de la persecución, y callar, dando la impresión de que abandona a los fieles perseguidos. Pues el Vaticano no tiene bazas políticas o económicas para presionar a un gobierno como esos. En ese sentido, Pekín siempre tiene la sartén por el mango.

Hay una discrepancia fundamental entre la postura contraria a pactar con el régimen y la de evitar que los católicos vuelvan a la clandestinidad

Benoît Vermander observa que la Santa Sede, como los demás países, reconoce al Estado chino como soberano, “con independencia del juicio moral y político que se pueda formular sobre los procedimientos por los que ejerce su soberanía”. Y “es con ese Estado, como con cualquier otro, con el que la Iglesia está obligada a dialogar”.

Vermander no niega el giro preocupante que ha tomado la política religiosa china –y toda la política interna en general– bajo Xi Jinping. A la vez, señala que es necesario atender a lo que sucede sobre el terreno. Pese a que el marco legal es restrictivo, “no exige la apostasía”, y la Constitución reconoce la libertad religiosa. O sea, no hay una persecución como durante la Revolución Cultural; los creyentes, aun sin gozar de plena libertad, tienen cierto margen para vivir la fe fuera de la clandestinidad, y lo aprovechan. Él testimonia la vitalidad de las parroquias católicas “patrióticas” que conoce en Shanghái.

Sin embargo, se da también el problema al que se enfrentan “sacerdotes y obispos, hasta ahora clandestinos, que deciden registrarse civilmente para facilitar la reunificación de la Iglesia en China, pero se encuentran con requisitos ambiguos o inaceptables”, añade Vermander. Para él, las Orientaciones pastorales dadas por la Santa Sede animan a buscar el bien de la comunidad sin dar una respuesta única, sino invitando a un “discernimiento realizado en el respeto a las personas y a la diversidad de situaciones”.

Dos partidos

La polémica sobre las orientaciones revela quizá un desacuerdo más fundamental. Una postura es la del Card. Zen, para quien es preferible ningún acuerdo a un acuerdo malo, y que da este consejo a los sacerdotes y obispos clandestinos impedidos de ejercer el ministerio: “Esperad tiempos mejores. Volved a las catacumbas. El comunismo no es eterno”. La otra es la expresada por el Card. Re, que en su carta cita esas mismas ideas de Zen y afirma que son contrarias a la línea marcada por el Papa. En efecto, Francisco, como señaló en su mensaje sobre el acuerdo, no desea que los católicos vuelvan a la clandestinidad, que “no es normal en la vida de la Iglesia” (n. 3), sino que participen, como “buenos ciudadanos”, en la vida social de su país (n. 6).

Finalmente, la controversia es, a juicio de algunos, otro campo de batalla para dos actitudes respecto al actual pontificado. “Las críticas al acuerdo –dice Vermander– se vuelven mucho más violentas cuando las apoyan webs especializadas en la reprobación sistemática de las orientaciones eclesiales marcadas por el Papa Francisco”. También Cervellera ve dos “partidos mutuamente impermeables: pro-China y anti-China, pro-Bergoglio y anti-Bergoglio”, y lamenta que dos cardenales, Zen y Re, debatan públicamente, “quizás sin haber hablado directamente entre ellos”. “Es hora –concluye– de que los dos partidos, a favor del acuerdo y en contra, se hablen y encuentren una posición común”.

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