Para qué ha servido el acuerdo entre la Santa Sede y China

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Templo católico en Dali, provincia de Yunnan (China) (CC Deadkid dk)

Templo católico en Dali, provincia de Yunnan (China) (CC Deadkid dk)

 

El acuerdo provisional sobre nombramiento de obispos, firmado el 22 de septiembre de 2018 por el Vaticano y el gobierno chino, ha sido desde el principio muy discutido. Ahora que está próximo a vencer, y que probablemente será renovado, se puede intentar un balance de los resultados que ha dado en estos dos años.

En los últimos 40 años, todos los Papas, desde Juan Pablo II a Benedicto XVI y Francisco, han considerado la vida de los católicos chinos y las relaciones entre China y la Santa Sede una de sus prioridades, llevando a cabo numerosas iniciativas de acercamiento y diálogo. Entre ellas están el Mensaje a los católicos en China, que Juan Pablo II pronunció desde Manila, en 1995; la histórica Carta a los católicos chinos, de Benedicto XVI, en 2007, y el “acuerdo provisional” alcanzado entre China y la Santa Sede en 2018 sobre el procedimiento para el nombramiento de obispos.

En esos mismos años, paralelamente, las autoridades chinas han avanzado en el marco religioso que Deng Xiaoping estableció en 1982, es decir, que el gobierno ya no tenía como objetivo prioritario suprimir la religión, sino más bien mantener las religiones sujetas a las políticas del Partido. Desde entonces han ido alternándose momentos de relajación con períodos de endurecimiento, como el actual.

Nuevas restricciones

Desde el 1 de febrero de 2018, por ejemplo, con las nuevas normas sobre actividades religiosas, el culto cristiano solo puede practicarse en las iglesias, de acuerdo con un programa aprobado por las autoridades. Los grupos de oración privados están prohibidos, así como el culto en casas particulares. Se prohíbe a los menores participar en actividades religiosas. Los lugares de culto tienen que exhibir la bandera nacional. El fundamento de toda esta disciplina es poner fin –a medio plazo– a la actitud tolerante hacia la religión en las últimas décadas, y –como objetivo final– la eliminación de las comunidades religiosas no oficiales, al someterlas a todas a controles estrictos, a la opresión e incluso –si es necesaria– a la violencia.

Muchos jóvenes chinos quieren “encontrar un sentido a sus vidas y a su trabajo”

Antes, la actitud más tolerante de las autoridades facilitó, de hecho, un notable crecimiento de la fe. Es un hecho constatable que, después de la violenta represión en la Plaza de Tiananmen (4 de junio de 1989), muchos jóvenes buscaron nuevas razones para sus vidas. En el libro Jesus in Beijing (2003), el periodista estadounidense David Aikman relató cómo el cristianismo se extendía rápidamente, influyendo enormemente en la sociedad e incluso en el Partido Comunista. Basta saber que, por ejemplo, en 1949 había solo 4 millones de cristianos en China, mientras que ahora hay unos 70 millones, la mayoría pertenecientes a la galaxia evangélica.

Además, a partir de la década de los noventa, el estudio del cristianismo comenzó a entrar como materia de interés en universidades e instituciones de investigación en toda China. Los intelectuales que han sido los protagonistas de esta tendencia se han autodenominado “cristianos culturales” y Liu Xiaofeng fue uno de sus grandes promotores. Tal vez por primera vez desde Matteo Ricci, los intelectuales veían la religión favorablemente, superando incluso los prejuicios anticristianos, como explicaba Gianni Criveller en las páginas de Il Regno.

Jóvenes abiertos a la fe

Sin embargo, desde que Xi Jinping llegó al poder, China ha intensificado una campaña cultural contra la infiltración occidental y está promoviendo el confucionismo como el único pensamiento con derecho a la ciudadanía, así como una fuerte “chinizacion” (1).

Para otros expertos, como el sacerdote italiano Bernardo Cervellera, editor de la publicación AsiaNews, esas políticas sociales fuertemente intervencionistas lo único que están logrando es un rechazo, cada vez más evidente, de las generaciones más jóvenes, “que quieren superar tanto los fundamentalismos religiosos, como las ideologías”, dijo en un encuentro online organizado por el Instituto Acton el pasado 4 de septiembre. En China, señaló también, “nadie cree en el comunismo”, aunque “mucha gente se coloca bajo el árbol comunista”, no tanto por convicción como por las ventajas que reporta.

Por primera vez en 60 años, todos los obispos de China (unos 110) están en comunión con la Santa Sede

Según Cervellera, hay actualmente una creciente inquietud entre los jóvenes, que desean “encontrar un sentido a sus vidas y a su trabajo”. “Esto es algo muy nuevo, es algo que crea sacudidas en muchas partes de Asia”. Y añadió que ese fenómeno ha pasado a primer plano, especialmente en Hong Kong, donde las protestas a gran escala están dominadas en su mayoría por jóvenes, algunos de ellos con solo 13 o 14 años. Como se sabe, desde el pasado mes de junio, Hong Kong se ha visto envuelto en protestas masivas, primero en oposición a un proyecto de ley que permitiría las extradiciones a la China continental –proyecto que fue finalmente retirado–, y ahora por una nueva ley de seguridad nacional redactada por Pekín, que pretende tomar medidas enérgicas contra lo que las autoridades definen como “terrorismo”, “subversión” e “injerencia extranjera” en los asuntos internos.

“Los jóvenes de Hong Kong arriesgan todo para protestar contra el gobierno chino, y se arriesgan a no encontrar trabajo, a no poder ir a la escuela o a la universidad, porque China está implementando leyes muy, muy estrictas”, dijo. “Así que estos jóvenes realmente están arriesgando todo por su libertad”.

Cervellera también subrayó el rápido crecimiento de la Iglesia católica en el continente asiático. En Asia, que alberga unos 4.500 millones de personas –más de la mitad de la población mundial–, hay unos 120-130 millones de católicos, lo que –dijo– es un número “impresionante”, dado que los cristianos son una minoría a menudo perseguida. “Al menos el 60% de los países asiáticos tienen problemas con la libertad religiosa. Por lo tanto, esta Iglesia perseguida, que está limitada en su libertad religiosa, sigue creciendo un 5% anual”. En Europa, en cambio, el número de cristianos se ha mantenido gracias, en gran medida, a la afluencia de inmigrantes.

El acuerdo sobre nombramiento de obispos

Ante este panorama hay que situarse para entender el significado del acuerdo provisional que China y la Santa Sede firmaron el 22 de septiembre de 2018, cuyo texto no se ha hecho público. La Santa Sede ha explicado en numerosas ocasiones que se trata de un procedimiento para el nombramiento de obispos; “un asunto de gran importancia”, como lo definía el propio comunicado oficial vaticano hace dos años. Ahora que, al parecer, está a punto de ser renovado, es buen momento para hacer un breve balance, que resumimos en 10 puntos.

Para algunos, el acuerdo con la Santa Sede ha servido para lograr un resultado internacional de prestigio mientras intensifica la represión interna

  1. Todos los obispos, en comunión con la Santa Sede. Desde el punto de vista eclesial, el mejor resultado del acuerdo es que por primera vez en 60 años, todos los obispos de China (unos 110) están en comunión con la Santa Sede. Por lo tanto, de ahora en adelante tal vez será el Papa quien nombre a los obispos –después de obtener de alguna manera la aquiescencia del gobierno–, lo que no es poca cosa, aunque los procedimientos queden por aclarar.
  2. Para algunos, estos dos años han sido un momento de extraordinaria propaganda china. No se puede descartar que el acuerdo represente –como han afirmado en numerosas ocasiones el cardenal Zen, un buen grupo de organizaciones humanitarias y también últimamente Mike Pompeo, secretario de Estado norteamericano– un astuto engaño por parte del régimen chino: lograr un resultado internacional de prestigio mientras se intensifica la represión interna. Así, el 28 de junio de 2019 la Santa Sede dio a conocer unas Orientaciones pastorales sobre el registro civil del clero en China, para ayudar a sacerdotes y obispos a afrontar la tesitura en que los puso el gobierno comunista al exigir a muchos de ellos –tanto “oficiales” como “clandestinos”– firmar una adhesión a la política religiosa del gobierno, que incluye la afirmación de la independencia (un término que no debe entenderse en el sentido de una ruptura doctrinal) de la Iglesia de China para poder ejercer el ministerio públicamente.
  3. El gobierno chino está satisfecho con el panorama actual. El pasado 10 de septiembre, en Pekín, el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores, Zhao Lijian, indicó que China estaba deseosa de renovar el acuerdo, diciendo que “las dos partes continuarán manteniendo una estrecha comunicación y consulta, y mejorando las relaciones bilaterales”.
  4. Se ha marcado una dirección que el Vaticano quiere continuar. El 14 de septiembre, el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, dijo a los periodistas en Roma: “Creo y espero” que Pekín renovará el acuerdo. Añadió: “Nuestra intención es que se prolongue, que se siga adoptando ad experimentum, como se ha hecho en estos dos primeros años, para comprobar más a fondo su utilidad para la Iglesia en China”. “Aunque estos primeros resultados no hayan sido llamativos, me parece que se ha marcado una dirección que vale la pena continuar; luego ya veremos”.

Buscando la normalidad

  1. Normalizar la vida de la Iglesia en China tanto como sea posible. Parolin ha remarcado que “nuestro interés actual es (…) que la Iglesia pueda vivir una vida normal, que para la Iglesia católica es también tener relaciones con la Santa Sede y el Papa, y buscar la unidad en la Iglesia. Por supuesto, todo esto también en un contexto de coexistencia pacífica, de búsqueda de la paz y de superación de las tensiones”.
  2. Se ha encontrado una posibilidad de diálogo. “Es comprensible que el Vaticano quiera renovar el acuerdo, porque después de 1949 no ha habido diálogo. Ahora el Vaticano al menos tiene este hilo, aunque muy débil”, afirma Bernardo Cervellera. “Pero ha dado muy pocos frutos hasta ahora y espero que el Vaticano exija más a los chinos”, agrega.
  3. El acuerdo sirve como prolegómeno para restablecer las relaciones diplomáticas. Este restablecimiento se produciría después de una ruptura de más de 70 años. Pero el Vaticano tendría que romper todas las relaciones con Taiwán, que para China es una provincia rebelde.
  4. Existe una mayor presión para que la Santa Sede rompa relaciones con Taiwán. El Vaticano es el único Estado de Europa que aún reconoce a Taipéi. Inicialmente, Pekín quería que el Vaticano cortara sus relaciones con Taiwán antes de abrir el diálogo. Dado que la Santa Sede reconoce a Taiwán como gobierno legítimo, las condiciones necesarias para que pueda trasladar la Nunciatura Apostólica de Taipéi a Pekín siguen sin estar claras. “Téngase en cuenta que Taiwán hoy en día solo es reconocido por unos quince Estados, en su mayoría pequeñas naciones sin influencia a nivel mundial”, dice José Miguel Encarnação, portavoz de la diócesis de Macao y director de la publicación católica O Clarim. “¿Por cuánto tiempo más –se pregunta Encarnação– quiere la Santa Sede ser incluida en esta lista, especialmente cuando China se afirma como la segunda superpotencia del mundo?”.
  5. Hay algunos frutos intangibles. Por ejemplo, una disposición más favorable de Pekín: durante la cuarentena en China, como consecuencia del covid-19, solo en la provincia de Hubei más de 60 millones de personas pudieron acceder online a servicios religiosos: misa, lecturas bíblicas, encuentros de oración, recepción de noticias religiosas y videos. Incluso vieron la Semana Santa celebrada por el Papa Francisco en el Vaticano. Las transmisiones en línea fueron hechas no solo por diócesis católicas tan grandes como Pekín y Shanghái, sino también por las de Macao y Hong Kong. “En este momento se desconoce por qué las autoridades chinas no han bloqueado el acceso por Internet a este tipo de contenido religioso, sobre todo cuando no hace muchos años se aprobaron leyes más restrictivas en relación con cualquier manifestación de culto religioso, en particular la ley que prohíbe a los ciudadanos menores de 18 años participar en las clases de religión”, ha explicado Encarnação.
  6. El Papa puede hacerse oír en China. Según Encarnação, mucho más importante que el acuerdo es la relación fluida que existe entre Francisco y Xi Jinping, así como los mensajes que el Papa envía a los católicos chinos en las fechas más importantes del calendario cristiano. Ahora, Francisco puede dirigirse a los católicos de China, y no se escuchan críticas en el Salón Azul del Ministerio de Asuntos Exteriores chino.

Precisamente esta última valoración –la importancia del elemento humano, más allá de los documentos oficiales– abona la conclusión de Gianni Criveller en Il Regno. Según él, aunque se han publicado muchos artículos sobre el acuerdo en todo el mundo y se han emitido innumerables diagnósticos, despertando tal vez entusiasmos excesivos y quizás demasiadas críticas, la Iglesia católica no conoce otro camino que seguir al Papa y apoyar su compromiso con el liderazgo del pueblo de Dios.

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(1) Ante la llamada chinización de las religiones iniciada por Xi (es decir, la remodelación de las religiones según las características chinas), algunos expertos han reflexionado sobre las posibles respuestas. Es, por ejemplo, el caso del jesuita Benoît Vermander, que ha propuesto tres áreas en las que los cristianos pueden desarrollar una inculturación creativa, también frente al problema de la secularización: la teología espiritual (en diálogo con el budismo y el taoísmo), el arte visual chino-cristiano con el fin de atraer más público, y las actividades sociales, que ayudan a la Iglesia a abordar las cuestiones y problemas de la sociedad.

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