¿Es posible un consenso sobre la educación sexual de los menores? Una propuesta en seis puntos

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DURACIÓN LECTURA: 15min.
Ilustración de Carlos Alejandro Falco

La afirmación de que los jóvenes de hoy necesitan recibir una buena educación sexual, quizás más que los de generaciones anteriores, suscita un acuerdo casi unánime. El aumento de enfermedades de transmisión sexual y de agresiones sexuales entre jóvenes, la normalización del consumo de pornografía –con frecuencia, de una pornografía violenta– o la extensión de fenómenos como el sexting han hecho sonar la voz de alarma.

No obstante, más allá de la sensación de urgencia, no resulta fácil llegar a consensos sobre qué tipo de formación es la adecuada. En parte, esto se explica porque el mismo ámbito de lo afectivo-sexual resulta delicado: por los contenidos, que apuntan a cuestiones centrales –y polémicas– en la concepción de la persona, y por el debate de quién debe encargarse de este tipo de educación.

Empoderamiento-bienestar vs sentido-intimidad

Cuando se comparan diferentes programas de educación sexual, se observan dos grandes enfoques (lógicamente, existen propuestas “híbridas”, aunque casi siempre se encuentran mucho más cerca de uno que del otro).

El primero gira en torno a los conceptos de autodeterminación y empoderamiento. Según este enfoque –que podríamos considerar el “oficial”, pues es el mayoritario en los programas que se ofrecen en las escuelas, y también el que cuenta con el respaldo de instituciones como la OMS o la ONU–, la función de la formación afectivo-sexual es dar herramientas para el bienestar, entendido como la satisfacción de necesidades afectivas y eróticas.

La libertad y el placer son, pues, los términos que marcan el horizonte en este paradigma. Por eso estos programas suelen poner tanto énfasis en la importancia del consentimiento y en recomendar la “exploración” de la sexualidad. De fondo, laten algunos planteamientos provenientes de la revolución sexual de los años 60 y 70 (ruptura de tabúes, “desacralización” del sexo), aunque la emergencia de problemas relacionados con la hipersexualización de la cultura (abusos, pornografía), por un lado, y el planteamiento identitario que han traído las teorías de género, por otro, han hecho que el tono de desenfado y desinhibición propio de aquellas décadas haya ido dejando paso a otro más serio.

El enfoque “liberal” y el “conservador”, cuando no se caricaturizan, comparten puntos de vista que pueden servir de base para cualquier programa

El segundo enfoque vendría enmarcado por la triada de términos sentido-intimidad-vínculo. Aquí se entiende la sexualidad no como una fuente de placer, sino de sentido: que seamos sexuados apunta y expresa de una forma corporal nuestra capacidad de amar. Es, por tanto, una riqueza, pero delicada, que se ha de cuidar y no simplemente un instrumento que “usar”. Así pues, el ejercicio de la sexualidad no podría merecer una consideración moral neutra, pues no es una simple herramienta de bienestar: el sexo humaniza o deshumaniza, según si está de acuerdo o no con su lugar en la globalidad de la persona.

Según este enfoque, las relaciones sexuales, como expresión de conexión profunda entre dos personas, encuentran su único contexto adecuado en la intimidad y el compromiso estable. Por tanto, el sexo esporádico (el “rollo de una noche”) y la promiscuidad son valorados de forma negativa, aunque esas relaciones sean consentidas y aceptadas en su “no romanticismo” por ambas partes.

Así pues, aunque suene a simplificación, se podrían calificar estos enfoques, respectivamente, como “liberal” y “conservador”, en la medida en que, en cuanto a la vivencia de la sexualidad, el primero destaca la autonomía del individuo y el segundo, la necesidad de cuidar y respetar una realidad que tiene un fin propio.

Una ocasión propicia para el consenso

A primera vista, ambos enfoques parecen condenados a marchar en paralelo, sin tocarse. Sin embargo, la acumulación de noticias alarmantes relacionadas con las conductas sexuales de los jóvenes invita a llegar a acuerdos, pues resulta obvio que la receta de la educación sexual “moderna” no está funcionando, y que la cosa no se arregla simplemente aumentando la cantidad de cada ingrediente.

Si se quiere alcanzar un consenso, eso sí, hay que empezar por no distorsionar o caricaturizar el enfoque contrario al propio. Ni la educación “liberal” fomenta el “todo vale” en cuestiones de sexo, ni la conservadora se basa en una especie de miedo a la sexualidad dictado por preceptos religiosos. Hay numerosos –e importantes– puntos de acuerdo que pueden servir de base para el acuerdo. Señalamos aquí seis.

  1. Padres y escuela. Escuela y padres

Todo el mundo está de acuerdo en que los padres deben hablar de sexualidad con sus hijos; es más, que deben ser los primeros en hacerlo, también porque el vínculo afectivo con ellos favorece, más que ningún otro contexto, la finalidad que debería guiar cualquier programa de educación sexual: la integración personal, adecuada a las características propias de cada uno –y no solo a su edad biológica–, de la sexualidad en el conjunto de la propia biografía.

También hay bastante acuerdo en que la labor de los padres en este campo puede recibir un complemento muy provechoso en los talleres de sexualidad escolares: ya sea por el mayor conocimiento que se supone a los expertos o, simplemente, por la vergüenza (o el pudor) que muchos chicos y chicas quizás sientan al hablar de ciertos temas en casa. No obstante, convendría que los formadores fueran conscientes de que también la escuela acarrea algunas limitaciones como lugar para la educación sexual (el miedo a “quedar mal”, sobre todo ante el sexo opuesto, que puede llevar a la timidez o a la fanfarronada, la presencia quizás coartadora del profesor, etc.), de modo que diseñen sus programas en consecuencia: grupos más pequeños, separación en algunos momentos de chicas y chicos, uso de cuestionarios anónimos, etc.

Para evitar el posible conflicto entre familias y escuelas por los contenidos de estos programas, debería procurarse, por un lado, que los padres conozcan con antelación el currículum de las sesiones, y que puedan, incluso, preguntar a los formadores todo lo que quieran, para comprobar si el programa se adapta a la etapa madurativa de sus hijos. Si después de esto una familia pidiera que el suyo fuera eximido de asistir a alguna sesión, la escuela debería permitirlo. Así queda protegido el derecho de los progenitores a educar a sus hijos según sus convicciones.

Por otro lado, los formadores deberían reconocer que muchos conceptos empleados en este tipo de programas admiten diferentes interpretaciones y valoraciones, como, por ejemplo “género”, “salud reproductiva”, “autoerotismo”, “sexo seguro” o “intimidad”; por tanto, resulta necesario que no traten de imponer una visión única, y menos que la presenten como la “avalada por la ciencia”. Por el contrario, deberían fomentar el diálogo, la reflexión e incluso el disenso.

  1. Preparar contra entornos hipersexualizados

Tanto la visión “liberal” como la “conservadora” pueden encontrar en la crítica de la hipersexualización social otro punto de consenso. El caso más claro es el de la pornografía, que es tratada de forma crítica en la mayoría de programas de educación sexual, aunque con matices.

No solo la pornografía ofrece una visión del sexo como mercancía. Otros contenidos más aceptados también lo hacen

No obstante, el discurso no suele ser tan claro en lo que se refiere a otros contenidos de erotismo subido, que también tienden a banalizar la sexualidad, y que están muy presentes en la cultura juvenil a través de ficciones televisivas, redes sociales o determinados géneros musicales. Estos contenidos pueden crear una imagen del sexo como un elemento de consumo rápido, un marcador de estatus o una forma de ejercer el poder sobre otros.

Esta incoherencia entre la valoración del porno y de otras formas de hipersexualización debería ser tenida en cuenta cuando se diseñen los talleres sobre sexualidad. Hay que abordar con valentía el fenómeno de OnlyFans, una red social en la que los usuarios pagan por acceder al contenido sexual (entre lo erótico y lo pornográfico) que producen los creadores, mayoritariamente mujeres. El recurso a esta plataforma como forma de hacer dinero se ha normalizado entre muchas jóvenes. También hay que hablar del sexting, el intercambio de imágenes sexuales entre conocidos, no necesariamente amigos. Según han contado varias chicas en documentales recientes, recibir este tipo de mensajes (muchas veces sin pedirlos) se ha convertido en una rutina diaria entre adolescentes. Valdría la pena que los expertos señalaran la cosificación que esto supone, incluso cuando sí existe consentimiento. Si no, se corre el riesgo de que el mensaje pierda coherencia, y por tanto credibilidad.

  1. El sexo va de intimidad

Cuáles son las circunstancias adecuadas para la iniciación en la actividad sexual es un tema debatible. Habrá quienes defiendan que lo mejor es recomendar la abstinencia, o al menos la prudencia, ya sea por su mayor eficacia de cara a la salud pública –algo bastante evidente– o por cuestiones morales o religiosas. Habrá también quien defienda una opción más “liberal” (lo que igualmente comporta unos juicios éticos, conviene no olvidarlo). Las definiciones de promiscuidad y precocidad, en este sentido, pueden variar.

Educar en la importancia de la intimidad y la donación como “espacios” adecuados para la sexualidad, otro posible punto de acuerdo

No obstante, tanto los enfoques “conservadores” como los “liberales” podrían estar de acuerdo en que la sexualidad se comprende y se vive mejor en contextos de intimidad y de donación a la otra persona que en los caracterizados por los valores contrarios: la desconexión emocional y la posesión del otro. Partiendo de esta base, los programas de educación sexual deberían explicar que la gradación de la intimidad (desde un mero conocido a la persona con la que uno se ha comprometido como pareja) pide también una gradación en la expresión física de los afectos. Un ejemplo de este planteamiento puede verse en la Guía de educación afectivo-sexual diseñada por el Ayuntamiento de Burgos (nada conservadora, en otros aspectos, pero llena de sentido común). Como corolario de esta idea, se podría mostrar que el “rollo de una noche” contraviene esta lógica. Quizás haya formadores que no estén dispuestos a llegar tan lejos (la guía citada no lo hace), pero al menos todos pueden estar de acuerdo en el concepto de la “escala de la intimidad”.

Félix López Sánchez y Javier Gómez Zapiain son dos de los teóricos de la educación sexual más reputados en España. Ambos han colaborado en diferentes trabajos y se puede decir que comparten una misma propuesta: el “modelo biográfico-profesional”. En él se subraya la construcción autónoma de la propia historia sexual. En este sentido, se acerca más al enfoque “liberal” (también, por ejemplo, en cuanto a la valoración del autoerotismo o las teorías de género).

Chawalit Banpot/Shutterstock

No obstante, en sus trabajos destaca (más claramente en los del segundo) la idea de que la intimidad es el “espacio psicológico” adecuado para la expresión de la sexualidad, y la de que el deseo sexual, como comenta Gómez Zapiain, “es una realidad relacional. Proyecta a los individuos al encuentro con el otro. Aquí es donde se incardina con la vinculación afectiva”.

Precisamente la palabra “encuentro” es la clave de la propuesta de educación sexual de José Víctor Orón, filósofo, teólogo, asesor educativo y director de la fundación Up To You, dedicada a la formación personal de docentes. Para Orón, “la educación para el encuentro, para la intimidad, es la que da sentido a la educación sexual”. “La sexualidad remite a la incompletitud de la persona entendida aisladamente. El ser humano es sexual primeramente porque es un ser para el encuentro”. La intimidad, en este esquema, “es precisamente un crecimiento de la identidad por la unión de dos identidades. Aislamiento, dominio de uno sobre otro o promiscuidad son fracasos de la intimidad”.

  1. Una imagen positiva –y real– del amor

Una mala comprensión de la idea de la “incompletitud de la persona aislada” (el “sin ti no soy nada” de tantas canciones) podría llevar a una minusvaloración de la persona por sí misma, en su individualidad. Este malentendido es el que parece estar en el fondo de las advertencias contra los “mitos” del amor romántico, frecuentes en los programas de educación sexual modernos.

Ciertamente, conviene desmentir, como hace la guía del Ayuntamiento de Burgos, algunos excesos en la romantización del amor: la idea de la “media naranja”, la de que “los celos son muestra de amor” o que “el amor todo lo puede”.

Es importante desmontar las idealizaciones del amor romántico, pero no con un mensaje cínico, sino positivo respecto del amor real

No obstante, también existe el peligro de pasarse por el lado opuesto. Convendría que los programas de educación sexual hablen de amor, y lo hagan de forma positiva. Los jóvenes necesitan entender qué es el amor, cómo reconocerlo, y por qué eleva la vida de las personas. Eso no es “idealismo romántico”; es realismo. Hay que hablarles de los celos y de las conductas posesivas, pero también de su reverso: la generosidad, la donación, como ideales a los que aspirar y no solo como posibles trampas románticas.

El trabajo de Orón expresa, partiendo de profundos presupuestos antropológicos, una clara llamada al amor como entrega. También la guía del Ayuntamiento de Burgos, aunque dedica un apartado a exponer “el cuento del amor romántico”, ofrece de fondo una visión atractiva y sensata del “amor maduro”, distinguiéndolo del enamoramiento.

  1. Generosidad y autodominio

El amor repele el egoísmo, y viceversa. Del sexo se podría decir lo mismo. En este sentido, sorprende la valoración acríticamente positiva que en la mayoría de los programas de educación sexual se da al autoerotismo, a veces como parte del discurso de “empoderamiento” (explora y disfruta de tu cuerpo) y otras con argumentos de “salud psicológica”. Sin embargo, sin necesidad de acudir a valoraciones religiosas, parece claro que en las conductas autoeróticas se busca el placer personal, mientras que las otras personas (su representación fantasiosa) habitualmente quedan convertidas en meros medios para conseguir ese fin; es decir, se las instrumentaliza. Por eso, el autoerotismo puede fomentar una sexualidad egoísta. La educación sexual debería, por ello, ser más cautelosa y realista de lo que suele serlo en este punto.

No estaría de más, tampoco, que los educadores reconocieran que, en la medida en que el sexo está ligado a un instinto, puede generar conductas agresivas, compulsivas o adictivas, especialmente en personas cuyo desarrollo madurativo no está completo. La cantante Billie Eilish tuvo la valentía de reconocer en una entrevista que la adicción a la pornografía cuando era adolescente “destrozó” su cerebro. Destacar la importancia del autodominio no es moralista: es sensato. En cambio, una educación sexual que no hable de virtudes es, sencillamente, ingenua.

A este respecto, la propuesta de López Sánchez y Gómez Zapiain señala claramente la necesidad de un enfoque ético. Este reclama, entre otros aspectos, no instrumentalizar a la otra persona para el propio disfrute, o ser sinceros en lo que se refiere a las expectativas emocionales que cada uno se fija en la relación.

Más profunda y comprometedora es la ética sexual que propone Orón, ya que parte de una concepción de las relaciones sexuales mucho más rica (y, de hecho, más positiva), al conceder a estas un valor antropológico que falta en los planteamientos que ligan sexo a bienestar.

  1. Feminidad y masculinidad, sin lucha de clases

En cuanto a la cuestión de la orientación e identidad sexual, la reivindicación de que todas las opciones son igualmente válidas es un elemento común de los programas de enfoque “liberal”, que son los más frecuentes en las escuelas. Tan “oficial” se ha vuelto esta doctrina, que quienes la defienden olvidan con frecuencia que tanto algunos padres como otros expertos pueden disentir de ella, sin discutir por ello la libertad y la igual dignidad de todas las personas.

Así pues, lo más sensato sería que la educación sexual que se imparta en las aulas, en la que el formador no conoce las características personales ni las experiencias afectivas de cada alumno, sea en este campo especialmente prudente. Que explique las diferentes visiones, con respeto, y que abra espacios para la reflexión.

En cualquier caso, los formadores deberían esforzarse por ofrecer una visión positiva tanto de la masculinidad como de la feminidad, libre de estereotipos “clásicos” –los hombres no lloran– pero también de tics modernos –la omnipresencia del heteropatriarcado–. Esto ayudaría a chicos y chicas a navegar el complejo mundo de su afectividad sabiendo que existen muchas formas de ser hombre y mujer, y que a la vez no tienen por qué avergonzarse de algunas características que están inscritas en su biología.

Aprovechar la oportunidad

Estos seis puntos pueden funcionar como la base compartida para diseñar un tipo de educación sexual que respete a los propios menores, a sus padres y, sobre todo, a la verdad; a la rica y positiva realidad de la sexualidad humana.

Las circunstancias urgen a ello, y las escuelas no deberían desaprovechar su oportunidad para cooperar a este fin. Con todo, también habría que reclamar una mayor implicación a otros actores que podrían hacer mucho más por fomentar una sexualidad sana, por ejemplo, las redes sociales, las agencias de publicidad y las productoras de cine, música y videojuegos.

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