COP26 Glasgow: Mucho ruido y pocas nueces

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Duración lectura: 5m. 19s.
COP26

La “Blue Zone” o sala de negociaciones de la COP26 (foto: ukcop26.org)

 

Una vez más las, reuniones de las conferencias de las partes (COP) han traído más ruido mediático que decisiones concretas y efectivas para atajar la problemática del cambio climático.

Tras la firma del acuerdo de la ONU sobre esta cuestión (el tratado UNFCC), firmado en 1992 durante la cumbre de la Tierra de Río, todos los estados miembros se han reunido anualmente para llegar a acuerdos que supongan una respuesta colectiva que permita minimizar los impactos negativos del calentamiento global del planeta. La conferencia de Glasgow supone la número 26 del tratado, tras la celebrada en Madrid a fines de 2019 y el paréntesis causado por la epidemia del Covid-19.

El balance de la reunión es bastante decepcionante, puesto que los acuerdos adoptados apenas atajan la raíz del problema y solo suponen una voluntad de continuar las negociaciones. La presidencia del Reino Unido, un país fuertemente comprometido con la mitigación del cambio climático (recuérdese que fue uno de los primeros en adaptar una legislación nacional con compromisos vinculantes para 2030), no ha sido suficiente para forzar a las grandes potencias emisoras (China, EE.UU., India, principalmente) a tomar las medidas que la magnitud y gravedad del problema requiere.

De acuerdo al sitio web de la ONU, el resumen de los acuerdos confirma el clima de decepción con el que expertos y ONGs valoran los resultados de la COP26. Así lo ha manifestado también el Secretario General de la ONU, António Guterres, para quien el acuerdo “refleja los intereses, las contradicciones y el estado de la voluntad política en el mundo actual”. La práctica de aprobar los acuerdos por unanimidad supone un enorme reto en estas reuniones, ya que los países potencialmente más afectados por compromisos vinculantes tienden a aleviar su formulación o directamente a evitarlos. Esto es lo que ha pasado con el acuerdo sobre la eliminación de las subvenciones a los combustibles fósiles, que ha pasado a convertirse en una “reducción progresiva” de los “subsidios ineficientes a los combustibles fósiles”, enmienda introducida por China e India, que en la práctica implica un compromiso mucho menos ambicioso.

Mitigación

Como es bien sabido, la acción sobre el cambio climático tiene dos posibles vías: la mitigación y la adaptación. La primera tiene por objetivo la reducción del problema (en suma, evitar que siga aumentando la temperatura del planeta), mientras la segunda se orienta a las medidas para mejor adaptarse a los cambios que ese aumento implicará. Hasta hace unos años, el objetivo casi exclusivo de los estados miembros del UNFCC era la mitigación, con un objetivo nítido de evitar que la temperatura promedio del planeta aumente por encima de 2 ºC sobre el periodo pre-industrial (ahora estamos en torno a 1,1º), aunque con los estudios más recientes se recomienda vivamente que no ascienda de 1,5⁰ por los efectos negativos que llevaría consigo.

Con el ritmo actual de emisiones, llegaremos a 1,5º en torno a 2030, así que cada vez el tiempo es más corto para cambiar las actuales tasas de emisión, que ni siquiera la enorme crisis del Covid ha supuesto (los descensos se calcularon en torno a un 8% para el periodo más estricto de confinamiento, pero se ha recuperado rápidamente en los últimos meses, con lo que la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera ha seguido aumentando hasta las actuales 413 ppm (280 ppm al inicio del periodo industrial).

Los acuerdos más concretos alcanzados en la cumbre son detener la deforestación y reducir las emisiones de metano

Resulta obvio entonces que, para que la mitigación sea efectiva, el ritmo de emisiones debería cambiarse mucho más drásticamente. Hasta ahora solo Europa se ha comprometido con metas concretas, prometiendo eliminar las emisiones netas para 2050 y reducirlas al 50% para 2030. Para que cifras similares pudieran alcanzarse en otros países sería necesario una enorme transferencia de recursos tecnológicos. El Acuerdo de París incluía una cantidad anual de 100.000 millones de dólares de financiación para el clima, que todavía estamos muy lejos de alcanzar. La cantidad puede parecer enorme, pero baste recordar que solo en los tres primeros meses del confinamiento producido por el Covid-19 las pérdidas económicas mundiales se calculan en 15 veces superiores a esta cifra. En suma, es en sí es bastante reducida si queremos realmente modificar los actuales patrones de producción económica ligados a los combustibles fósiles.

Adaptación

En cuanto a adaptación, parece que la conferencia de Glasgow ha alcanzado algunos acuerdos más alentadores. Uno de los más importantes fue que los líderes de más de 120 países, que representan alrededor del 90% de los bosques del mundo, se comprometieron a detener e invertir la deforestación para 2030. También hubo un compromiso sobre las emisiones de metano, liderado por Estados Unidos y la Unión Europea, por el que más de 100 países acordaron reducir las emisiones de este gas de efecto invernadero para 2030.

Más allá de estos acuerdos, la emergencia climática parece un término muy poco apropiado para la rapidez y profundidad de los acuerdos tomados. Parece que el principal logro de esta conferencia ha sido algo así como “seguiremos negociando”. En suma, demasiado poco si realmente estamos tomando en serio este asunto. El principal negociador de Maldivas, uno de los países más afectados por la subida del nivel del mar ligada al cambio climático, declaraba en su valoración de la COP26: “Es un paso adelante incremental, pero no está en línea con el progreso necesario. Será demasiado tarde para las Maldivas. Este acuerdo no trae esperanza a nuestros corazones”.

En suma, el enorme esfuerzo y la inmensa infraestructura que ha supuesto esta cumbre no se equipara con sus beneficios. No sin razón, diversos expertos opinan que hubiera sido mucho más provechoso para el clima del planeta haber cancelado la cumbre: al menos se hubieran evitado las emisiones de los miles de vuelos que ha supuesto.

Emilio Chuvieco
Departamento de Geología, Geografía y Medio Ambiente
Universidad de Alcalá

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