Alberto Rodríguez (Sevilla, 1971) dirige su tercer largometraje que, como los anteriores El factor Pilgrim y El Traje, ha presentado en el Festival de San Sebastián.
“Verano en Sevilla. Tano, un adolescente que cumple condena en un centro de reforma, recibe un permiso especial de 48 horas para asistir a la boda de su hermano Santacana. Durante el tiempo que dura el permiso, Tano se reencuentra con su mejor amigo, Richi, y se lanza a vivir esas horas con el firme propósito de divertirse, de hacer todo lo que le estaba prohibido en el centro: se emborracha, se droga, roba, ama y, fundamentalmente, vuelve a la vida. Se siente libre y ejerce esa libertad con toda la fuerza y el atrevimiento de la adolescencia. Pero a medida que transcurre su estancia fuera del centro, Tano también asiste al desmoronamiento de todos sus referentes: el barrio, la familia, el amor, la amistad, todo ha cambiado. Más allá de un permiso de 48 horas, la libertad de Tano se convierte en un viaje impuesto hacia la madurez”.
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He utilizado las comillas porque en esa sinopsis promocional se esconde, a mi juicio, la razón fundamental de la fragilidad de una película demasiado parecida a “Barrio” y bastante menos creíble. Aunque se intuye que Rodríguez pudiera haber pretendido otra cosa, lo que ofrece su película no logra ir más allá de una sucesión de charlas procaces y cutres peripecias protagonizadas por dos descerebrados impresentables, con algunos diálogos -demasiados- en los que no se entiende nada.
La historia que escriben Rodríguez y Cobos es demasiado previsible, no se justifica la conducta de los personajes principales, se echan en falta contrapuntos y falta una mirada capaz de trascender una suerte de voluntad documental trufada de afectada épica de barrio. Tanta acumulación de sentimiento trágico y determinismo fatalista termina por resultar postiza (un ejemplo es el altamente improbable personaje de Patri, que interpreta Alba Rodríguez).
Buenas interpretaciones y buen trabajo técnico en una película fallida, con una historia que podría haber sido interesante si se hubiese contado de otra manera. Juanjo Ballesta -premio al mejor actor en San Sebastián- tiene razón al manifestar su preocupación por el riesgo de encasillamiento: no es un riesgo, es una realidad.