Toledo, 1905. Un divertido cómico ambulante (Karra Elejalde) enseña a su hijo de siete años, Michi (Pablo Cabello), a ver la magia y el humor en cada rincón de la vida. Años después, en plena Guerra Civil española, Michi (José Mota) se ha convertido en un hombre amargado y violento, al que le ayuda recordar la visión positiva de su padre: “Cuando todo está perduto, ¡arriba tutto!”.
En su opera prima, José Mota se ha puesto el listón muy alto, porque imita los planteamientos narrativos y visuales de La vida es bella, de Roberto Benigni, y Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore. Y, además, nunca disimula sus constantes homenajes a los grandes de la comedia: Chaplin, Keaton, Lubitsch, Wilder, Berlanga… Y, por encima de todos, al Miguel de Cervantes del Don Quijote de la Mancha.
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Todo eso lo presenta con una generosa producción, una planificación variada y brillante, una esmerada fotografía del veterano Kiko de la Rica y una preciosa banda sonora de Alicia Morote (La estrella azul). Además, todas las interpretaciones mantienen un alto nivel, especialmente Karra Elejalde, los dos niños y el propio Mota, que alcanza la cumbre en su hilarante y emotiva reivindicación del humorismo en “italiano inventao”.
El problema es que para entrar en la película y disfrutarla, para reír a carcajadas y llorar a moco tendido, para asumir el realismo mágico y el humor en plena tragedia bélica, para seguir creyendo en la revolución de la buena gente, el arrepentimiento y el perdón, para aceptar que por amor alguien intente arrancar tres pelos al mismísimo diablo… José Mota nos exige que despertemos la mirada inocente, tierna e ilusionada del niño que todos llevamos dentro. Y eso es muy costoso, rodeados como estamos de individualismo insolidario, revanchismo guerracivilista, llamadas al odio, la crispación, la polarización, la intolerancia… Pero ésa es precisamente la exigencia que han puesto a sus oyentes, lectores y espectadores todos los grandes cómicos.
Jerónimo José Martín
@Jerojose2002