El nuevo feminismo de la juez Barrett

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Duración lectura: 3m.
Amy Coney Barrett

Los Barrett, con seis de sus hijos en la Casa Blanca (recortada). Foto: The White House

 

Amy Coney Barrett, nombrada por Donald Trump para ocupar la vacante en el Tribunal Supremo que dejó la juez Ruth Bader Ginsburg, ha recibido la confirmación del Senado. Frente a quienes creen que su postura contraria al aborto la convierte en enemiga de los derechos de las mujeres, Erika Bachiochi la presenta en Politico como “un nuevo icono feminista”.

Bachiochi, investigadora en el Ethics and Public Policy Center y en el Abigail Adams Institute, cree que la confirmación de Barrett “debería servir como catalizador para repensar el movimiento social más poderoso del último medio siglo: el feminismo”. En opinión de esta analista, que está terminando un libro sobre los derechos de las mujeres, el reemplazo de la fallecida Ginsburg por Barrett simboliza el cambio que está experimentando el movimiento feminista.

Bachiochi se suma a los elogios a Ginsburg por haber cuestionado el inveterado reparto de roles que asignaba a las mujeres el papel de cuidadoras, y a los hombres, el de proveedores. Sus victorias en la lucha contra la discriminación “abrieron una nueva era en la que tanto hombres como mujeres pueden participar de manera respetable y responsable en ambas vías de realización, según sus talentos y circunstancias personales”.

Pero Ginsburg también entendió que el derecho al aborto forma parte esencial de la causa por la igualdad. Y en esto se equivocó, objeta Bachiochi. Lejos de haber hecho a las mujeres iguales a los hombres, el aborto ha liberado a estos de las responsabilidades compartidas que acarrean las relaciones sexuales.

En cambio, “Barrett encarna un nuevo tipo de feminismo: uno que construye sobre el loable trabajo de Ginsburg contra la discriminación, pero que luego va más allá. Este feminismo no solo insiste en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, sino también en sus responsabilidades comunes, en particular en el ámbito de la vida familiar. En este nuevo feminismo, la igualdad sexual no consiste en imitar la capacidad de los hombres de alejarse de un embarazo imprevisto, a través del aborto”, sino en pedir a los hombres que se tomen en serio las consecuencias de sus acciones.

Barrett, casada y madre de siete hijos –dos de ellos adoptados y otro con necesidades especiales–, rompe esquemas a las feministas que asumen que tener una familia numerosa impide a una mujer desarrollarse profesionalmente. ¿Cómo lo ha conseguido ella? A las excepcionales cualidades de Barrett hay que sumar la generosidad de una tía de su marido, que les ayudó a cuidar de los niños; la flexibilidad de que gozó en sus distintos lugares de trabajo; y el compromiso de ella y su marido, también abogado, de repartirse el cuidado de los hijos del modo en que les convenía en cada etapa de su vida.

Lo contó la propia Barrett en un evento organizado el año pasado por la Universidad de Notre Dame, donde estudió la carrera y ejerció la docencia: “Estábamos abiertos a la posibilidad de que cualquiera de nosotros se quedara en casa en momentos distintos (…). Ahora, Jesse [su marido] está haciendo más del trabajo pesado, como cocinar y llevar a los niños al médico. Nos hemos repartido por temporadas”.

Esto es lo que, a juicio de Bachiochi, aporta el nuevo feminismo de Barrett: la responsabilidad compartida por el cuidado de los hijos. Algo en lo que, pese a llevar el aborto tantos años legalizado, se ha avanzado muy poco.

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