Bienvenidas las convicciones de Joe Biden, pero no las de Amy Coney Barrett

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Duración lectura: 5m. 9s.
Amy Coney Barrett

Amy Coney Barrett jura el cargo como juez del Tribunal de Apelaciones del Séptimo Distrito. CC: VWEAA

 

En estas elecciones presidenciales, el Partido Demócrata ha querido jugar la carta del voto religioso presentando a su candidato a la Casa Blanca, Joe Biden, como un católico devoto. Por eso, sorprende que la fe sea un problema cuando se trata de confirmar como magistrada del Tribunal Supremo a Amy Coney Barrett, católica como Biden. Todo apunta a que el problema está en otra parte.

Tal y como se esperaba, Donald Trump ha nombrado a Amy Coney Barrett para ocupar la vacante de la juez Ruth Bader Ginsburg, fallecida hace una semana. Casada y madre de siete hijos, dos de ellos adoptados, Barrett simboliza bien la lucha por la igualdad que impulsó la propia Ginsburg, de quien se ha alabado estos días su tenacidad para abrirse camino en la profesión legal mientras formaba una familia.

A sus 48 años, Barrett cuenta con una sólida carrera profesional. Se estrenó como asistente legal en un tribunal de apelaciones y luego en el Supremo, bajo la supervisión del carismático juez Antonin Scalia, quien le formó en la filosofía legal del originalismo. Posteriormente ejerció la abogacía unos años y después se dedicó a la enseñanza del Derecho. En 2017 fue nombrada por Trump como juez federal para un tribunal de apelaciones y confirmada por el Senado, tras un duro proceso en el que unos senadores demócratas trataron de descalificarla alegando que los creyentes no están capacitados para aplicar la ley con imparcialidad. 

¿Fiesta o distopía?

El prejuicio contra Barrett ha vuelto a la palestra mediática. En un artículo publicado en The Federalist, Elle Reynolds muestra con diversos ejemplos el doble rasero de algunos medios con la fe católica de Biden y la de Barrett: mientras que la del político izquierdista es celebrada y no supone un problema para acceder a un cargo público, la de la magistrada –de tendencia conservadora– levanta sospechas.

De Biden no preocupa que pueda imponer sus convicciones religiosas a otros si llega a la presidencia. Al revés, lo habitual en esos medios es festejar cómo la fe inspira su vida cotidiana, su visión del mundo y su manera de hacer política. Las noticias bajan a todo tipo de detalles, como que lleva un rosario en el bolsillo, que asiste a misa cada domingo o que su educación religiosa le ha servido para desarrollar un fuerte sentido de la justicia.

En el caso de Barret, en cambio, se impone el recelo. Newsweek, por ejemplo, informó que la comunidad carismática y ecuménica a la que pertenece la juez, People of Praise, había inspirado el distópico régimen imaginado por Margaret Atwood en El cuento de la criada. La noticia fue corregida posteriormente, para explicar que Atwood nunca mencionó ese grupo sino otro de nombre parecido. Pero Reuters siguió alimentando el cuento.

Prejuzgados por su fe

Es cierto que las informaciones favorables a la fe de Biden no suelen ocultar el hecho de que sus posiciones en una serie de asuntos –como el aborto, el concepto de matrimonio o la libertad religiosa y de conciencia– cada vez tienen menos que ver con las de la Iglesia (ver Aceprensa, 31-10-2012 y 11-03-2020). Pero entonces recurren a eufemismos como decir que su postura en esos temas es “complicada”. 

A Barrett, por el contrario, no se le perdona su claridad. En 2017, cuando compareció ante el Senado para su confirmación como juez de la Corte de Apelaciones del Séptimo Circuito, la senadora demócrata Dianne Feinstein se mostró implacable: “El dogma le sale por todos los poros”. Finalmente, Barrett fue confirmada para el puesto. 

Lo que se dirime en este caso es si todos los estadounidenses pueden acceder como iguales a un cargo público

La idea de que un creyente que aspira a un cargo público debe someterse a un escrutinio especial choca de frente con la neutralidad que promete el Estado liberal. Así lo hizo ver Tulsi Gabbard, representante demócrata por Hawái, a dos senadoras de su partido (una de ellas, la hoy aspirante a vicepresidenta Kamala Harris) que pretendieron descalificar por su fe a un juez propuesto para un tribunal federal, Brian Buescher.

Al igual que sus colegas del Senado, Gabbard, una de las candidatas que perdió contra Biden en las primarias demócratas, se opuso al nombramiento de Buescher. Pero también a que los motivos para descalificarlo fueran su fe y su pertenencia a los Caballeros de Colón, una organización católica. “No podemos tolerar un trato discriminatorio contra aquellos con quienes discrepamos, del mismo modo que no lo toleraríamos contra aquellos con quienes estamos de acuerdo”.

Un problema de igualdad

De todos modos, parece que la tirria a Barrett responde más a un prejuicio por sus convicciones morales que por su fe. A fin de cuentas, el Partido Demócrata no ha tenido inconveniente en jalear a los católicos pro-choice (algunos tan destacados como el propio Biden, Andrew Cuomo, Nancy Pelosi o Tim Kaine), mientras ha ninguneado a los demócratas provida (católicos o no). 

Y tampoco molesta la intervención de los obispos de EE.UU. cuando hablan a favor de cuestiones que coinciden con las causas demócratas, como el fin de la pena de muerte, la restricción de las armas de fuego, la acogida a los inmigrantes o una lucha más decidida contra el racismo. En todos estos casos, la fe siempre es bienvenida.

El proceso de confirmación de Barrett no debería enfocarse como un problema de separación entre la Iglesia y el Estado. Más bien, lo que se dirime es si todos los estadounidenses pueden acceder como iguales a un cargo público, o si el hecho de tener ciertas convicciones morales te descalifica para el cargo. Es una feliz coincidencia que la cuestión se plantee con motivo de la vacante de Ginsburg, icono de la lucha por la igualdad.

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