Ketanji Brown Jackson: la apuesta de Biden para el Supremo

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Duración lectura: 8m. 21s.
Ketanji Brown Jackson

Ketanji Brown Jackson. CC: H2rty

 

(Actualizado el 7-04-2022)

El proceso de confirmación de la magistrada Ketanji Brown Jackson, la candidata propuesta por Joe Biden para el Tribunal Supremo de Estados Unidos, ha vuelto a poner de manifiesto algunos de los principales temas de disputa entre republicanos y demócratas en estos momentos.

Jackson, casada y madre de dos hijos, conoce el sistema judicial desde distintos ángulos. Se formó como asistente de tres jueces, incluido el magistrado del Supremo Stephen Breyer, quien se jubila a los 83 años y cuya vacante cubrirá ella. Después trabajó en varios despachos de abogados y ejerció como abogada de oficio federal. Ha sido vicepresidenta de la Comisión de Sentencias, y ha ejercido nueve años como jueza federal en Washington DC: desde 2013, en el tribunal de distrito; y desde 2021, en el de apelaciones.

En un momento en que se discute si hay o no racismo sistémico en el país, los medios de diversas tendencias no han dejado de destacar que Jackson será la primera mujer negra en el Supremo. La votación en el pleno del Senado podría celebrarse esta semana y, previsiblemente, tendrá una mayoría similar a la que obtuvo en 2020 la candidata de Trump, Amy Coney Barrett, otra mujer que hizo historia (la primera madre de siete hijos en el alto tribunal). La diferencia es que a Barrett no la votó ningún senador demócrata, y a Jackson se espera que la apoyen tres republicanos. [*]

Dos tipos de escrutinio

Al igual que los últimos candidatos del Supremo, Jackson ha tenido que hacer frente a dos tipos de escrutinio. El primero, relativo a su filosofía judicial. ¿Interpretará la Constitución y sus enmiendas conforme al significado público que tenían las palabras en el momento en que fueron promulgadas, como propugna el originalismo? ¿O entenderá que los jueces del Supremo pueden adaptar esas normas al cambio social, sin necesidad de pasar antes por el Congreso, como quiere el constitucionalismo vivo? No son las únicas doctrinas posibles, pero sí las más extendidas.

El segundo escrutinio se refiere a su imparcialidad: en teoría, no se discute si Jackson tiene convicciones políticas, filosóficas, morales o religiosas –hay que suponer que sí, como todo el mundo–, sino si está capacitada para interpretar y aplicar la Constitución, sus enmiendas y las leyes federales al margen de sus preferencias personales.

La Constitución y otros factores

Actualmente, el originalismo es la posición que defiende el establishment judicial conservador, del que saca sus candidatos el presidente republicano. Y al revés: hay una sintonía clara entre el constitucionalismo vivo y la izquierda. Esto explica por qué las vacantes al Supremo no son ajenas a la política.

¿A qué doctrina judicial se apunta Jackson? No está claro. Suele decir que, más que una filosofía, ella tiene una “metodología”. Durante las audiencias de confirmación ante el Comité de Asuntos Judiciales del Senado, Jackson fue muy cauta con sus palabras, como es habitual en este tipo de procesos. Por un lado, se distanció del constitucionalismo vivo, si por tal se entiende –dijo– infundir a la Constitución los propios puntos de vista “o la perspectiva política del momento”. Por otro, defendió la necesidad de partir del “significado público original de las palabras” del texto constitucional, si bien entiende que el trabajo de interpretación no se detiene ahí. En el proceso de confirmación para un cargo anterior, dijo que también hay que atender a otros factores: los argumentos de las partes, los hechos del caso que tiene delante y la ley aplicable.

¿Hasta qué punto mostró su visión? Lo interesante es que la pregunta se la están haciendo también los medios de izquierdas, que son los que la apoyan. Jeffrey Toobin, responsable de la información judicial en CNN, afirma: “No está claro que la aceptación del lenguaje conservador por parte de Jackson sea algo más que retórica”. En Slate, Mark Joseph Stern, especializado en periodismo de tribunales en Washington DC, opina: “Creo que su retórica a favor del originalismo y el textualismo fue básicamente sincera, pero también astuta y calculada. (…) La verdad es que, hoy en día, todos los jueces se basan en el originalismo y el textualismo a veces; la cuestión es cuándo y cómo aplican estas teorías”.

Desde el punto de vista del equilibrio ideológico del tribunal, en esta ocasión había menos en juego

Prejuzgada por sus convicciones

¿Y qué hay de las coordenadas ideológicas de Jackson? Si a los candidatos conservadores se les suele examinar sobre su postura acerca del aborto, las relaciones Iglesia-Estado o la desregulación empresarial, a la candidata de Biden se le ha escrutado principalmente sobre tres asuntos que hoy están en la primera línea del debate público estadounidense: la teoría crítica de la raza (TCR), la noción de sexo biológico y la preocupación por la ley y el orden.

Durante estos días, medios conservadores como Fox News y The Federalist han llamado la atención sobre el hecho de que Jackson forma parte de la junta directiva de un colegio privado que promueve la TCR como herramienta para luchar contra el racismo y otras formas de discriminación. También le han reprochado que en una conferencia elogiara al Proyecto 1619, una iniciativa de memoria histórica del New York Times que difunde la idea de que la esclavitud y el racismo son pecados originales de la sociedad estadounidense de los que esta debe redimirse.

Preguntada sobre la TCR en el Senado, Jackson fue rotunda: “Nunca he estudiado la teoría crítica de la raza, y nunca la he usado. No aparece en mi trabajo como jueza”.

Más evasiva fue cuando le preguntaron si podía dar una definición de la palabra “mujer”. La candidata respondió: “No, no puedo. (…) No soy bióloga”.

La respuesta no ha convencido a quienes le echan en cara que no haya tenido inconveniente en recurrir a la palabra “mujer” en otros casos, como cuando defendió en las audiencias ante el Senado la necesidad de respetar los precedentes del Supremo en relación al “derecho a interrumpir el embarazo de una mujer” (Roe vs. Wade y Planned Parenthood vs. Casey).

Tanto los medios conservadores como los senadores republicanos pueden argumentar que tienen un interés legítimo en saber cómo aplicaría la ley la jueza Jackson en casos relacionados con estos asuntos. Pero, al final, han caído en el mismo error que en su día achacaron a los demócratas: prejuzgar a una candidata al Supremo por sus convicciones e insinuar que una persona con sus ideas no está capacitada para aplicar la ley con imparcialidad. La misma sospecha recayó sobre Barrett, a quien los senadores demócratas y los medios de izquierdas trataron de descalificar por su postura contraria al aborto.

Cuestión distinta es el intenso examen que llevaron a cabo los senadores republicanos sobre si Jackson había sido o no demasiado blanda con los delincuentes con sentencia condenatoria. Detectar un posible patrón en la aplicación de la ley penal sí parece un asunto para las audiencias de confirmación en el Senado. Pero también aquí habría que separar el debate sobre la rebaja de las penas y el de la capacidad de ser imparcial.

Menos en juego

Desde el punto de vista del equilibrio ideológico del tribunal, en esta ocasión había menos en juego. Jackson ocupará el asiento del juez Breyer, uno de los hasta ahora tres magistrados considerados “progresistas”.

A los otros seis magistrados del Supremo se les tiene por “conservadores”. Pero, a la hora de la verdad, esta distinción resulta artificial y puede dar sorpresas. Lo recuerda el profesor Rafael Navarro-Valls en su reciente libro De la Casa Blanca a la Santa Sede, con una cita del presidente Harry S. Truman, quien llegó a designar a cuatro jueces del alto tribunal: “Es imposible maniatar al Tribunal Supremo: yo lo he intentado y no lo he logrado”.

En cualquier caso, la de Jackson no es una vacante tan decisiva como sí lo fueron las tres que cubrieron los nominados por Trump:

— En 2020, Barrett sucedió a la “progresista” Ruth Bader Ginsburg, con 52 votos a favor y 48 en contra.

— En 2018, Brett Kavanaugh reemplazó, con 50 votos contra 48, al conocido como “juez péndulo” Anthony Kennedy en uno de los procesos de confirmación más turbulentos que se recuerdan.

— Y en 2017, Neil Gorsuch (54-45) cubrió el puesto de Antonin Scalia, un originalista de pura cepa. Los demócratas lo consideran un “asiento robado”, pues cuando falleció Scalia, nueve meses antes de las elecciones presidenciales de 2016, le tocaba a Barack Obama proponer un candidato. Pero los republicanos se negaron a abrir el proceso de confirmación, alegando que no procedía hacerlo en un año electoral. Entonces ganó Trump y, meses después, nominó a Gorsuch.

Con este contexto en mente, se entiende por qué ambos partidos están en modo combate. Aunque en el pasado también hubo procesos de confirmación muy reñidos –Robert Bork no pasó el corte; Clarence Thomas, por los pelos (52-48)–, la falta de consenso en torno a los últimos candidatos contrasta con el amplio apoyo bipartidista que obtuvieron los jueces que han ido dejando el tribunal estos años, por muerte o por jubilación: Scalia (98-0), Kennedy (97-0), Ginzburg (96-3), Breyer (87-9)…

__________________

[*] Actualizado el 7-04-2022:

Finalmente, la votación final en el pleno del Senado se ha celebrado el 7 de abril. Jackson ha sido confirmada como nueva jueza del Tribunal Supremo con 53 votos a favor y 47 en contra. Según lo esperado, la han apoyado los 50 senadores demócratas y tres republicanos: Susan Collins, Mitt Romney y Lisa Murkowski.

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