Vivir en la realidad: un posible antídoto frente al deterioro de la salud mental entre los jóvenes

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Vivir en la realidad: un posible antídoto frente al deterioro de la salud mental entre los jóvenes
antoniodiaz/Shutterstock

En la pandemia de covid-19, afloró un fuerte aumento de casos de depresión, conductas compulsivas, autolesiones y suicidios en adolescentes y jóvenes. Es común atribuirlo a las circunstancias difíciles en que se encuentran, como la soledad o las malas perspectivas laborales, y a las influencias que reciben, especialmente por las redes sociales. Pero también pesan ciertas actitudes vitales muy difundidas, y ahí puede haber claves para prevenir esos problemas, antes de que exijan tratamiento médico.

El pasado 26 de febrero, la red social Instagram anunció una nueva función de supervisión parental: los padres podrán recibir alertas cuando sus hijos adolescentes realicen búsquedas reiteradas relacionadas con suicidio o autolesión.

Esta noticia supone el reconocimiento implícito de un problema que muchos profesionales de la salud y de la orientación educativa llevamos alertando desde hace tiempo: el deterioro creciente de la salud mental entre jóvenes y adolescentes.

La cuestión no es solo cuánto tiempo pasan los jóvenes en redes sociales, sino qué tipo de relación con la realidad están aprendiendo. Si cada emoción incómoda puede silenciarse deslizando el dedo hacia el siguiente vídeo; si cada inseguridad se mide en “me gusta” o si cada tristeza se expone o se esconde según su rendimiento social, el aprendizaje de atravesar el malestar se debilita y todo se cifra en dosis de dopamina y bienestar.

Las plataformas digitales no son la única causa de este malestar, pero forman parte del ecosistema en el que hoy se construye la identidad. Las redes sociales suponen un entorno de exposición constante, comparación permanente y de supuesta gratificación inmediata que intensifica la fragilidad emocional propia de la adolescencia.

Ansiedad

Los casos de ansiedad, depresión y conductas autolesivas están en aumento, y las propias empresas tecnológicas comienzan a admitir que sus plataformas o dispositivos tienen parte de la culpa. Lo más preocupante es el repunte en la población joven. Los diagnósticos de ansiedad en adolescentes han crecido en poco tiempo y, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el suicidio continúa siendo la principal causa de muerte no natural en esta franja de edad. Las autolesiones, especialmente entre chicas, se han convertido en uno de los indicadores más preocupantes del malestar emocional juvenil.

Por otra parte, el consumo de ansiolíticos se ha disparado en los últimos años en países como Portugal, Islandia y España. Según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, supera ya las 110 dosis diarias por cada 1.000 habitantes, y España se mantiene en el primer puesto del ranking en consumo de benzodiacepinas.

Es necesario transmitir a los jóvenes que la tristeza no es un fallo del sistema, sino parte del proceso de crecer

Estos datos nos llevan a una reflexión pedagógica y social inmediata. La prevención en salud mental juvenil no puede limitarse a controles parentales o filtros de contenido, sino que debe abordar el aprendizaje de permanecer en la realidad sin escapar de ella o maquillarla, y valorar que el mensaje del rendimiento como eje fundamental del bienestar también va dejando su poso en los jóvenes.

Alegría no es lo mismo que bienestar

Vivimos en una cultura marcada por el cansancio, la prisa y la sobreexigencia, no solo por el trabajo o el exceso de estímulos, sino por una forma de existencia que exige estar siempre disponibles y emocionalmente bien. La alegría se confunde con bienestar, satisfacción o ausencia de problemas y se vuelve frágil e incapaz de sostener la vida cuando se vuelve exigente.

Por otra parte, las expectativas culturales sobre la felicidad generan a menudo una brecha entre lo que se promete y lo que es posible vivir, y la frustración aumenta. La promesa de alcanzar la felicidad está determinada por factores sociales y culturales. En este sentido, el sociólogo Eduardo Bericat, en su obra Excluidos de la felicidad (CIS, 2018), nos da luces al respecto y analiza cómo la promesa histórica de alcanzar la felicidad ha derivado en una preocupación por el bienestar material y emocional que no se cumple, ni por asomo, de manera equitativa en todos los grupos sociales.

El pensamiento de Han Kang, Nobel de Literatura 2024, y de Byung-Chul Han, Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, también se hace eco del problema. El filósofo Byung-Chul Han ha puesto en el foco su tesis sobre “la sociedad del cansancio”. Han hace una implacable radiografía de nuestra época y describe una sociedad en la que las personas ya no se sienten oprimidas desde fuera, sino empujadas desde dentro a rendir más, a poder con todo, a no detenerse. Por su parte, la novelista surcoreana Han Kang narra la fragilidad humana de manera poética y retrata a una sociedad incapaz de gestionar el dolor

Desde una perspectiva educativa y psicológica, esta lógica tiene consecuencias claras: fatiga crónica, dificultad para sostener la atención, sensación de fracaso permanente y una relación cada vez más instrumental con uno mismo.

Libertad interior

Es revelador observar cómo el lenguaje contemporáneo ha ido desplazando el concepto de alegría hasta sustituirlo por el de “bienestar” o “satisfacción”. Mientras que el bienestar remite a una condición un tanto estática y dependiente del consumo, la alegría posee una condición dinámica. Alegría (del latín alacer) significa animado, entusiasta, dispuesto e implica vivacidad y prontitud de ánimo. Remite a una actitud vital, que impulsa a vivir y a actuar, más que a un sentimiento agradable.

No es euforia ni optimismo superficial, sino una forma de afirmar que la vida merece ser vivida, incluso cuando no resulta fácil. La alegría auténtica no nace de evitar la dificultad, sino de asumirla con sentido. Es una forma de libertad interior que se aprende en lo ordinario: en la paciencia con la que se acompaña un proceso largo, en la atención a lo pequeño, en la fidelidad a una tarea difícil o en el cuidado de los vínculos.

La verdadera madurez no es evitar el malestar sino aprender a habitar una realidad imperfecta sin anestesiarla

La alegría también se encuentra en la creación, en el gesto de traer algo nuevo al mundo por pequeño que sea, pintar, escribir, inventar, u organizar una comida con cariño.

Como señaló Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido, incluso en las circunstancias más extremas, al ser humano no se le puede arrebatar la libertad interior, la capacidad de elegir la actitud con la que afronta sus circunstancias y encuentra sentido a la vida. La cultura del bienestar ha prometido felicidad a través del alivio inmediato del malestar. Sin embargo, cuando el bienestar se convierte en obligación, deja de aliviar y empieza a confundir.

Desde la psicología contemporánea, Martín Seligman (Florecer: una nueva comprensión del bienestar y la felicidad, Kairós, 2012) distingue entre placer, bienestar y vida con sentido, señalando que una vida orientada solo al confort emocional resulta frágil, mientras que el compromiso con lo que tiene significado –aunque exija esfuerzo– sostiene una alegría más estable.

Presión por sentirse bien

La presión por sentirse bien debilita la capacidad de soportar la frustración, el esfuerzo o la espera, experiencias inevitables en cualquier proceso de maduración. Desde una perspectiva educativa, esto tiene consecuencias profundas. Sin una experiencia “práctica” del fracaso, se debilita la capacidad de leer, de pensar por no mencionar la de enfrentarse a estudiar… La alegría aparece cuando nos entregamos a lo que hacemos con atención incluso cuando los resultados no son perfectos o no responden a nuestras expectativas.

Aquí, el concepto de felicidad enlaza con el concepto de madurez afectiva. En mi obra Lo que no te han contado sobre tu hijo y te gustaría saber (Palabra, 2023) insisto en la necesidad de educar en madurez afectiva ayudando a distinguir lo esencial de lo accesorio. Madurar afectivamente no significa aprender a evitar el malestar, sino integrar emoción, razón y acción de manera coherente para alcanzar la capacidad de no vivir a merced de estados emocionales ni de promesas externas de bienestar, sino de sostener la propia vida con un grado de introspección que hoy escasea.

En una época marcada por el cansancio emocional, la presión por sentirse bien y el récord en consumo de ansiolíticos, la alegría se ha vuelto un acto de resistencia

La tarea de los padres está en integrar hábitos que favorezcan la reflexión, la observación y la atención, como forma natural de “estar en el mundo”. El silencio, la lectura profunda o una buena conversación son verdaderos factores de protección frente al vacío y la soledad de nuestra agotada e hiperestimulada sociedad.

Fidelidad a la vida real

Hablar de alegría en una cultura exhausta puede parecer ingenuo o fuera de lugar, sin embargo, entendida como fidelidad a la vida real, se convierte en una forma silenciosa de resistencia. Es ese gesto discreto que nos sostiene cuando la vida decepciona o no responde a lo que esperamos y no promete comodidad sino una manera de aceptar y agradecer la realidad.

Reconocer lo recibido, cuidar lo que nos ha sido confiado y aceptar los propios límites son formas concretas de dar espacio a esta alegría real. Vivir así no supone negar el dolor, sino entender la vida que compartimos como un buen tejido, que es capaz de resistir el desgaste del tiempo.

Como recordaba G. K. Chesterton en Ortodoxia, la alegría no es el mero placer de la vida, sino la luz que permite verla como digna de ser vivida. No nace de una existencia sin fricciones, sino de la capacidad de asombro y gratitud ante lo real con sus límites.

Aunque la cultura del bienestar nos confunda con promesas vacías o restaurantes sin hueco para reservas, la verdadera alegría se cultiva ahí mismo, en la vida concreta que cada uno tiene delante.

No estamos ante una crisis puntual, sino ante un desgaste prolongado que afecta a adolescentes, jóvenes y adultos. En ese marco, debemos preguntarnos cómo devolver a la vida cotidiana un ritmo sostenible y amable, cómo valorar el deseo, el límite y la espera, y cómo reconstruir una experiencia de sentido que no dependa exclusivamente del rendimiento o del éxito visible.

La alegría autentica surgirá al asumir que nuestra vida —imperfecta, limitada, real— siempre merece la pena ser enfrentada desde la sencillez y la coherencia entre lo que somos y lo que hacemos.

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