Un grupo de adolescentes se reúne en una plaza. No hay balón, cronómetro ni árbitro. Se miran, hacen un gesto, adoptan una pose y alguien graba. Están compitiendo por algo que no se puede medir: el “aura”.
¿Y qué es el aura? Es como el “brillo” que emana de alguien –y que todos los demás reconocen al instante– al realizar algo con competencia y autoridad; algo habitualmente bastante mundano, pero que evidencia que esa persona “sabe manejarse”, que no es un “pringao”. Podría equipararse al carisma.
En las llamadas batallas de aura farming (acumular aura), varios chavales se enfrentan para demostrar quién tiene más aura: quién resulta más espectacular, quién ejecuta mejor un gesto, quién consigue imponerse con una pose, un movimiento o una referencia que los demás reconocen al instante. Se graban, se retan y, sobre todo, acumulan puntos imaginarios de carisma.
Las reglas y el ganador solo están claros para quienes comparten las mismas referencias. Por ejemplo, hacer más rápido el gesto asociado al “six-seven” puede sumar aura. No hace falta que tenga un significado concreto ni que nadie sepa explicar por qué: basta con que los demás lo reconozcan.
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El origen exacto del “six-seven” no está claro. Una de las imágenes que ayudó a popularizarlo fue la de Rayyan Arkan Dikha, un niño indonesio que se hizo viral por sus movimientos sobre una embarcación. Su vídeo encajaba a la perfección con la lógica del aura farming: una acción convertida en demostración de presencia, estilo y reconocimiento.
La periodista argentina Angy Herrera apunta, por su parte, a que la genealogía del gesto podría estar en Solo Leveling, el anime protagonizado por un personaje inicialmente considerado un fracasado que sorprende a los demás con una evolución constante hasta convertirse en alguien poderoso. Sea cual sea el origen exacto, lo cierto es que la expresión ha terminado desbordando sus referencias iniciales.
Vocabulario cambiante
Muchos de quienes participan hoy en estas batallas no saben de dónde viene cada gesto, y tampoco necesitan saberlo. En la cultura digital se puede consumir primero la referencia y descubrir después –o nunca– la historia que hay detrás.
En las “batallas de aura” lo importante no es el significado literal de cada gesto, sino mostrar que se conoce el código
El resultado es un vocabulario que se transforma a una velocidad difícil de seguir para quien no participa habitualmente en esta cultura. Alguien puede haber “farmeado aura”, tener “+1000 de aura” o, por el contrario, “haber perdido toda el aura”. Se puede ser cringe, NPC, delulu o main character. También se puede decir a alguien “eres un meme”. Muchas de estas palabras mezclan referencias procedentes de videojuegos, memes, anime y redes sociales, hasta crear un idioma híbrido que cambia casi al mismo ritmo que los contenidos que lo alimentan.
Lo importante no es el significado literal, sino mostrar que conoces el código. Quien entiende la referencia pertenece al mismo universo simbólico; quien no la entiende queda fuera.
Y ese universo se retroalimenta constantemente. Las batallas para farmear aura generan vídeos; los vídeos hacen reconocibles determinados gestos; esos gestos pasan a otros vídeos y terminan regresando al mundo físico. La exposición en redes convierte una acción realizada en la calle en contenido digital y, al mismo tiempo, el contenido digital proporciona los códigos que después se reproducen en la calle.
Quizá por eso estas batallas resultan difíciles de interpretar desde fuera. Un adulto puede observar a varios jóvenes realizando movimientos extraños y preguntarse qué están haciendo exactamente. Pero para quienes comparten esos códigos, no es necesario explicarlo.
Búsqueda de reconocimiento
En el fondo, farmear aura describe algo bastante antiguo con palabras nuevas: la búsqueda de reconocimiento y de estatus dentro de un grupo. Lo novedoso es que ahora buena parte de los símbolos con los que se construye esa posición proceden de un mundo virtual. El escenario puede ser una plaza, un colegio o una calle; las referencias, sin embargo, vienen de TikTok, los videojuegos, los memes o el anime.
La frontera entre ambos mundos se hace cada vez más fina. Los jóvenes no saltan de internet a la vida “analógica” como si atravesaran dos realidades completamente separadas. Llevan consigo sus personajes, sus memes, sus gestos y su vocabulario. Y, al llevarlos al mundo físico, convierten la cultura de la pantalla en una forma de comportamiento social.
Eso sí, una forma de comportamiento social que imita la lógica de las redes sociales. No se tiene aura sin que los demás la reconozcan. Puede que las batallas de aura hayan salido del mundo virtual para encarnarse en el físico, pero continúan la dinámica de las redes de presentarse (o representarse) para los demás como un personaje y de someter el propio valor a la mirada ajena.
3 Comentarios
Resulta difícil equilibrar o armonizar en la vida personal las exigencias del ser, que tiene identidad y valor personal propio inalienable de raíces metafísicas, con el constitutivo aspecto relacional de ese ser que precisa reconocimiento y relación con otros “iguales” para su completa configuración. No es propio del ser humano el aislarse por el convencimiento de que teniendo valor por sí, no necesita de los otros. Sin embargo, esa relación en pura horizontalidad es causa de muchas frustraciones y fracasos. Quizás no quepa otro camino para tratar de evitar esas faltas de sintonía entre iguales, que aprender a mirarse primero uno a sí mismo y así descubrir que solo nos reconocemos si volvemos nuestra mirada hacia arriba. Solo después podremos volver a bajarla para mirar limpiamente más allá de nosotros.
Se agradece el ponernos al día de estas situaciones, que aunque se antojen desalentadoras, no dejan de ser actualizaciones particulares de lo mismo a lo largo de la historia. El ser humano quiere sentirse valorado y como tiene una vertiente social, lo hace buscando la reafirmación en el grupo frente a los demás. Sea la tribu, el adolescente trans con foro en Internet de apoyo o estas manifestaciones aún más contemporaneas. El yo frente a los otros, pero apoyado, qué remedio, en el nosotros.
Frente a esto está el universaliismo de la persona, dónde cada persona es individual y única, nunca un mero peón sacrificable por una estrategia colectiva, pero su valor está en el hecho de ser persona y por lo tanto ni más ni menos que el resto de personas e independiente de su pertenencia a grupo identitario. Las comunidades a distintos niveles no están para dar una identidad que reafirme y dé valor frente a otros grupos, eso valor ya lo tenemos maximizado de serie y no necesito ser más ni distinguirme por pertencia para tener valor, sino un marco de protección y desarrollo, dónde se tiene tambien una responsabilidad y un sentido.
Esto forma parte de la perspectiva cristiana, compartida con visiones de otras religiones e incluso no creyentes, pero que se fundamenta especialmente bien en la creencia cristiana. La fraternidad basada en la filiación divina, con cada alma pensada y querida, como hijo individual deseado por Dios, es mucho más poderosa y consistente que la semejanza o la basada en la especie humana y nuestra “peculiaridad” de cuidar a los débiles que permite cohesionar frente a especies dónde solo prima la supervivencia o primacia sexual del individuo.
Muy interesante, sobre todo para alguien como yo, de más de 50 y sin hijos. Me parece necesario incidir en la etapa de la adolescencia en lograr independencia de estas cosas que, de formas distintas, siempre han existido, como dice doña Alicia. Una familia cohesionada, que se extiende más allá de padres y hermanos, y un colegio que enseña el valor de la identidad cristiana, son necesarios para que el niño logre una identidad que no dependa tanto de las “auras” y el posicionamiento virtual. El peligro vuelve en forma de espiritualismo sectario.