Jóvenes en desventaja, pero no vulnerables

jóvenes en desventaja, pero no vulnerables

El panorama no pinta bien para los jóvenes golpeados ya por dos crisis en su breve vida laboral: la de 2008 y la del coronavirus. Se entiende que preocupe su situación, pero sería un error seguir hablando de ellos como si fueran incapaces de valerse por sí mismos o de sacar a otros de apuros.

Según un reciente informe del Banco de España, los jóvenes universitarios que se han ido incorporando en este siglo al mercado laboral tienen salarios medios más bajos que sus padres a la misma edad, tendencia que ha agravado la crisis financiera de 2008. La Gran Recesión también ha reducido las posibilidades de empleo de los jóvenes menos cualificados y ha traído condiciones laborales más precarias (crece la parcialidad involuntaria, la temporalidad es más corta…).

La nueva crisis del coronavirus ha empeorado las cosas. La Resolution Foundation, un think tank británico dedicado a la mejora del bienestar de las personas con ingresos modestos, teme que los jóvenes con menos formación salgan peor parados. El motivo es que la pandemia ha hecho estragos en aquellos sectores en los que, durante la última década, uno de cada tres no graduados y uno de cada cinco graduados encontraron su primer empleo: comercio minorista, hostelería, turismo, ocio…

El resultado es más incertidumbre. Will Tanner lo resume así en UnHerd: “Las cosas que las generaciones anteriores daban por sentadas –un hogar, un trabajo seguro, la capacidad de asentarse y formar una familia– son más difíciles de alcanzar y se encuentran más tarde, si es que se encuentran”.

Algo más que receptores de ayuda

Es cierto, como dice Tanner, que los trabajadores jóvenes son más “vulnerables” que los de más experiencia, en la medida en que la falta de antigüedad hace que sus despidos salgan más baratos. Pero quizá insiste demasiado en presentarlos como meros receptores de ayuda. Que vayan a ser golpeados no significa que estén a merced de un destino que escapa de su control.

Es la misma imagen que transmiten las noticias que hablan de jóvenes “vulnerables a la depresión por el coronavirus”; decaídos, ansiosos, sin esperanzas ni interés por nada; sin fuerzas para llevar “una vida autónoma”

El retrato que emerge de esas informaciones contrasta con el de las noticias sobre jóvenes que hacen la compra a sus vecinos mayores o dan clases particulares durante el confinamiento; que participan en voluntariados de parroquias, ONG o bancos de alimentos; que se van a trabajar al campo con el título de doctor en Físicas recién sacado, a la espera de otro empleo más acorde con su cualificación…

Frente a los discursos que piden al Estado que descienda en ayuda de los jóvenes, varios comentaristas han preferido destacar el empuje de quienes se han lanzado en esta crisis a asistir a otros que lo necesitaban más. Y recuerdan que el deseable apoyo a los jóvenes en condiciones precarias no es incompatible con pedirles que arrimen el hombro.

En el New York Times, Collin O’Mara pone de ejemplo el Cuerpo Civil de Conservación, creado en 1933 por el presidente Franklin Roosevelt para sumar a jóvenes desempleados a la reconstrucción de Estados Unidos tras la Gran Depresión. Este ejército de trabajadores ayudó –a cambio de un estipendio, comida, ropa y refugio– a plantar millones de árboles por todo el país, construir cientos de parques naturales, senderos, áreas recreativas, etc. Y, de paso, “forjó la gran generación que habría de derrotar al fascismo y levantar la economía más potente del mundo”.

El deseable apoyo a los jóvenes en condiciones precarias no es incompatible con pedirles que arrimen el hombro

En los nueve años que el programa estuvo en vigor, participaron 3,4 millones de jóvenes que se negaron a ser recordados como la “generación perdida”, expresión que los medios han recuperado estos días. Ahora que casi 7,7 millones de trabajadores menores de 30 años están desempleados –plantea O’Mara–, ¿por qué no repetir la experiencia?

En primera línea del frente

Precisamente hace unos días, el gobierno italiano anunció su intención de reclutar a 60.000 “asistentes cívicos” de entre quienes cobran –jóvenes o no– la “renta de ciudadanía”, un subsidio de desempleo ideado por el Movimiento 5 Estrellas. El cometido de esta nueva fuerza laboral es mucho más impopular que la de Roosevelt: aquí no se trata de dejar un país más verde a las generaciones futuras, sino de vigilar –mediante denuncias, incluso– que sus conciudadanos cumplan el distanciamiento físico para evitar un repunte del coronavirus. Tampoco habrá una remuneración distinta de la propia cuantía de la prestación. Y no parece que, una vez llamado a filas, se pueda renunciar. Así configurada, no es extraño que la medida haya generado polémica.

Un criterio interesante para acertar con un plan de reconstrucción postcoronavirus es el que ofrece David Brooks, quien aconseja centrarse en conectar la oferta de jóvenes dispuestos a ayudar con la demanda de trabajo creada por la pandemia (rastrear contagiados, desinfectar lugares públicos, llevar comida a personas necesitadas, acompañar a ancianos, dar clases particulares de refuerzo…). Ciertamente, las necesidades que enumera Brooks son más significativas que la de convertir a ciudadanos de a pie en guardianes del distanciamiento.

A modo de ejemplo, Brooks elogia un proyecto de ley que pretende aumentar la dotación económica del programa de servicio nacional AmeriCorps. Lo que, entre otras cosas, permitiría aumentar la cuantía de las becas y de los sueldos de quienes participan en actividades de ayuda a la comunidad. Para el columnista del New York Times esta es una respuesta a la pandemia que se adapta a la perfección al modo de ser de los estadounidenses, más dados a la acción cívica de base local, voluntaria y descentralizada.

En vez de asistencialismo con los jóvenes, Brooks aboga por invitarles a la primera línea de la reconstrucción. “¿Qué supondría para la futura cohesión social de este país si buena parte de la nueva generación tuviera una experiencia común de sacrificio compartido? (…) Por otro lado, ¿ha prosperado alguna nación que no haya fomentado en cada nueva generación los hábitos de trabajo, el gusto por la aventura, el sentido del deber y la llamada a ser útiles a los vecinos y al mundo?”.

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