Los recortes como cura de adelgazamiento

Los resultados del PISA en los países de renta alta indican que importa más cómo se gasta que cuánto se gasta

Las protestas contra “los recortes” han sacado a la calle a mucha gente espoleada por los sindicatos. Cualquiera comprende que si los ingresos fiscales se reducen y no es posible aumentar la deuda para no sucumbir más ante “la tiranía de los mercados”, el gasto público tiene que bajar. Pero mientras la manta encoge, cada uno tira por su lado para seguir tan cubierto como antes. ¿Recortar? En todo caso, el presupuesto de Defensa, que sirve de colchón en estas ocasiones y nosotros estamos por la paz. Pero sanidad y educación (pública, claro), eso ni se toca, son conquistas de nuestro Estado del Bienestar, aunque ahora descubrimos que la gratuidad es muy cara.

A los trabajadores públicos que se han agarrado a la pancarta de la lucha contra los recortes, habría que animarles, en primer lugar, a que defendieran sus intereses laborales a cara descubierta, sin escudarse tras la defensa de los derechos a la salud o a la educación. Porque lo que están defendiendo, en primer lugar, es su propia situación laboral. Los trabajadores del sector público están empezando a sufrir lo mismo que han experimentado los del sector privado: congelación o baja de salarios, supresión de primas, posibilidad de perder el empleo (los no funcionarios)… Pero los trabajadores del sector del automóvil que sufren un ERE no protestan invocando el “derecho a la movilidad” de los ciudadanos.

En el sector público, se identifica fácilmente la pérdida de ventajas laborales con un menoscabo del servicio. Pero no tiene por qué ser así: si un profesor tiene que dar dos horas más de clase a la semana por el mismo sueldo, no por eso tiene que darlas peor, sobre todo si está tan comprometido como parece con el valor de la enseñanza; si el horario semanal de un funcionario pasa de 35 a 37,5 horas, se le está pidiendo que haga lo que es normal en el sector privado, y quizá tenga más tiempo para atender al público.

La inevitable necesidad de rebajar el gasto sanitario obliga a plantearse cómo erradicar el despilfarro

Y lo que ya entiende menos el ciudadano es que el funcionario proteste por un plan para reducir el absentismo laboral invocando la defensa del servicio público.

Aparte de llamar a los intereses por su nombre, el inevitable recorte del gasto público es la oportunidad para plantearse cómo gastar mejor. Porque en cuanto se rasca un poco en el empleo del gasto público se descubren partidas cuyo recorte sería un buen servicio, aun en tiempos de bonanza. Y no se trata solo de aeropuertos sin viajeros, de universidades de escasos alumnos, de museos sin nada valioso que exhibir. También en sanidad y educación se puede gastar mejor.

Sólo con dinero no se compra en PISA
Sin ir más lejos, ahora que el informe PISA se ha convertido en el “cuadro de honor” educativo de los países, la organización acaba de publicar un Pisa in Focus, que se pregunta: “¿El dinero sirve para comprar buenos resultados en el PISA?” Su respuesta es que “una mayor riqueza nacional o un mayor gasto en educación no garantiza mejores resultados de los alumnos” (medidos aquí en comprensión lectora).

Hay matices. Hasta cierto punto, a mayor riqueza, mejores resultados. No es extraño que los alumnos de Singapur salgan mejor parados que los de Azerbaiyán o Perú. Pero, por encima del umbral de 20.000 dólares de renta per cápita, la riqueza nacional no garantiza mejores resultados.

Y el gasto por alumno que hacen esos países –la suma acumulada del gasto en educación de un alumno desde los 6 a los 15 años– , a partir de un umbral de 35.000 dólares por alumno, no tiene correlación con los resultados. Por ejemplo, EE.UU. o Noruega, que gastan más de 100.000 dólares acumulados en esos años de escolarización, muestran resultados análogos a los de países que gastan menos de la mitad por estudiante, como Hungría o Polonia. España gasta más que Finlandia, pero el nivel de compresión lectora de los alumnos españoles es de 481 frente a 536 de los fineses (sobre 600).

En el sector público, se identifica fácilmente la pérdida de ventajas laborales con un menoscabo del servicio

Según este análisis, “los resultados del PISA en esos países [de renta alta] sugieren que importa más cómo se gasta que cuánto se gasta”.

Este análisis concluye también que los países que destacan más en el PISA son aquellos que invierten más en sus profesores, es decir, que logran atraer a los buenos estudiantes hacia la profesión docente con buenos salarios y un reconocido estatus social. En este sentido, la formación de los profesores es más decisiva que el número de alumnos por aula para que estos aprendan más.

La defensa de los salarios de los profesores encuentra así su sentido. Pero tampoco hay que olvidar que los profesores de la enseñanza pública española ganan más que la media de la OCDE, más que la media de la Unión Europea y más que los finlandeses (datos de 2009, en Education at a Glance 2011).

Estos y otros datos que podrían aducirse, indican que tiene poco sentido protestar por los recortes en general, cuando lo que hay que plantearse es en qué debemos centrar los esfuerzos para aprovechar mejor los recursos disponibles, qué debe enseñarse, qué funciona y qué ha fracasado también en los años de financiación asegurada.

Insostenible deuda sanitaria
Los recortes en Sanidad tocan una fibra particularmente sensible. Parece como si nos estuvieran recortando años de vida. La realidad es que tampoco aquí hay una relación inmediata entre gasto sanitario y salud en los países con gasto elevado. EE.UU. es el país de la OCDE con mayor gasto sanitario (público y privado) en proporción al PIB (17,4%); pero su esperanza de vida es de 77,9 años, por debajo de la media de la OCDE, que con un 9,5% de gasto sanitario alcanza una esperanza de vida de 79,3 años. España, con un gasto sanitario del 9% del PIB, tiene una esperanza de vida de 81,2 años, la misma que Francia, que gasta el 11,2%. Sin duda, hay otros factores (desde los hábitos de vida a la alimentación o la organización sanitaria) que influyen en esas diferencias.

Lo que tienen más en común los países de la OCDE es que el gasto sanitario está aumentando más aprisa que el crecimiento económico (y no digamos cuando no hay crecimiento económico). Según OCDE Health Data 2010, el gasto sanitario por habitante ha crecido en la zona OCDE a una media del 4% anual en el periodo 1998-2008, y el gasto público en sanidad todavía más (4,8% en 2008).

En España el crecimiento del gasto sanitario en esa década fue del 4,4% anual. En la sanidad pública esto ha provocado un déficit que los expertos cifran ya en unos 11.000 millones de euros. Creer que la sanidad pública puede seguir indefinidamente así, es adoptar la postura del enfermo que no quiere ir al médico para no llevarse un disgusto.

El disgusto ya se ha dado a quien es más fácil: se rebaja el sueldo al personal sanitario en un 5%, como a los demás empleados públicos, y se retrasa el pago a los laboratorios y farmacias (lo cual no deja de ser un déficit encubierto).

Recortes para salir ganando
Más difícil es meter la tijera en gastos sanitarios inútiles. Esta misma semana era noticia un informe financiado por la Agencia de Calidad del Sistema Nacional de Salud y otros, sobre el gasto en técnicas de rehabilitación para dolores de cuello, hombro y espalda en Canarias. La conclusión es que entre 2007 y 2010 se derrocharon por lo menos 3 millones de euros en tratamientos inútiles. Y no hay que suponer que Canarias sea un caso excepcional.

También se ganaría mucho si se recortara el gasto farmacéutico, que supone el 20,5% del gasto sanitario total, uno de los porcentajes más altos de la OCDE. Algo se ha hecho con el mayor uso de los genéricos y la rebaja de su precio. Pero aun así los genéricos solo representaban en 2010 el 9% de factura farmacéutica frente al 30% de países como el Reino Unido.

La adecuada utilización de la tecnología sanitaria sería otra fuente de ahorro, a juicio de todos los expertos. Pues, si cuando se trata de nuevos fármacos se exigen ensayos que demuestren su eficacia, en las tecnologías sanitarias no sucede lo mismo.

Los profesionales sanitarios advierten también que evitar las visitas innecesarias a urgencias contribuiría igualmente a reducir el gasto, un medio de ahorro que depende de los usuarios.

Todas estos capítulos indican que hay margen para reducir el gasto sanitario sin poner en peligro la salud de nadie. Pero, desde luego, es más difícil abordarlos que salir a la calle con una pancarta o dejar de pagar a las farmacias.

Los recortes actuales en educación o sanidad no son obra de un maléfico genio neoliberal que quiere hundir las bases del Estado del Bienestar. Son la consecuencia de no haberse atrevido antes a afrontar realidades incómodas. Pero en esta coyuntura ya no puede haber excusas para preguntarse cómo gastar mejor, en vez de gastar más.

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