Un ameno recorrido por el exuberante mundo judío de Europa central y oriental a finales del siglo XIX, con sus costumbres, su organización social en “cortes” regidas por rabinos y escribas, sus abundantísimas supersticiones… Tal es la invitación que nos hace Israel Yehoshua Singer en Yoshe Kalb, el pecador, una historia de desamores, juicios disparatados y alguna tragedia, en la que no faltan el fino humor y la ironía.
El autor –en cuyo catálogo sobresalen Los hermanos Ashkenazi y De un mundo que ya no está– coloca en el centro del argumento al joven Nájum, hijo de rabino. Apenas un adolescente, Nájum, estudioso de los textos místicos judíos, se ve obligado a cumplir la voluntad de terceros de contraer matrimonio con una chica a la que no ama.
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Singer perfila con maestría el personaje del ensimismado chico; de la apocada Sórele, su desafortunada esposa; de reb Melej, su incontinente y poderoso suegro; de la apasionada Málkele… En cambio, retrata descarnadamente, como a una especie de masa informe sin demasiado raciocinio, a las figuras que rodean a los protagonistas: los jóvenes estudiantes de las yeshivás, los mendigos que se agolpan cerca de las sinagogas o de las ferias, la soldadesca del káiser…
Hay además una excepcional descripción de los ambientes naturales y sociales en que se desarrolla la trama –en la región de Galitzia–. Singer enumera prolijamente, pero no aturde con su “barroquismo”, pues la fuerza de la historia hace casi imposible perder el hilo. Nada sobra, nada falta, en un relato que, por manifestar tan vivamente lo “real maravilloso”, bien puede enlazar con el universo narrativo de las posteriores El reino de este mundo, de Carpentier, y Cien años de soledad, de García Márquez.
Sobre la presente novela, escrita originalmente en yiddish y publicada en 1932, recordaba Adam Kirsch hace unos años en The New Yorker que resultó ser “el mayor éxito de su carrera”, y que su rápida adaptación a las tablas fue muy aplaudida y le abrió camino al autor al otro lado del océano. “Para cuando Singer emigró a Nueva York en 1934 con su esposa e hijo (…) ya era una celebridad local”, dice.
El crítico valida el criterio de Irving Howe, quien compara al autor con un grande de la narrativa europea como Thomas Mann, toda vez que concibe la sociedad como “un organismo complejo con vida propia, un destino que supera, y a veces anula, la voluntad de sus miembros individuales”.