Una comedia ligera

Seix Barral. Barcelona (1996). 383 págs. 2.500 ptas.

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Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), quizá el narrador más sólido de la novela española actual, concluye con esta obra el ciclo sobre su ciudad natal que inició en La verdad sobre el caso Savolta (1975) y continuó en La ciudad de los prodigios (1986). En las tres novelas Mendoza combina con singular maestría el contexto histórico y costumbrista con un argumento donde la intriga policial ocupa un importante lugar. Una comedia ligera, situada en 1948, refleja sobre todo el mundo del teatro y de la burguesía catalana, aunque también describe esporádicamente ambientes marginales de Barcelona.

La novela confirma la facilidad de Mendoza para recrear ambientes, lenguajes y episodios costumbristas, aunque en ocasiones se deje llevar por el tópico, y algunos personajes aparezcan apergaminados, sin vida, utilizados por el autor para encarnar una serie de estereotipos: es el caso, por ejemplo, de la descripción del encuentro que el protagonista mantiene con un jesuita -donde se manipula y exagera la retórica religiosa- y también de algunos rasgos paródicos de un jerarca franquista.

Carlos Prullàs es un exitoso autor de vodeviles cómicos para el entretenimiento de la burguesía. Lleva una vida acomodada gracias a los ingresos de sus obras de teatro y a las rentas de la fortuna de su mujer, hija de un empresario catalán. En el verano de 1948, mientras su mujer y sus hijos veranean en la playa, Prullàs asiste a los ensayos de su última comedia y se dedica a fomentar escarceos amorosos, que le acabarán complicando la existencia. De pronto, su propia vida se convierte en un argumento de sus comedias: se ve envuelto en un crimen donde aparece como único sospechoso, y sus frívolas relaciones amorosas ponen en peligro su respetabilidad.

Una comedia ligera demuestra con creces las habilidades narrativas de Eduardo Mendoza, un realismo distante traspasado por un ingenioso sentido del humor. Sin embargo, a medida que la intriga policial se apodera del argumento, y el autor deja en segundo término la descripción de aquellos años, la novela decae, aunque vuelve a levantar el vuelo con un final que sirve como imagen de toda una generación. Para Prullàs, el verano de 1948 será el último verano de su juventud, un verano que sepulta sus escarceos artísticos y le lleva a adoptar una escala de valores incompatibles con la vida bohemia y libertina.