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Un debut en la vida

TÍTULO ORIGINALA Start in Life

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNBarcelona (2018)

Nº PÁGINAS232 págs.

PRECIO PAPEL18,95 €

PRECIO DIGITAL9,99 €

GÉNERO

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Anita Brookner (1928-2016) publicó su primera novela, precisamente Un debut en la vida, en 1981. Luego siguieron otras veintitrés, algunas de ellas traducidas al castellano: Una historia de familia, Encuentro en la Rue Laugier, Hotel de Luc (Booker Prize 1984). Su literatura está muy influida por su propia experiencia vital. Tuvo una infancia solitaria. Se doctoró en Historia del Arte y se especializó en artistas franceses de los siglos XVIII y XIX. Llevó una vida intelectual, volcada en sus estudios de arte y en la literatura. Su padre era polaco exiliado y su madre, una cantante norteamericana. Los dos eran judíos no practicantes y Anita Brookner no tuvo creencias religiosas.

Sus novelas están pobladas de personajes femeninos con los que comparte muchos sentimientos y un mismo estilo de vida. Como escribió su amigo el escritor Julian Barnes en un texto que publicó pocos días después del fallecimiento de la autora, “sus novelas siempre tratan de mujeres solteras y solitarias que al parecer no hacen nada más que devolver libros a la biblioteca, ir a salones de té y reflexionar sobre la vida que no han vivido”. Aunque parece un poco despectiva esta opinión, Brookner, con esos mimbres, dotó a sus novelas de inteligencia, penetración psicológica y un irónico y desencantado análisis sociológico de la vida real.

“A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida”. Así comienza esta novela, en la que, a partir de ese momento, la protagonista, que se ha dedicado a investigar sobre los personajes femeninos en la literatura de Balzac, recuerda su vida. Su madre era actriz de teatro y su padre tenía una librería de libros raros en Londres. Ruth Weiss creció con la compañía de su abuela, alemana que se afincó en Londres durante la Segunda Guerra Mundial.

Aunque divertidos y cariñosos, sus padres vivían despreocupadamente, con una acusada inmadurez. Ruth era una buena estudiante y muy aficionada a la lectura; tenía muy pocos amigos y llevaba una vida solitaria, más aún cuando se trasladó a París un año con una beca. Necesitaba separarse de sus padres para ganar en independencia, pero la cada vez más tirante y caótica situación familiar flotaba siempre como una pesada sombra en su futuro.

Sorprende la minimalista atmósfera emocional de Ruth, que vive como prisionera de los acontecimientos y de las personas, con poca autonomía personal, que encarna un estilo de vida monótono y a ras de suelo, sin apenas inquietudes existenciales y que ha depositado en la literatura la clave de su vida. A veces, sin embargo, ese orden se tambalea, como cuando se dice en la novela: “Apartó el libro, como si ya no le sirviera de nada. La realidad acababa de asaltarla con toda su fuerza vengadora”. Su anemia sentimental provoca desajustes en sus relaciones. Este mundo un tanto lánguido y gris es perfectamente retratado por la autora, que también cultivó la soledad.