Tu rostro mañana 2. Baile y sueño

Alfaguara. Madrid (2004). 410 págs. 20 €.

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Santiago Deza, el protagonista de “Fiebre y lanza” (servicio 152/02), sigue en Londres integrado en un singular grupo de expertos, con un don de presciencia que les permite interpretar a personas, traducir sus vidas, anticipar su actuación futura. Cada individuo lleva sus probabilidades en sus venas y sólo es cuestión “de tiempo, de tentaciones y de circunstancias que por fin las conduzcan a su cumplimiento”.

Hasta aquí lo que ya se conocía en el primer volumen. Ahora se cuentan dos hechos: Jaime recibe la visita de una compañera del grupo que le pide que no se perjudique a una persona que será “evaluada” en pocos días; Jaime acompaña a Tupra, jefe del grupo, a una cena con un matrimonio. La irrupción en esa cena de De la Garza, un miembro de la embajada española en Londres, a quien ya conocíamos (y detestábamos) no será bien recibida.

No parece mucho para 400 páginas, menos cuando no llegamos a conocer el motivo ni el sujeto de la primera petición, ni tampoco quién es el italiano, ni de qué se trató en la cena, ni qué originó el susto (¿excesivo?) que mereció De la Garza. Esta explicación puede resultar desanimante en lo que se refiere a sustancia narrativa, pero en Marías domina siempre el discurso, su acción es la del pensamiento, su narración es modernista, lenta, especulativa, espesa. Los personajes se mezclan y se invocan y convocan de unas novelas a otras, como lo hacen los hechos y los recuerdos, lo contado y lo sucedido; el pensamiento va fluyendo de la palabra y un diálogo de tres réplicas se narra en seis páginas porque se cruzan un recuerdo, una disquisición o el análisis de un gesto. Si debemos o no pedir o hacer favores o cómo nos afecta lo que nos es contado son el tipo de cuestiones en las que se enreda Marías-Deza, fiel siempre a su combate particular y apasionado contra la violencia (hay dos tremendos episodios narrados de modo nada intelectual), la delación, el miedo o, esta vez, la antinatural lucha contra el envejecimiento del cuerpo.

Su estilo sigue afilado y a punto, maestro en las posibilidades expresivas de la puntuación, del párrafo largo, de la cadena de adjetivos que apuran una descripción (su característico empleo de la conjunción “o” enlazando sinónimos). Prosa meándrica y culta, llena de frases encabalgadas. Esta vez no es siempre así y puede deberse a la propia naturaleza contaminante de lo narrado. De la Garza es un personaje de una memez inaguantable. En “Fiebre y lanza” aparecía de modo piadosamente breve en una fiesta y ahora buena parte de la novela gira en torno a él: quizás esto explica que el tono intelectual propio del escritor (y, consecuentemente, su estilo) decaiga en momentos hacia lo paródico. Podemos atribuir este aflojamiento al decoro literario que exige que la forma se adecue al asunto, pero no deja de lastrar considerablemente lo que se espera de Marías. El contenido (y el estilo) levanta el vuelo en el último cuarto del libro, cuando se relatan recuerdos del padre de Deza en torno a la guerra civil española.

En “Tu rostro mañana” hay sobre todo un tema: si es posible saber a qué atenernos con los demás. Por lo que vamos viendo, para Marías las posibilidades de este conocimiento son poco optimistas. Habrá que esperar a la tercera parte, previsiblemente la última -aunque con Marías nunca se sabe-, para valorar en conjunto esta novela en marcha, con la esperanza de que recupere la altura y originales posibilidades narrativas que prometía “Fiebre y lanza”. En “Baile y sueño” no tenemos al mejor Marías; así y todo, está por encima de la mayoría de las novelas que se publican en España.