Tres vidas de santos

Seix Barral. Barcelona (2009). 189 págs. 16,5 €.

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Tras la desafortunada El asombroso viaje de Pomponio Flato, que parecía anunciar su agotamiento literario, Eduardo Mendoza ha reunido en Tres vidas de santos relatos breves de distinta factura e intenciones estéticas, que vuelven a explotar, de otra manera a sus últimas novelas, esa vena disparatada y humorística que está muy presente en su trayectoria literaria, aunque el resultado no sea el esperado.

El prólogo parece escrito para forzar un hilo conductor a los relatos seleccionados. En él, Mendoza convierte estas narraciones en singulares vidas de santos, aunque su concepto de la santidad sea muy suyo. Mendoza, que confiesa que no es un hombre religioso, utiliza a su antojo una terminología religiosa para dar entidad a sus relatos. Refiriéndose a sus protagonistas, dice que son santos en un sentido que poco tiene que ver con las categorías de la Iglesia: “son santos en la medida que consagran su vida a una lucha agónica entre lo humano y lo divino. Dicho de otro modo: su vida trasciende lo humano en la medida en que poseen una visión global de la existencia que los demás disolvemos en el prosaico desglose de los días”. El prólogo parece más bien un ejercicio de estilo del propio Mendoza para justificar este desigual volumen.

El primer relato, La ballena, está ambientado en Barcelona en 1952, cuando se celebró el Congreso Eucarístico, al que acude Fulgencio Putucás, obispo de San José de Quahuicha, procedente de un país de Centroamérica. Ante la imposibilidad de encontrar aposento para él, lo acoge una piadosa familia barcelonesa. Mendoza transforma el relato en una disparatada, inverosímil e iconoclasta sucesión de gags humorísticos: el obispo tiene que quedarse en Barcelona porque hay un golpe de estado en su país, se aleja de la disciplina de la Iglesia, se convierte en traficante de drogas y mayordomo… La atención se desplaza poco a poco del obispo al narrador, el hijo de una de las familias donde vive el obispo. Hay pasajes buenos, entretenidos, aunque llega un momento en el que se tiene la sensación de que Mendoza ya no sabe cómo seguir, alargando un argumento que se le va de las manos.

La misma sensación se tiene leyendo el segundo relato, El final de Dubslav, una esperpéntica historia que tiene como protagonista a un hombre absurdo que realiza un viaje absurdo y que vive momentos bastante absurdos. Mejor trabajado está el tercero, El malentendido, la curiosa relación entre una profesora de literatura que imparte clases en una cárcel y uno de los presidiarios. Mendoza controla en esta ocasión la vena disparatada y el relato gana en una mejor estructura, desarrollo y calidad.

Los tres están bien escritos, como es habitual en Eduardo Mendoza. Pero eso no basta. Da la sensación de que, para salir del paso, ha reunido tres textos ya escritos, se ha inventado un prólogo, y los ha lanzado al mercado con el afán de seguir alimentando la leyenda de escritor divertido e irónico. Sin embargo, al igual que ya le pasó con las últimas entregas, no parece que sea para tanto.