Suite francesa

Salamandra.
Barcelona (2005).
433 págs.
19 €.
Traducción: José Antonio Soriano.

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Novela concebida en cinco partes. La primera muestra la entrada de los alemanes en París en junio de 1940 a través de la vida de varios protagonistas. La segunda nos traslada a una población rural ocupada y termina cuando el ejército invasor parte hacia Rusia en julio de 1941. Las tres partes finales no llegaron a escribirse porque los nazis tenían otros planes para la autora, la escritora rusa Irène Némirovsky (1903-1942), gaseada en Auschwitz por ser judía.

Suite francesa no es en propiedad una novela histórica. Lo real está presente pero sólo se roza; donde se profundiza es en lo cotidiano-afectivo de los personajes. Varias veces alguien menciona que son los grandes acontecimientos los que sacan a la luz lo que de verdad son las personas, su esencia. Y eso, con un ritmo visual, no de crónica, es lo que muestra Némirovsky: cómo afectaron la derrota, el exilio y la ocupación, a los distintos niveles sociales, cada uno representado en la novela.

La escritora conocía bien -era su clase-, la alta burguesía, y son estos personajes los que en general resultan peor parados. Es en el retrato de los personajes que salen mejorados de la experiencia donde puede estar la grandeza que tenga este libro. Hay que seguir viviendo, pero unos eligen hacerlo con generosidad, con sacrificio y coraje, con una educación que sigue mandando sobre sus instintos.

Sin duda, es una obra madura en concepción y calidad de escritura, ambiciosa en su aliento panorámico, aguda para los caracteres y para el lenguaje de gestos que no se expresa con palabras, viva en los diálogos y elegante en las descripciones, valiente en los juicios (es fácil ironizar sobre los ricos cuando no se es), impactante en la descripción del miedo y del caos. Original en el tono: igual que algunos personajes encuentran el modo de resistir viviendo al día, sin planes, con risas e incluso con amor, la autora insiste en anudar lo pequeño y lo trágico, ofreciendo un contraste sereno, nada sentimental, sin rencor, realista y a la vez distante, algo que parece difícil padeciendo ella misma esos hechos.

Por otro lado, es difícil la valoración global de una obra inconclusa. Muchas escenas y descripciones ralentizan la marcha narrativa de una historia que sólo queda planteada. Algunos personajes están, inevitablemente, poco desarrollados. La segunda parte entera, seguramente un contrapunto necesario en el conjunto, pierde fuelle narrativo y dramático frente a la primera y deja una impresión final de sopor que no se merecía este proyecto. Que el libro se haya publicado sesenta y cuatro años después de ser escrito, que la peripecia del manuscrito sea una novela en sí misma, que haya ganado el prestigioso Renaudot (por primera vez otorgado a un autor fallecido), que se incluyan en la edición interesantes apuntes de la escritora para las tres partes no escritas, etc, todo esto, aspectos externos a la novela, no suben su nota de notable a sobresaliente, aunque contribuyen a hacer del conjunto un libro interesante.