Sauce ciego, mujer dormida

Tusquets. Barcelona (2008). 386 págs. 20 €. Traducción: Lourdes Porta.

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Después de cinco novelas publicadas, Murakami ha pasado de escritor de culto a autor de ventas y de prestigio internacional. Su nombre aparece los últimos años cuando se habla del Premio Nobel.

Ahora se publican estos veinticuatro relatos, escritos a lo largo de veinte años, entre 1986 y 2006. Murakami es imprevisible, busca siempre sorprender. Como ha reconocido, deja volar sus ficciones al ritmo del jazz, con continuas improvisaciones y vericuetos. El resultado puede ser una amalgama de historias estrambóticas y algo desconcertantes (Kafka en la orilla) o novelas más sólidas y terminadas (como Tokio blues). En el prólogo plantea que sus novelas, frondosas e incontenibles, son como plantar un bosque, y hacer relatos como plantar un jardín, algo planificado y controlado.

Estas piezas son en conjunto equilibradas y, algunas, de buena calidad. Son historias que se leen con facilidad e interés y no decaen, a pesar de que la mayoría no conducen a un desenlace cerrado y convencional. Son agradables y entretenidas cuando el autor sólo busca eso. Cuando pretende dar ideas, resultan endebles y con una filosofía de almanaque: “el hombre únicamente se teme a sí mismo”; “todo, de lejos, parece muy bonito”; “una persona, desee lo que desee, nunca puede dejar de ser ella misma”, y cosas así. Hacen pasar un rato agradable pero no dejan nada en su superficialidad.

De fondo, hay un cierto materialismo empobrecedor que asfixia a muchos de sus personajes: ante la dificultad de analizar y gobernar las ideas y los sentimientos, se dejan llevar por la implacable realidad de lo tangible, de lo que puedo tener hoy y ahora, ya. En algunos personajes sorprende su modo obtuso de pensar, sobre todo en relación a las relaciones interpersonales y la infidelidad matrimonial. Esta vez prescinde de las recurrentes referencias sexuales que aparecen en sus novelas.

Dos elementos que utiliza con frecuencia y solvencia son la inclusión de elementos fantástico-oníricos, un ambiente ambiguo de semivigilia, y la proliferación de historias dentro de historias (como muñecas rusas). Los relatos son muy distintos, aunque muchos tienen en común algunos elementos que van configurando el universo de Murakami, como los gatos, el jazz o el whisky. En conjunto, una lectura aceptable, en buena parte por su estilo claro, llano y expresivo, aunque no despeja la incógnita, por ahora, de qué provoca el fervor que despierta este escritor.

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