Me casé con un comunista

Alfaguara. Madrid (2000). 463 págs. 2.950 ptas. Traducción: Jordi Fibla.

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Philip Roth (New Jersey, 1933) pertenece a la generación urbana de escritores norteamericanos judíos que empiezan a producir a partir de la segunda guerra mundial, en la que se incluyen nombres prestigiosos como los de Saul Bellow, Henry Roth, Isaac Bashevis Singer y Bernard Malamud. Ha escrito una veintena de novelas, ha ganado todos los premios posibles en su país y está considerado uno de los grandes de la novelística estadounidense del siglo XX.

Roth responde al perfil de escritor intelectual que tiene que cumplir una misión, en su caso la de diseccionar despiadadamente el sueño americano, removiendo una y otra vez, agresivo y polémico, las tranquilas aguas de la autocomplacencia liberal. Iconoclasta de las instituciones, enmarca su instinto imaginativo en episodios históricos de Estados Unidos. Sus personajes suelen ser judíos y le interesa, ante todo, desentrañar conflictos familiares. Adopta siempre una perspectiva irónica y cómica que compite con una amarga visión pesimista de las posibilidades del hombre. El impulso sexual es, para Roth, clave en la motivación humana, y no pierde ocasión para hacerlo ver en sus novelas.

Me casé con un comunista, publicada en Estados Unidos en 1998, cuenta la persecución política que sufre un locutor de radio por parte del Comité de Actividades Antiamericanas de McCarthy, persecución que contribuye al fracaso de su vida familiar. La novela se construye como un diálogo entre el hermano mayor del protagonista y el narrador Zuckermann, escritor que ya ha aparecido en varias novelas de Roth.

Se trata, sin duda, de una novela de ideas, más a propósito para la reflexión que para el entretenimiento, con pocos personajes pero bien explotados y sin la fuerte carga erótica habitual en otros libros del mismo autor. Roth es brillante, inteligente y despiadado, prolijo en su modo de decir y poseedor de una prosa de innegable calidad. En su pensamiento se encuentran ideas positivas de fondo a favor de la dignidad del individuo y de la libertad. No pasa con ligereza sobre los dramas del divorcio o el aborto, y desenmascara crudamente los contrasentidos de un supuesto paraíso de libertad que no tolera otras ideas que las oficiales.

Sin embargo, el personaje resulta contradictorio: por un lado, despierta admiración por su valentía y sinceridad; por el otro, ofrece al lector un lamentable ejemplo de nula resistencia a las circunstancias e incapacidad para dominar sus más bajas pulsiones, esta vez brevemente referidas.

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