Los vagabundos de la cosecha

Libros del Asteroide. Barcelona (2007). 120 págs. 13,95 €. Traducción: Marta Alcaraz.

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John Steinbeck publicó una de sus mejores novelas, Las uvas de la ira, en 1939. Basándose en la dramática experiencia de la familia Joad, la novela cuenta cómo afectó la Gran Depresión a muchas familias de Oklahoma, que se vieron forzadas a abandonar sus tierras y trasladarse a California, lugar que ya antes había recibido oleadas de emigrantes de chinos, japoneses y filipinos. Lo que les esperaba, sin embargo, no era ni la dicha ni la felicidad. Los trabajadores fueron recibidos con odio por los habitantes de California, que los consideraban culpables del aumento de la violencia y de la aparición de algunas enfermedades. Como se cuenta en la novela, los temporeros padecieron la injusticia y la arbitrariedad, tratados de manera inhumana y sometidos a flagrantes injusticias.

Tres años antes, en 1936, Steinbeck había publicado una serie de reportajes periodísticos en The San Francisco News donde describió las penurias y las miserables condiciones en las que vivían estos campesinos. Como escribe Eduardo Jordá en el prólogo del libro, que reúne estos artículos, “gracias a estos reportajes, Steinbeck conoció las chabolas en las que malvivían aquellos inmigrantes, los márgenes de las carreteras en los que aparcaban sus coches desvencijados y levantaban un campamento provisional, los estanques malolientes en los que se aprovisionaban de agua y los jornales miserables que los encargados de las explotaciones les ofrecían”. Estos reportajes son el germen de su posterior novela, Las uvas de la ira (1939), llevada al cine en 1940 por John Ford.

Lo que se cuenta es sencillamente dramático. Steinbeck se acerca a la vida de familias concretas, anotando su pobreza y desesperación. En muchos casos, la falta de expectativas y las duras circunstancias vitales que les rodean les llevan a deslizarse hacia un peligroso pozo negro. Pero en medio de tanto desastre, Steinbeck supo también vislumbrar el heroico trabajo de los que decidieron tratar a estos temporeros como seres humanos y no animales de carga. Uno de los reportajes recoge un conjunto de propuestas para mejorar la situación humana y social de estas personas. El libro tiene el acierto de incluir también algunas fotografías, realizadas por Dorothea Lange, que fue contratada por el Gobierno para documentar la vida de estos campesinos.

Adolfo Torrecilla

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