Los rebeldes

Salamandra. Barcelona (2009). 253 págs. 15 . Traducción: Marta Komlósi.

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Un grupo de jóvenes, encorsetados en una adolescencia insípida, se juntan un día para formar una pandilla cuyo nexo de unión es la rebeldía a las ofertas de la sociedad adulta, encarnada por sus familias, compañeros y profesores. Inventan un mundo paralelo y de oposición, cortando con las convenciones sociales y creando una alternativa que colma su utopía de juventud. Son rebeldes, pero no violentos, porque su rebeldía es espiritual. La comunión que se establece entre ellos forja unas normas que rigen su exclusivista sociedad. Contravenir alguna de ellas supone la traición y, por tanto, la expulsión del grupo. Su fuerza y su alimento están en esa unidad.

Esta sociedad es cerrada. Sin embargo, uno de los jóvenes introduce un adulto en la pandilla. Aceptar las normas establecidas y encarnarlas es la condición que, tácitamente, le imponen. Pero este personaje, atractivo y enigmático: actor profesional, siembra la duda en ellos acerca de la verdad vital que les aguarda tras el día en que sean admitidos y entren a formar parte de la edad adulta, dejando atrás su efervescencia juvenil. El modo como cruzarán la frontera de las dos edades se les impone trágicamente hasta el punto de determinar los valores a los que habrán de renunciar y aquellos que se les permitirá vivir.

La novela, escrita cuando el autor regresó a su Hungría natal tras un largo periplo por varias ciudades europeas durante el periodo de entreguerras, fue revisada en 1988, poco antes de su fallecimiento. Corregida, fue publicada en Canadá como parte del conjunto de novelas que componían la dinastía de los Garren, que Márai consideraba su obra magna.

Márai es pesimista en su concepción del hombre adulto. El tono de la novela es nostálgico y pasivo. Quizás contagiado por el horror de la Gran Guerra, telón de fondo sobre el que se entreteje la historia, dibuja una sociedad materialista y de gran pobreza espiritual: una soledad terca y asfixiante se impone inevitable a la luminosidad de la ilusión. Márai cree poco en el ímpetu vitalista del ser humano, quizás porque con la ausencia de valores trascendentales no hay más horizonte que la degradación.

La novela es certera en su análisis y planteamiento del problema que supone para un joven entrar en el mundo de los adultos, pero se echa en falta el apunte de una salida esperanzadora.