Los enamoramientos

Alfaguara.
Madrid (2011).
401 págs. 19,50 €.

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Javier Marías (Madrid, 1951) es uno de los autores españoles contemporáneos más reconocidos en España y también en el extranjero, donde no es fácil ver a muchos escritores españoles bien recibidos y traducidos. Con una sólida trayectoria a sus espaldas, posee Marías una inconfundible seña de identidad que sustenta una obra densa, minoritaria, en la que los temas más habituales van saltando de una novela a otra: la memoria, el misterio, el amor, la muerte, las extrañas conexiones entre la realidad y la ficción… (ver Aceprensa, 20-11-2002).

En Los enamoramientos da otra vuelta de tuerca a esta manera de hacer literatura, donde el interés no reside en la construcción de un argumento sino en la manera que tiene el autor, con su hipnótico estilo, de acercarse desde diferentes perspectivas al conflicto que plantea. Así, el argumento de Los enamoramientos es simple, quizá demasiado: María Dolz, la narradora, observa desde una cafetería cercana a su trabajo a una pareja que acude todas las mañanas a desayunar. De pronto, dejan de ir y descubre leyendo el periódico que el marido ha sido asesinado. Un día, sin embargo, la viuda, Luisa, reaparece en la cafetería, lo que da pie a María a presentar sus condolencias y establecer con ella una fuerte amistad.

Más adelante, conoce al mejor amigo de su marido, Javier, quien parece a su vez atraído por Luisa. Se establece un tenue proceso de aproximación a tres bandas. La acción se complica con la inclusión de sus dosis de misterio, que perturban el desarrollo lógico de la novela y aceleran las reflexiones de la narradora sobre los límites del amor, el peso de la conciencia, la impunidad…

Sin embargo, lo que en otras novelas era un recurso brillante y de gran calidad literaria, aquí se convierte en algo artificioso, que lleva incluso a pensar en Los enamoramientos como en un sucedáneo del genuino Marías. Los personajes resultan inverosímiles, lo mismo que sus sentimientos; los diálogos, afectados y manieristas.

A pesar de la introducción del misterio, las causas de la muerte del marido de Luisa, con el que parece que la novela gana en profundidad y en interés en su última parte, lo que cuenta es en todo momento una anécdota superficial, por mucho que fuerce las reflexiones para dotarlas de resonancias significativas; más que en ninguna otra novela, en Los enamoramientos su lentitud especulativa llega a ser desesperante.

De alguna manera, ya en sus anteriores novelas había algo de esto, pero gracias a las sinuosidades de su estilo conseguía atrapar, con habilidad, el interés de los lectores, a los que conducía a un territorio narrativo donde lo que se contaba eran las dudas y dilucidaciones de la conciencia. En Los enamoramientos, sin embargo, el estilo se convierte en un truco, en un previsible ir y venir de paréntesis, digresiones, observaciones minúsculas y accesorias que sólo parecen transmitir la orgullosa delectación estilística del autor.

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