Los científicos y Dios

Antonio Fernández-Rañada

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Ediciones Nobel. Oviedo (2000). 2ª ed. 390 págs. 2.350 ptas.

Antonio Fernández-Rañada, catedrático de Física Teórica en la Universidad Complutense (Madrid), logra echar por tierra un tópico bastante extendido: que la ciencia se opone necesariamente a la fe en Dios y que un buen científico es ateo.

Según el autor, entre los científicos se reproduce la misma diversidad que observamos entre gente común: los hay creyentes, agnósticos, ateos, fervorosos, tibios, teístas sin religión particular, deístas… Pensamiento científico y religioso no se contradicen, al tratarse de dos maneras distintas de acercarse a una realidad que atrae irresistiblemente al hombre. Acertadamente señala el autor que la demostración de la existencia o inexistencia de Dios es algo que excede los métodos de investigación científica y, por tanto, afirmar o negar que Dios existe desde el ámbito de la ciencia constituye un hecho intelectualmente ilegítimo.

El autor da un salto en el vacío y concluye que no solo la ciencia es incapaz de determinar racionalmente si Dios existe o no, sino que dicha imposibilidad afecta también a la filosofía. Fernández-Rañada viene a sostener que el ser humano es agnóstico por naturaleza, sin negar que por otras vías se pueda llegar a la afirmación de la trascendencia: a través del fideísmo o el misticismo, por ejemplo. Defiende que una auténtica prueba racional de la existencia de Dios debería contener argumentos lógicos tan evidentes que un ateo con suficiente cultura como para entenderlos tendría que quedar convencido (y convertido) al punto.

Pero Fernández-Rañada olvida que, por el hecho de que no somos entendimientos puros, en los actos cognitivos humanos intervienen factores volitivos y emotivos que influyen en nuestras decisiones tanto o más que la pura captación intelectual de la objetividad de un hecho en sí. Una verdad de la magnitud de “Dios existe” implica un compromiso tal en nuestras vidas que resulta evidente la insuficiencia de un “amor intelectual a Dios”.

El autor, en definitiva, logra en este libro su objetivo principal -demostrar que existen muchos científicos creyentes-, pero no convence cuando propone su tesis agnóstica.

Carlos A. Marmelada

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