A lo largo del camino

Acantilado. Barcelona (2008). 248 págs. 18 €. Traducción: Cecilia Yepes.

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Apenas unos días después de salir de la imprenta este libro, en enero de 2008, moría su autor. A Julien Gracq, con el apresurado y tardío tributo propio de los obituarios, lo han comparado con Salinger, Pynchon, McCarthy y otros escritores de cierto malditismo más o menos publicitario que han renunciado a la “vida literaria” -la dimensión social y mediática que exige el mercado a los autores de hoy- en aras de la torre de marfil del escritor-sacerdote de su obra; cuando no por pura misantropía. Pero Gracq (1910-2008), catedrático de Geografía e Historia y profesor vocacional de instituto de provincias, es más parecido a un Josep Pla francés. Seguidor del surrealismo en sus inicios, ya tenía una novela publicada antes de la Segunda Guerra Mundial.

Lo que a Gracq le gustaba era leer y pasear por el campo, recorrer los paisajes más variopintos de la geografía europea -la aridez castellana, la prodigalidad del Danubio, sobre todo los mil pueblecitos de la planicie francesa- y anotar sus impresiones con el máximo esfuerzo de precisión y honestidad posible. Ahí se parece al gran Pla: en su dominio apabullante de los adjetivos, de los recursos descriptivos, y en su agudeza concreta de pensamiento, siempre partiendo de constataciones y preferencias personales que defiende con la segura espontaneidad de quien se sabe en posesión de una sensibilidad y saber superiores.

También se parece a Pla en el escéptico rechazo tanto de los convencionalismos burgueses como de los dictados de la ortodoxia progresista, lo que quedó claro en su polémico ensayo La littérature à l’estomac (1950). Se aleja en cambio del gran prosista catalán en el empleo experto de la frase compleja, una rica sintaxis apta para enunciar variados matices y paradojas en una misma oración, sin perder por ello la claridad de sentido.

La obra es una suerte de dietario fragmentado, una colección de notas sin orden ni capítulos que va saltando de una materia a otra bajo la única unidad del estilo. Como en Pla, la literatura (y no el mero ensayismo) se hace presente en cuanto Gracq se pone a hablar, de lo que sea: la Revolución francesa, la juventud de los ochenta, sus relaciones con Breton, sus análisis de una ópera de Wagner o de los bosques de coníferas o de los himnos litúrgicos.

El verdadero placer que se extrae de este género que Pla bautizó como “literatura de observación” demuestra que la amenidad y la calidad literarias nada tienen que ver con montar tramas o imaginar ficciones. Conviene señalar, por último, que Gracq apenas se manifiesta en lo tocante a la religión, pero si lo hace tiende a considerar el catolicismo como una institución cultural y temporal, con defectos y aciertos: su racionalismo (muy francés) no le deja entender que la fe pueda ser una vivencia íntima y real.