Al inicio de la fotografía, en los retratos había que posar y hacerlo a menudo con fondos artificiales o montajes –una columna donde apoyarse, un tapiz, etc.–. Sin embargo, los retratados miraban habitualmente de frente. Con la proliferación de cámaras a partir de los 60, las fotos se hicieron menos solemnes: te podían pillar en un mal gesto, mirando a otros, etc. La posibilidad de fotografiarnos a nosotros mismos con el móvil, el selfie, y las redes sociales –con su autoexposición casi constante–, han cambiado esto: hoy nos miramos y nos regodeamos en ello, con más mohínes o con menos.
Con los diarios sucede algo parecido. Son un género versátil donde cabe (casi) todo, desde la nota sucinta hasta la perorata, lo biográfico –aunque se seleccione siempre: si no, sería imposible– y consideraciones sobre tal o cual tema. El diario del escritor o periodista es, dentro del diario literario, un subgénero con obras interesantes. Sin embargo, también se presta al selfie, al postureo.
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Adolfo Torrecilla trabaja en un sindicato. Ha sido profesor de Lengua y Literatura, realizado tareas relacionadas con la crítica literaria y cultural en publicaciones y es coordinador de crítica literaria en Aceprensa. Publicó ya hace unos años Dos gardenias para ti y, más recientemente Cien años de literatura a la sombra del gulag.
Hay varios registros en estos diarios, de 2018 a 2020, que se leen sonriendo porque el autor, y hay que agradecérselo, no se toma demasiado en serio.
Registro número uno: un montón de personas (de ahí ese título tan bien puesto). Amigos, colegas, vecinos, familia y el tipo que te encuentras al salir del metro. Anécdotas, descripciones de Vallecas (no para “hacerse el vallecano”, como si un cantautor o político progre fuera: Torrecilla es de Vallecas y vive ahí). Bares, y debería añadir “qué lugares”, son muy de este diario. Aficiones sorprendentes y sucesos tristes o alegres, hilarantes a veces, desde la búsqueda de un pueblo para tener un pueblo, hasta el incidente del traje de neopreno pasando por un concurso con una kärcher como herramienta.
Registro dos: en sordina (aunque a veces se extienda), choteo, risas pelín malévolas sobre textos infumables, otras sobre libros de autoayuda, en fin, todos tenemos nuestras manías pequeñas. También canciones y otros temas. Las páginas dedicadas al “Nadie me quiere” de Nat King Cole son para enmarcarlas.
Registro tres: libros que ha leído, que le interesan o que descubre o redescubre, citas o textos, todo sin abrumar ni hacer exégesis o hermenéutica. Para tomar nota.
Registro cuatro: ampliación quizás del uno y en tono más ¿literario?, las “pequeñas” vidas de la gente. Los “bienaventurados” –es mi etiqueta, no la suya– que no van de víctimas: desgracias, tragedias y también, desde luego, comedias. Aquí es donde estos diarios me gustan más y me recuerdan a ese Profesor Gaviota (Joe Gould) de Mitchell “poniendo la oreja” para poder contar la “historia oral”.
Ir de cenizo o de selecto y hablar mal de terceros en unos diarios, especialmente si eres escritor o periodista, tiene habitualmente buena prensa. Ser un petardo egocéntrico parece ser el marchamo para aspirar al olimpo donde, como carneros, se lucha por hacerse un hueco y ser el más… lo que sea. La sombra de Umbral en España es larga y pesa.
Estos diarios son justo lo contrario: una mirada de afecto, amable pero no ingenua. Así que, los que quieren pasarlo bien, les gusta la gente –no toda, no siempre, por supuesto–, los van a disfrutar muy especialmente.