La Reina del Sur

Alfaguara. Madrid (2002). 542 págs. 20,75 €.

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Continúa Pérez-Reverte alternando sus juveniles historias del capitán Alatriste con novelas de aventuras de más calado. Tras las peripecias marítimas de La carta esférica (ver servicio 69/00), para esta novela Pérez-Reverte ha elegido el mundo de los narcotraficantes mexicanos y españoles.

La protagonista es Teresa Mendoza, una joven mexicana de Culiacán, que ha de abandonar su país amenazada de muerte tras el asesinato de su marido, piloto dedicado a tareas de narcotráfico. Recala en Melilla y allí, poco a poco, sin muchos escrúpulos, construye un imperio financiero basado en el tráfico de drogas, compitiendo con las mafias rusa, gallega y colombiana. Teresa Mendoza se convierte así en un personaje rodeado de leyenda. Un periodista español escribe su biografía, tras entrevistarse con aquellos personajes con los que ella tuvo mayor relación. La novela alterna estos episodios con el relato lineal de los hechos.

Vuelven a repetirse los hallazgos estilísticos (en este caso un singular manejo de mexicanismos y del argot de las mafias de la droga) y la capacidad de Pérez-Reverte para, con una sólida documentación, construir una historia verosímil, plagada de acción. El ritmo es trepidante, aunque sabiamente dosificado. A diferencia de otras novelas, disminuye en esta ocasión el ingrediente intelectual de la trama. El mundo de los narcotraficantes aparece bien fotografiado, con sus ramificaciones políticas y financieras, y con su habitual aliado: la corrupción.

La elección de este ambiente influye en la carga moral de la novela, aunque el autor, en las entrevistas promocionales, ha insistido en que lo suyo no es hacer literatura moral sino contar la realidad tal y como es. Pero esa realidad, esos personajes, esos hechos que selecciona Pérez-Reverte aportan una visión de la vida. Para alcanzar sus objetivos, tanto Teresa Mendoza como el resto de los protagonistas solo respetan sus propias reglas, que son casi siempre violentas y arbitrarias. Por eso, la novela incluye pasajes sórdidos, abusa de un lenguaje soez y retrata personajes que se mueven por pasiones primarias. El dinero es el máximo símbolo de poder, y con el dinero, dice Pérez-Reverte, puede conseguirse todo.

Hay momentos llenos de velocidad narrativa y absorbentes descripciones. En ocasiones, Pérez-Reverte describe secuencias de marcado carácter sexual, como si se tratase de una obligada exigencia del guión comercial. Resulta prescindible el estallido de violencia final, demasiado peliculero. Y chirría un poco, por su descarado didactismo, la conversión intelectual que sufre Teresa Mendoza durante su estancia en una cárcel andaluza, donde conoce a la que será su socia, una lesbiana culta y drogadicta, quien contagia a Teresa su afición a los libros.

Pérez-Reverte ha definido esta novela como un narcocorrido de 500 páginas, una épica historia sobre el poder que rodea el mundo de la droga, en la que mezcla pasión y tragedia, y donde la integridad de las personas se mide por su fidelidad a un contexto, a sus leyes y a su propia tierra. Al final, Teresa Mendoza lucha contra ese destino y elige ser fiel a lo que le dicta su conciencia. Una decisión arriesgada y acertada.