La muerte llama al arzobispo

Cátedra.
Madrid (2000).
329 págs.
1.700 ptas.
Traducción: Julio César Santoyo y Manuel Broncano.

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Prosigue la tardía presentación en España de la escritora Willa Cather (1873-1947), una de las figuras importantes de la literatura norteamericana de principios del siglo XX. Junto a la novela corta Mi enemigo mortal, se han traducido recientemente dos obras mayores: Mi Ántonia (1918), sobre inmigrantes europeos en Nebraska, y ahora La muerte llama al arzobispo (1927), situada en Nuevo México en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el territorio acaba de ser anexionado a los Estados Unidos.

La muerte llama al arzobispo tiene elementos propios de un western: Nuevo México es un territorio de frontera, donde la autoridad está poco asentada, y allí conviven indios, mexicanos, yanquis y hacendados. Pero los protagonistas, que recorren el territorio a lomos de mula, son dos curas católicos franceses, que no buscan riquezas sino revitalizar unas misiones medio abandonadas, armados de evangelio y breviario, aunque también llevan la pistola por si el asunto se pone bronco. Cather recrea la peripecia vital del primer arzobispo de Santa Fe y de su vicario, siguiendo muy de cerca la realidad histórica.

El relato está contado de modo tradicional, cargado de sentimientos, pero sin sentimentalismo, con frases austeras y precisas. Más que una trama novelesca, lo que encuentra el lector es la narración, en forma de episodios, de la aventura evangelizadora de estos dos hombres. Al hilo de su vida surgen en cada capítulo distintos personajes –el explorador, el jefe indio, la dama rica, el cura cismático…–, que forman el variopinto universo humano de un paisaje monótono y áspero.

“Cuanto más tiempo pasaba en el Sudoeste, más me convencía de que la historia de la Iglesia católica era lo más interesante de esa región”, escribía Cather para explicar la génesis de la novela. Y, sin duda, la autora ha sabido hacerla interesante. Quizá porque cuando unos hombres se guían por criterios de fe, lo insólito de sus vidas les da un atractivo literario. La muerte llama al arzobispo es también una prueba de que, con documentación y una mirada libre de prejuicios, una persona que no es católica puede entender bien el mundo de un sacerdote y la fuerza civilizadora de la Iglesia, por encima de los defectos humanas. La acertada traducción y la presentación a cargo de Manuel Broncano contribuyen a hacer saborear la obra.