La lira de Orfeo

Libros del Asteroide. Barcelona (2009). 481 págs. 22 . Traducción: Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.

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Con La lira de Orfeo termina la Trilogía de Cornish, de la que también forman parte Ángeles rebeldes y Lo que arraiga en el hueso, del canadiense Robertson Davies (1913-1995).

Los mismos personajes embarcados en un proyecto de la Fundación Cornish, que dirige Arturo sobrino del difunto Francis Cornish, artista, restaurador y muchas cosas más. Arturo está casado con María, una culta estudiosa, de origen gitano, especializada en Rabelais.

El reverendo Davencourt trabaja en una biografía de Francis Cornish, que revelará el mayor secreto de la vida de ese hombre. Pero el proyecto que da unidad a toda esta novela es completar una ópera que el romántico E.T.A. Hoffmann dejó inacabada: Arturo de Bretaña. El cornudo magnánimo, sobre el famoso triángulo Arturo, Ginebra y Lanzarote, con adulterio incluido. Hace falta arreglar y dar unidad a la música, de lo que se encarga una joven genial y zarrapastrosa, con talento y con una inaguantable mala educación. Y hace falta escribir todo un libreto.

El argumento esta vez es poco verosímil: resulta que también aquí María (Ginebra) es infiel a Arturo (aunque sólo una vez) con otro, un sobreactuado actor galés, como un nuevo Lanzarote. La magnanimidad del nuevo Arturo al aceptar al hijo engendrado por otro, hasta consentir que el actor haga de padrino resulta algo forzada. Pero la habilidad de Davies sigue demostrándose en al menos cuatro facetas: la amenidad del modo de narrar, la caracterización de los personajes, la agilidad de los diálogos y una ironía en su punto justo.

Esta tercera parte de la trilogía abunda, como las otras, en disquisiciones sobre temas variados, siempre de forma asequible. Pero los temas no son ahora especialmente interesantes. Quizá no es una novela tan profunda como las dos anteriores pero, para compensarlo, es más entretenida. Hay nuevos personajes, como la doctora sueca en musicología Gunilda Dahl-Soot que es capaz de trasegar sin inmutarse varios vermuts, una botella de tinto y otra de champán, fumar puros y cuya ambigua sexualidad da lugar a algún pasaje más crudo de lo preciso para la trama.

Qué pasa con el proyecto de ópera no se puede decir porque es el hilo que lleva adelante la trama. Pero, de camino, se aprenden algunas cosas de música, de óperas y de montajes teatrales.

Robertson Davis se demuestra aquí, como en casi todas sus obras, como un gran erudito, buen literato, capaz de utilizan muchos registros, pero no el de la emoción. La causa: una especie de escepticismo de fondo, que resulta a veces divertido pero que no acaba de conducir a algo de verdadero peso.

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