La extraña

Salamandra. Barcelona (2008). 154 págs. 13 €. Traducción: Mária Szijj y J. M. González Trebejo.

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Tras la publicación de El último encuentro, novela que alcanzó una extraordinaria difusión, Salamandra continúa publicando las obras más importantes del escritor húngaro Sándor Márai (1900-1989). En La hermana, de 1934, como suele ser habitual en su literatura, lo importante es centrar la atención novelesca en un personaje, plantear un conato de drama y a partir de ahí emplear un estilo subyugante que profundiza en las circunstancias vitales y en los detalles psicológicos.

La ambientación es acertada, con unos personajes que proceden de aquella burguesía centroeuropea que se encontraba antes de la Segunda Guerra Mundial ya en vías de extinción, pero que se aferraba a sus costumbres y sus convenciones. Márai la retrata con habilidad, pues conoce muy bien sus virtudes (que con tanto acierto abordó en su libro de memorias Confesiones de un burgués) y, también, sus lastimeras obsesiones, sus búsquedas y sus fracasos, temas muy presentes en la literatura de Márai. A continuación, tras la presentación del planteamiento, viene el taladro novelesco y psicológico: insistir e insistir en las causas de la desgracia.

En esta ocasión, el protagonista es Víctor Henrik Askenasi, de 47 años, prestigioso filólogo y profesor la Escuela de Estudios Orientales, con quince años de matrimonio y una hija. Siempre “había vivido como lo exigía la sociedad y las circunstancias”, sometiéndose a las convenciones sociales que formaban parte de su estatus social. Sin embargo, cansado de buscar y no encontrar, hostigado por una enfermiza comezón interior, tira su matrimonio por la borda y se embarca en una inexplicable aventura amorosa que sólo agudiza su insatisfacción existencial. La novela cuenta las vacaciones de Asekansi en un hotel de Dubrokniv, adonde ha ido a parar para buscar una ansiada paz de espíritu tras poner el punto final a su aventura. Al contrario de lo que esperaba, en ese hotel estallan todas sus obsesiones.

El conflicto que plantea Márai, aparentemente existencial y con ribetes religiosos, se nos antoja en esta ocasión plano y artificial, en exceso intelectualizado, a pesar de su habitual calidad para plantear conflictos individuales.

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