La euforia perpetua

Tusquets. Barcelona (2001). 233 págs. 2.300 ptas. Traducción: Encarna Castejón.

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Creado por la Ilustración, el hombre moderno recibe el derecho de labrarse su propio destino. Rotas las cadenas de la tradición, libre del miedo a la autoridad y a la desdicha de ultratumba con que le amenazaba la religión, tiene su vida en sus propias manos y, si no la lleva a plenitud, solo puede culparse a sí mismo. Así, el derecho concedido se hace deber impuesto, la autorización para realizarse se torna en el imperativo de conseguirlo. He aquí el nuevo valle de lágrimas: la felicidad prometida nunca acaba de llegar, y cuanto más perseguimos esa meta irresistible pero imprecisa, más se nos escapa.

Tal es el diagnóstico de Pascal Bruckner en este recorrido por la idea moderna de felicidad. Primero explora sus orígenes en la ruptura con la mentalidad cristiana anterior, que presenta el sufrimiento como ingrediente normal de la vida terrena, palestra donde ganarse el cielo. Bruckner entiende poco del cristianismo y a menudo lo caricaturiza. Sin embargo, dice, en comparación con los modernos, los “medievales” resultan más sensatos, pues no pedían el imposible del paraíso en la tierra.

A continuación, Bruckner identifica los síntomas del “deber de ser feliz” (subtítulo de la obra). Señala el hedonismo pegajoso de revistas femeninas y masculinas, la obsesión por la salud, el fitness extenuante, los recetarios para la vida en pareja que ahogan el amor en la preocupación, la intolerancia al fracaso y al dolor, la negación de la muerte. Lo hace de manera brillante, con estilo impresionista que resalta su perspicacia para identificar en conductas corrientes el mal de la modernidad. Acaba siendo sospechosa, sin embargo, su habilidad para dar con la cita oportuna, o para sacar partido de sus abundantes lecturas, en las que se echa en falta clásicos anteriores a los philosophes.

Como en La tentación de la inocencia (ver servicio 138/96), Bruckner se revela un agudo fustigador de necedades contemporáneas. Pero cuando no empuña la piqueta, se descubre que no tiene gran cosa que ofrecer a cambio. Subraya que “la felicidad es un arte de lo indirecto” y propone mantenerse a la espera de las, si tal vez pequeñas, muy reales bendiciones que depara la vida, y así encontrar contento en las cosas cotidianas. Mas el sufrimiento y la muerte se interponen tozudamente, y entonces Bruckner ya no tiene respuesta. Al no mirar más allá del horizonte intramundano, parece no poder asomarse con lucidez al límite por este lado: muestra de ello es su injusta crítica al movimiento Hospice, en cuya asistencia a moribundos cree ver una morbosa necrofilia.

A fin de cuentas, Bruckner dice: “No es cierto que vivir sea prepararse para la ruina y la muerte: es agotar todas las posibilidades que nos ofrece la estancia en esta tierra, a pesar de las vicisitudes y de la inexorable conclusión; es actuar como si fuésemos inmortales”. Mal truco este: consolarse en la ceguera voluntaria.

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