La elegancia del erizo

Seix Barral. Barcelona (2007). 364 págs. 21 €. Traducción: Isabel González-Gallarza.

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La decena de familias ricas que viven en el número 7 de la calle Grenelle, de París, piensan que Renée es una portera más. Eso es lo que ella pretende y no deja traslucir en sus palabras y actos nada que lo desmienta. En la realidad es una autodidacta con gustos culturales bien cultivados. Paloma tiene doce años, vive en ese edificio y también tiene un secreto: es superinteligente. La niña va a suicidarse en unos meses tras prender fuego a su casa y vamos conociendo un diario donde recoge sus reflexiones sobre la vida. En capítulos alternos, Renée va contando cómo ha llegado a ser como es. A partir de un momento, La elegancia del erizo se centra en la relación que establecen las dos protagonistas hasta el desenlace final.

La idea es original, pero la novela resulta artificiosa. La imagen de la portera con un cazo en la mano removiendo un guiso y con un tomo de Husserl en la otra resultaría simpática si no fuera inverosímil. Renée es un personaje difícil de creer, por muy de acuerdo que se esté en que no hay que dejarse guiar por las apariencias para juzgar a las personas. La inteligencia de Paloma parece residir en su escepticismo cínico y existencialista. La gran aportación de su testamento intelectual es que “la vida no tiene sentido”. Esta supuesta “revelación literaria” francesa resulta pesada y de poco interés.

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