La Casa de los Encuentros

Anagrama. Barcelona (2008). 258 págs. 17 €. Traducción: Jesús Zulaika.

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Como ya demostró en Koba el temible, un singular ensayo histórico y biográfico sobre Stalin, el novelista inglés Martín Amis (1949) es un experto en la historia de la Unión Soviética. La Casa de los Encuentros es, de hecho, un homenaje novelesco a la peor cara del comunismo: los campos de trabajo, la represión, la mentira institucional… Amis es autor de una sólida trayectoria literaria –La flecha del tiempo, La información, Tren nocturno-, muy apreciada internacionalmente.

Ya octogenario, el innominado narrador, un ruso exiliado en Estados Unidos, decide regresar a su país en 2004 -su vuelta coincide con la toma de rehenes, por parte de un grupo checheno, en una escuela de Osetia del Norte- para visitar el campo de trabajos forzados en Siberia donde, junto a su hermano Lev, estuvo recluido después de la Segunda Guerra Mundial hasta poco después de la muerte de Stalin. Desde allí escribe una larguísima carta a su hijastra Venus, una joven de Estados Unidos, a la que intenta explicar lo que le pasó durante sus años en el campo de trabajo y su reacción ante el derrotero que ha tomado la Rusia actual.

El tema central de La Casa de los Encuentros es una historia de amor, pero de amor ruso, con la complejidad y melancolía acostumbradas. En ella se describe la tormentosa relación que tienen los dos hermanos con Zoya, una mujer para ellos fascinante y peligrosa.

Los dos hermanos sobreviven a unas durísimas condiciones físicas, inmersos en una cruel lucha por la vida con el resto de los presos del campo, ambientación que quizás sea lo mejor de esta dura novela. Amis muestra el gradual proceso de deshumanización de todas aquellas personas, para las que sólo existen las necesidades puramente materiales, que Amis concreta de la siguiente manera: “Cuando llegas al campo, los siete pecados capitales adoptan una nueva configuración. Tus pilares en la vida en libertad, la soberbia y la avaricia, los echas por la borda al instante y los sustituyes -como obsesiones desenfrenadas, fuente de insospechados deleites- por otros dos que jamás tuviste en suerte: la gula y la pereza”. Y también la lujuria. En este sentido, la presencia del sexo es obsesiva; y aunque no abundan las descripciones explícitas, Amis carga la mano en la importancia que el sexo puede llegar a tener cuando se dificultan las relaciones normales.

Junto con el tema amoroso, complejo y en ocasiones turbio, la novela es también una feroz radiografía de las consecuencias del comunismo soviético en la vida de tantos millones de víctimas.

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