En defensa de Dios

Paidós. Barcelona (2009). 448 págs. 26 . Traducción: Agustín López Tobajas y María Tabuyo.

TÍTULO ORIGINALThe Case for God

GÉNERO,

Karen Armstrong (1944, Reino Unido) empezó a adquirir notoriedad gracias a la difusión mediática del hecho de que, después de siete años como monja católica, había abandonado los hábitos y, después de su paso por Oxford, se había dedicado al estudio comparativo de las religiones, datos que no dejan nunca de figurar en su currículo. Armstrong no es propiamente una investigadora, sino una amena divulgadora.

El libro es, en realidad, la yuxtaposición de dos géneros: un ensayo que podría caber en diez páginas y una especie de crónica divulgativa de la religión, desde lo que se supone que fue la más primitiva hasta el siglo XXI. En teoría, esa crónica, de más de trescientas páginas, debería apoyar la tesis del ensayo, pero no se ven por ninguna parte los puntos de conexión.

La tesis del ensayo es esta: cuando parece que la religión ha pasado o está desprestigiada o que el mundo se seculariza, es porque no se cae en la cuenta de que la religión no es tanto una fe, una creencia, sino un hacer, un trato con Dios. Dicho de otro modo: la religión pertenece más al mythos que al logos, entendiendo por mythos no algo irracional o irreal sino otra forma de acercarse a la realidad. Una tesis algo coja porque, al menos en la mejor tradición cristiana, la fe no se entiende primordialmente como creer en cosas, teorías, etc., sino como creer a alguien, confiar en alguien, lo que ya supone toda esa valencia emocional y cordial que Karen Armstrong (junto con otros) ven en el mythos.

La crónica histórica (desde “El Dios desconocido”, de 30.000-1.500 a.C., hasta “El Dios moderno”, de 1.500 a.C. hasta la actualidad) es una mezcla de apuntes de historia de las religiones, historia de la filosofía, historia de la cultura y alguna cosa más, en un nivel medio pero con grandes lagunas y no pocas simplificaciones, probablemente porque se pretende abarcar en tan poco espacio toda la historia religiosa del mundo.

Hay numerosos datos no contrastados. Un ejemplo: “Marcos [se refiere al Evangelio] se escribió hacia el año 70”. Es un asunto debatido pero cada vez más autores se decantan -gracias también a los papiros encontrados en Qumrán- hacia una fecha mucho más temprana, los años cuarenta del siglo primero. No es presentable afirmar: “La caída de Roma hundió a la Europa occidental en una edad oscura que duró unos setecientos años”: O sea, las tinieblas duraron desde 476 hasta el siglo XII. No hay que contar, pues, con Carlomagno ni con su florecimiento cultural, ni con san Isidoro y sus Etimologías y el esplendor del arte visigodo, ni con las Universidades de Bolonia, Oxford o París, ni con el arte andalusí del sur de España, lo más granado entonces de la cultura mundial, ni con la obra de los maestros traductores de Toledo… No que esa frase sea esencial en el libro, pero es una muestra de que estas visiones aproximadas, cuando no son falsas, son más propias de un reportaje de revista que de un libro serio.

Más en su ambiente se nota a la autora en la última parte del libro, lo actual, cuando hace una crítica ceñida a Richard Dawkins y a otros de los actuales ateos oficiales, cuyos nombres el tiempo borrará porque tienen aún menos sustancia que los ateos del tiempo de la Ilustración, por no hablar de Marx o de Nietzsche. Pero de hecho Armstrong parece partidaria de una especie de teología posmoderna, sin sospechar que, en caso de existir, será más efímera que la moda de otoño.

El lector tiene la impresión de que, para la autora, en definitiva, la religión es algo que hace o compone el hombre y no tanto algo de Dios. Sólo cuando se refiere a los místicos, al tener que citarlos, se describe la dimensión esencial, que es la iniciativa de Dios.

Le hubiera venido bien a este libro una glosa de una famosa frase de Henri Bergson (que ni siquiera es citado, defecto habitual de los autores anglosajones respecto a otras tradiciones culturales): “La religión, como coextensa de la especie humana, ha de pertenecer a su estructura”. O, por decirlo con palabras de San Agustín (a quien Karen Armstrong sí cita, pero no con la suficiente profundidad): “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti”. ¿Acaso eso es racionalista, intelectualista, fundamentalista, modernista, posmodernista? Agustín habla aquí de amor, aquello en lo que su Maestro resumía la ley y los profetas.

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