Elegía

Mondadori. Barcelona (2006). 150 págs. 15,50 €. Traducción: Jordi Fibla.

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Un Roth septuagenario reflexiona ante la muerte de su amigo Saul Bellow (1915-2005). Su universo narrativo es el de siempre: judíos (secularistas), Nueva York (Newark), el mundo creativo (la publicidad esta vez), vidas familiares turbulentas (siempre el sexo), relaciones padres-hijos, dolor y enfermedad. Eros y Tánatos. El ingrediente novedoso es la ausencia de encuadre-análisis de un hecho histórico norteamericano del siglo XX. Las cuatrocientas páginas que suele dedicar a cada novela quedan así reducidas a un tercio, lo esencial para transmitirnos la preocupación que ahora quiere indagar: el sentimiento ante la muerte.

Pronto se sabe como acaba esta historia porque la novela empieza con el entierro del protagonista. Su hermano y una hija de segundo matrimonio (de tres) hacen el elogio fúnebre y nos lo presentan. El resto de la novela recorre su vida y muestra a un hombre que pasa por el quirófano con una frecuencia preocupante y que pierde lo papeles cuando una falda se le cruza por delante. La pasión todo lo justifica y un endeble “derecho a la felicidad” disculpa cualquier infidelidad. La novela incluye dos secuencias lúbricas de mal gusto.

Desde muy joven es consciente de que un día todo va a terminar, y su biografía se concentra en la pelea por retrasar ese momento. Su contradictoria idea de la familia (depende terriblemente de ellos a la vez que malvende sus compromisos con una facilidad pasmosa) le acarrea profundos disgustos. Sin ser un hombre malo resulta un patético ejemplo del resultado de una vida abandonada al peligroso juego de las emociones, pasiones, odios y envidias. Cuando se ha vivido con un bagaje moral paupérrimo, y eludir la muerte se convierte en el asunto central, la espera del final cobra tan poco sentido como lo que se ha vivido.

El materialismo asfixiante que niega toda trascendencia reduce la felicidad a un simplón vitalismo, más pobre aún si es sólo de índole sexual: la degradación física y amatoria, inevitables, desembocan en un callejón sin salida. Lástima de una potencia creadora como la de Roth puesta otra vez al servicio de una visión del hombre degradante y deprimente. Elegía es sin duda una obra menor en la producción de Roth.

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